Hace unos días estuve en Chile. Un martes como cualquier otro me subí al metro en Santiago, a las 8:30 de la mañana. A poco andar una pasajera me insultó sin mediar la más mínima provocación… ¿qué está pasando?
Lo sé. Las 8:30 es hora de congestión en Santiago, pero todos esos rostros con gesto adusto o literalmente enojados estaban por todos lados… Casualmente ―pensé― en mi querida Curicó (que hoy algunos llaman “CuriYork”) ya cada vez es más difícil encontrar rostros sonrientes; abundan las caras largas y las expresiones malhumoradas.

Leo los tweets nacionales, me paseo por otras redes sociales y veo que la gente se insulta gratuitamente y que todo asomo de debate se torna grosero y repleto de insultos personales que cruzan fácilmente el límite del bullying. ¿Cómo llegamos a eso? Sigo siempre las noticias de Chile y sé que en el último tiempo ha habido tantos casos de abusos y corrupción y veo que los chilenos están tan decepcionados de la clase dirigente y de la institucionalidad, de las trampas, las “letras chicas”, de los poderosos con sus privilegios y entiendo que esa rabia es transversal. Ya no se puede evitar y se ha adueñado del alma chilena. Me apena… Y me preocupa.

Estoy segura de que sociólogos y psicólogos deben estar ahora desarrollando una y mil teorías acerca de lo que está pasando en nuestra alma. En algún parte de nuestra historia tal vez pusimos todo nuestro esfuerzo y esperanzas en la línea directa que creímos ver entre desarrollo económico, bienestar y felicidad. Pero las trampas de la corrupción, las coimas y la codicia degeneraron el plan y los privilegios de unos se transformaron en las pesadillas de los otros ¿Fue ahí donde perdimos la paz, y nos llenamos de insatisfacción y rabia?

A fines de los años 90 salí de un Chile donde la gente sonreía en la calle, en el que no nos insultábamos, un país en el cual las groserías del más grueso calibre no salían porque sí de nuestra boca y donde en el Metro la gente no sudaba rencor ni hostilidad. Claro, vivo en Dimamarca, un lugar que año a año se corona como el país más feliz del mundo, y aunque no siempre estoy de acuerdo con la metodología con la que se llega a esos resultados, asumo que aquí no existe una gran brecha entre ricos y pobres, y donde la igualdad y la responsabilidad social son algo que se palpa a diario.

Mis hijas, las mini vikingas, aman a Chile con toda su alma, sueñan con vivir allí y no solo ir de vacaciones, por eso me dolió más mi experiencia en el Metro. Ese no es el país que dejé ni con el que mis hijas sueñan.
Me gustaría que comenzáramos a dejar el mal humor, a recuperar la ilusión y nuestra alma nacional. Que aportemos desde nuestras diferencias y que desde allí construyamos oportunidades para todos.

Hemos oído tanto del sueño americano y otro tanto del sueño danés ¿Nos podemos hacer cargo entre todos del sueño chileno y reencontrarnos otra vez?

Un abrazo para cada uno, también para quien me insultó… ¡Todos podemos tener un mal día!

Comentarios

comentarios