Existe la idea preconcebida muy extendida, particularmente entre quienes se consideran a sí mismos intelectuales sobre el promedio, de que el best seller es un género literario menor. Acaso ni siquiera eso, apenas la versión escrita de la comida chatarra. Ciertamente tal creencia no es del todo gratuita si se tiene en cuenta una enorme cantidad de autores de calidad ínfima, inversamente proporcional a un enorme éxito. Una vez hablé de esto con Paulo Coelho, por entonces segundo escritor más leído del mundo “después de John Grisham”, como se apuraba a destacar. Según él, menospreciar a un autor de grandes ventas es pura envidia, porque la aclamación de las grandes masas anónimas –aquello que Arturo Alessandri Palma denominaba la “chusma inconsciente”– es lo que consagra a los clásicos, no la crítica especializada. “Por lo tanto la calidad, la vanguardia literaria, ¡¡¡soy yo!!! …Y claro, Grisham”, vociferó molesto por mis suspicacias.

Tal como se lo dije –eso lo irritó– concuerdo con Coelho en el caso de Grisham, pero no en el suyo. Básicamente porque ahí donde uno es el cuidadoso y hábil diseñador de un producto masivo de entretención de alto nivel; el otro es un embaucador que reparte basura disfrazada de aspirinas para el alma, un comerciante deshonesto que se considera a sí mismo un escritor de verdad y no el charlatán que explota una y otra vez la fórmula azucarada y saturada de grasa que así como a tantos les gusta, también irreversiblemente les estropea la salud mental.

El hecho es que se puede encontrar un best seller de calidad, armado con precisión descriptiva y apabullante documentación, a falta tal vez de genio narrativo, como el Código da Vinci y más de alguna que otra obra de ficción basada en realidades desconocidas o derechamente ocultas. Trabajos dignos del mayor respeto y admiración que resulta sumamente erróneo calificar junto a esa mugre innecesaria desde todo punto de vista que sin embargo, es una máquina de hacer dinero, como las “50 sombras…”, o la saga “Mi hombre”, el equivalente literario de las croquetas de pollo que devora gente que no se quiere a sí misma ni valora su salud, en este caso el potencial de aprovechado de una supuesta inteligencia.

El enorme éxito del libro de Dan Brown revitalizó un género, la novela de conspiración histórica, y era cuestión de tiempo de que alguien en Chile se uniera a esta tendencia. Podía, claro, hacerlo torpemente o hacerlo bien. O como en este caso, muy bien. Lo primero que pensé en cuanto me vi atrapado, inmerso, en la subyugante trama de Logia, fue que si alguien podía tomar ese desafío y superarlo con nota sobresaliente, ese no habría sido otro que Francisco Ortega. Periodista, columnista, guionista, editor, especialista en cómics, un tipo que destaca en la sociedad no tan secreta aquella de los nerds que aman la ciencia ficción, la mitología, las conspiraciones, las historias B y C, cómo él dice, precisamente porque se toma en serio aquello de que “la verdad está allá afuera”, sabiendo que ponerse tonto grave es terminar trabajando para los fines ocultos del enemigo o haciendo el loco en un programa de tv de trasnoche comentando documentales sin pagar los derechos o cachureando en Internet.

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Pancho confiesa sin asomo de vergüenza, más bien con el orgullo del que sabe que le dio el palo al gato como siempre supo que lo haría, que decidió voluntaria y conscientemente imitar a Dan Brown y escribir un Código da Vinci a la chilena con manifiesto objetivo comercial cuando, atando cabos, pudo vislumbrar una relación entre algunos episodios de la historia secreta u oculta de la independencia, mirando a través de lo poco se que sabe de la Logia Lautarina, cuestionando la dudosa religiosidad mariana de los masones O’Higgins y San Martín, desentrañando la construcción de nuestro país cual copia feliz del Edén sobre los cimientos de ciudades enterradas, y trasladar eso a un presente de alta tecnología, video juegos, realidad virtual y de la otra, para cocinar a fin algo digno de pagar por probar.

“Logia” solo se toma en serio la misión de entretener sin perder de vista lo esencial del género: el rigor histórico justo para darle cierta verosimilitud a una trama delirante, lo suficiente para mantener la necesaria complicidad del lector, hacer entrañables los obligatorios personajes–estereotipo y cautivantes los exagerados giros inesperados de la trama que, en este caso, transcurre en torno al libro de ficción histórica acerca de la Logia Lautarina que pretende escribir el imitador chileno del escritor más vendido del mundo sobre conspiraciones religiosas, sociedades secretas y verdades ocultas… Todos los clichés de rigor e incluso disimulados guiños sobre el lenguaje propio del thriller histórico están colocados acá con precisión y sarcasmo.

Con gran parte de su variada obra y particularmente con la novela gráfica “Mocha Dick”, Francisco Ortega ya había dado una demostración rotunda de su tonelaje como investigador y su talento narrativo innovador para sacudir al rancio y grandilocuente –como suele ser lo mediocre– ámbito literario chileno. Con “Logia” ahora se dio el lujo, tal como su alter ego el protagonista Elías Miele, de invertir todo eso en un producto destinado a venderse sin hipocresías narcisistas pseudointelectuales. Probablemente a más de alguno le molestarán algunas afirmaciones sobre la “verdadera” historia de Chile, alguna aventurada afirmación sobre la intimidad de Bernardo O’Higgins por ejemplo, pero es lo de menos. Depende del lector, de su eventual capacidad de ir más allá del adoctrinamiento y de pensar, tal vez por primera vez, en serio, y quizás también descubra piezas del código Ortega, que en “Logia” va a modo de valor agregado al placer incomparable de empezar un libro y no poder soltarlo hasta terminarlo. Garantizado.

“Logia”, Francisco Ortega. 512 páginas. Editorial Planeta, Santiago 2014, $14.160.

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