Estoy preocupada. Tenía otro tema para esta semana, pero los hechos, los reales no los “alternativos” -llamados sencillamente “mentiras” cuando era niña- superan mis planes con el teclado.

En los últimos días entre los incendios en Chile, las noticias de lo que sucede en escalada desde Estados Unidos y la inundación de información falsa sobre todo, me he sentido agobiada. Como mucha otra gente en Estados Unidos, Dinamarca, también en Chile según me han contado algunos amigos, y alrededor del mundo, las mini vikingas y yo nos sentamos a conversar sobre dos libros que hacía muchos años no miraba: “La granja de los animales” y “1984”, ambos de George Orwell. Mi hija mayor ha trabajado con ambos textos en el colegio y la menor los ha leído solo por interés. Ver cómo pareciera hacerse realidad la “neolengua” y cómo los “hechos alternativos” y las noticias directamente falsas, nacidas de la ociosidad mal intencionada de alguien de mente retorcida, se extienden con ferocidad por las redes, nos preocupa hasta la médula.

Mientras veo con dolor y preocupación cómo el fuego descontrolado quema lugares que de pequeña visitaba en la costa de la región del Maule o en la zona de Colchagua y también de Concepción, o ver cómo Santa Olga desaparecía del mapa, no deja de sorprenderme la reacción en las redes sociales. ¡Cuánta desinformación! ¡cuántos hechos alternativos! ¡cuánta confusión! en momentos que habría querido ver gente concentrada en ayudar y aportar positivamente. Ya vendrán momentos para pasar las cuentas políticas o del tipo que sea, pero en medio de la crisis no es el momento de crear más pánico, alarma y desesperación, más odiosidad y revanchismo.

Es el momento de acciones concretas, como ese alcalde que vi en su traje de bombero luchando para controlar el fuego o como mi amiga Claudia, de Concepción, que se organizó espontáneamente con sus vecinas para hacer colaciones para los voluntarios que día a día seguían al pie del cañón intentando detener las consecuencias del fuego. Me gusta que mis hijas vean que no todo es odiosidad, que siguen existiendo personas generosas y desinteresadas que están allí para apoyar, más allá de colores políticos o intereses económicos.

Hoy conversábamos de la palabra que se hizo tan popular el año pasado, la “post-verdad” y del concepto tan popular por estos días de los “hechos alternativos”, esas señas de la realidad paralela que se busca construir. En algún momento pasamos ya de los hechos que habían generado estos conceptos para centrarnos en la desconfianza que genera en las personas y en las instituciones esto de que todo parezca manipulable y dudoso al final del día y la energía que requiere mantenerse alerta sin entrar aún en más pánico.

Cuando me siento a conversar, ahora en invierno, junto a la chimenea, en una estampa que define el “hygge” danés, me doy cuenta que las mini vikingas han crecido estimuladas en casa, en el colegio y en el espacio público, en general, a tener ideas propias, a opinar, a ver el mundo político y la democracia con ojos críticos. Se informan, siguen las noticias, siguen el mundo y se sienten responsables a sus 15 y 16 años. Me gusta. Me da esperanza… aunque ellas se rían recordándome que el nuevo presidente estadounidense dijo que los periodistas éramos  unas de las “personas más deshonestas”… pero tomo el comentario de quien viene y sigo creyendo en el periodismo como un agente de control y contraste de la realidad, y sé que ellas también así lo creen.

Al verlas así de bien puestas para mirar el mundo y desenvolverse en él propiamente y sin miedos pero sí con prudencia, creo que debí haberme sorprendido algo menos cuando la mayor -que este año cumplirá 17- me dijo mientras hacíamos orden en la cocina, algo así como “no tires esas ollas, probablemente me sirvan cuando me vaya de la casa en dos años”. Así de segura, así de clara. La próxima semana les cuento cómo vive una mamá chilena el momento en que las hijas criadas en una sociedad que potencia que sus jóvenes sean libres e independientes, avisan que se van de casa… mientras yo pienso que podrían quedarse sin problema alguno una eternidad. En mis sueños, como dicen ellas.

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