Aquí comienza una serie sobre el mal de nuestro tiempo: la ansiedad, el miedo y el uso de pastillas.

Cuando se acerca la noche oscura y no tengo un mísero raspado, igual termino preguntando a una amiga si le sobra un cuarto de pastilla o chantajeando y mintiendo a doctores de buen corazón.

Mi historia con el ‘Ravo’ se remonta a un tiempo que permanece en la nebulosa; a una época casi mitológica como la de los cuentos de hadas y dragones.

Ni siquiera recuerdo el año en que lo consumí por primera vez. Lo que sí tengo claro es que hoy (¿después de unos 15 o 18 años?) no puedo dormir si no tengo, aunque sea, un raspadito a la mano.

Quizá decidí escribir este blog porque necesito entender cómo y por qué partió todo.

No fue una decisión fácil.

Soy una mujer casada en los cuarenta con una hija pequeña y un marido gringo que, si hay algo que lo pone de mal humor, es que necesite un pedazo de pastilla para dormir: se pasa rollos de que no soy suficientemente feliz en Estados Unidos, mi residencia oficial, a pesar de que paso largas temporadas en Chile y mi neura es inmemorial.

Así las cosas, cuando le planteé por Skype (hoy me encuentro en Santiago) la idea de contar mi ¿adicción?, su primera respuesta fue de reproche… pero antes que enrollado él es anglosajón, un pragmático, y enseguida me alentó si es que el blog funcionaba como un complemento a mi profesión de periodista.

En cambio yo seguía dudando.

Comencé a pensar que exageraba porque, como dice el cantante Américo, que levante una mano quien no ha recurrido alguna vez a un Diazepam, a un relajante muscular o, por último, a un pisco sour para dominar la neura. ¿Pero hace esto más tolerable la situación? ¿El dato de que muchas de mis amigas —y también amigos— lo consuman convierte al ‘Ravo’ en algo buena onda como un club de running o de meditación?

Que la ansiedad sea una condición de la modernidad no es para mí un consuelo. Tampoco que en ciertos ambientes casi la mitad de la población consuma benzodiazepinas. Peor aún, tanta demanda por las pastillitas me obliga a mantener una buena provisión porque no falta la amiga(o) o conocida(o) a quien le falló el doctor paleteado y ahí tiene una que apechugar y convidar una tirita o lo que sea porque, a estas alturas, negar una dosis de ‘Ravo’ es como negar agua al sediento.

Una sabe lo que es dormir mal una noche o tener insomnio declarado. O, peor aún, sufrir una crisis de pánico cuando todo debiera ser felicidad. Se trata de una sensación desubicada porque así no más es la angustia, la ansiedad: un animal rastrero que ataca sin tener hambre siquiera porque como dijo por ahí un filósofo (¿o fue un cantante de baladas ?) cualquier miedo, más todavía si es difuso, no atiende al uso de la razón.

Tampoco fue fácil admitir que dependo de un químico. Una adicta de verdad —pensaba— no funciona ni profesional, ni social ni familiarmente y en cambio a mí la dosis me mantiene ‘flor’ de adaptada. Y, como alivió mayor, mi terapeuta me dice que lo mío apenas alcanza para una dependencia leve porque no me ando pegando cabezazos ni alucinando o algo parecido.

Pero la verdad es que al final del día, cuando se acerca la noche oscura y me doy cuenta que no tengo un mísero raspado de la olla, todos estos consuelos no sirven de nada porque igual termino como loro en el alambre, preguntando a amigos si le sobra una tirita; chantajeando y mintiendo a doctores y hasta pensando en recurrir al mercado negro.

Decenas de veces intenté dejarlo sin resultados.

“Hoy sí comienzo a bajar la dosis y nunca más”, —me digo envalentonada—, pero siempre aparece un estrés de última hora que me obliga a postergar mi decisión. Puede ser que se enfermó mi hija, que apareció una reunión de trabajo importante o que se me perdió el loro, justo ese loro que sabe demasiado.

Por eso, ¡hoy lo digo y qué! : soy adicta al ‘Ravo’.

Pero que les quede claro que, no por neura, soy menos digna.

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