Es domingo por la noche y no estoy particularmente angustiada, pero me tomo igual el 0.5 de ‘Ravo’ para dormir… la sola idea de que no entrara en mi ‘cableado’ neuronal, me provocaría un insomnio severo.

Después que publiqué el primer capítulo de este blog, algunos amigos me preguntaron por qué había decidido ‘salir del clóset’ y contar que tomaba ansiolíticos.

Bueno, creo que la expresión no se ajusta al caso. Para empezar, no firmo con nombre y apellido y, aunque lo hiciera, a nadie le importaría porque no soy una persona pública. Además, mis más cercanos saben que me puedo descompensar si no tengo el raspadito nuestro de cada día y, en términos generales, tampoco lo oculto.

Sólo quería poner en letras de molde una realidad que no quería enfrentar: me volví dependiente de un psicotrópico. Me carga reconocerlo porque me juro la persona más libre que existe. Alguien que no necesita alcohol ni marihuana para pasarlo bien, ni de redes sociales, ni controlar al marido, ni auto, ni nada. Pero la cajita con la estrella verde y solitaria es mi talón de aquiles.

Que aparezca publicado tampoco tiene nada de nuevo.

El otro día pasé lista a los personajes –desde escritores a políticos, sin olvidar a la farandulilla local– que valientemente había admitido consumir benzodiazepinas.

De todo el lote de empastillados, fue el caso del ex ministro Rodrigo Hinzpeter el que más me llamó la atención. Hace ya unos años contó en la revista Qué pasa que tenía una personalidad “angustiada” y que debía tomar algún “caramelo” para dormir. Claro, una tiene prejuicios y uno de esos es que sólo los desadaptados vitales necesitamos meternos una sustancia para salir a enfrentar el mundo… y él como que tiene algo de androide ultra efectivo.

Otro tipo de revelaciones no me sorprenden. Hace un par de semanas, por ejemplo, leí una entrevista en el diario La Segunda al director de publicaciones de la UDP donde la periodista partía contando que el editor Matías Rivas iniciaba su día con una dosis de clonazepam (nombre genérico de la droga). También recuerdo una excelente crónica de Alberto Fuguet titulada ‘Qué se siente meter Ravotril’. La llamaba una droga personal y solitaria que en lugar de subirte, te “bajaba”. El escritor desclasificó una realidad con una prosa talentosa, pero su versión me pareció demasiado elegante como para identificarme. Es cierto que algunos la usan con fines recreativos o muy circunstancialmente, pero para mí el ‘Ravo’ (mejor dicho, su ausencia) es sinónimo de sudor frío, temblores, ahogos. He sufrido ataques de pánico que me han mandado a la sala de urgencias porque resulta que durante un viaje olvidé mi estuche estratégico, y como justo la gracia ocurre en Estados Unidos me toca un doctor que me mira como diciendo ‘y a esta qué le pasa cuando debería estar feliz de haber cruzado el Río Grande’. Acto seguido, me da apenas tres píldoras para mi vuelta a casa hasta donde me llega una cuenta de US$ 500 por dármelas de Woody Allen en la América Profunda.

Volviendo al tema de ‘salir del clóset’, creo que siempre es bueno recordar que una (o) no está sola (o) en este mundo de empastillados. Que así como algunos toman 0.5 hay casos como el del rockero argentino Pity Álvarez que luego de tragarse 40 pastillas se tiró voluntariamente por la escalera. Lo bueno es que sufrió un traumatismo menor porque la droga lo relajó tanto que le sirvió de airbag espiritual.

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