Hace una semana me levanté intranquila. Un mensaje de texto y los “extra” de la BBC y CNN daban cuenta de un atentado talibán en la zona de seguridad en el centro de Kabul… a metros de donde trabaja Jan, mi marido.

Ya les conté en un blog anterior que mi vikingo, (sí, ¡mi vikingo!) partió en febrero a Afganistán a trabajar como consultor del ministerio de Defensa por período de un año. Y desde que se fue, si bien me considero una persona tranquila y bastante operada de los nervios, cada noticia que llega de esta zona en permanente estado de guerra, me deja profundamente inquieta. De ahí que me pareció una eternidad los 45 minutos que transcurrieron hasta que al fin recibí un email suyo. Sólo dos breves líneas diciendo que se encontraba bien, pero bastaron para que me volviera el alma al cuerpo.

Mientras el tiempo pasaba tuve que hablar a las mini vikingas —ávidas seguidoras de la actualidad noticiosa mundial— y decirles que no se preocuparan, todo a pesar de que la sucesión de noticias confirmaba un recuento de casi 30 muertos y más de 300 heridos tras la explosión y el posterior ataque a Kabul.

Dos días pasaron hasta que pude conversar con tiempo y tranquilidad con el vikingo vía telefónica. En esas 48 horas tuve profundos diálogos con mis hijas, y también recibí mucha compañía —física y a la distancia—. En ese par de días vinieron a mi mente miles de preguntas y otras tantas respuestas. ¿Qué pasa si papá muere? preguntaron sin anestesia mis niñas. La primera reacción, casi sin pensarla, fue la negación: “Al papá no le va a pasar nada. No se va a morir… No por ahora, al menos”. En seguida, les expliqué que antes de irse el vikingo había firmado un testamento. Que él había dejado estipulado —por exigencia del ministerio de Relaciones Exteriores— en detalle qué hacer con su cuerpo, desde el traslado a las exequias, además de un seguro familiar para nosotras… Para mí fue terrible tener que hablar de todo esto con él antes de su viaje; cuando vi por primera vez ese documento fue duro, y ahora reviví esa misma sensación cuando enfrenté el tema con mis niñas. Muy fuerte.

Hace unos años, para el terremoto de 2010 me tomó 4 días contactarme con mis padres que estaban en Curicó, tras enterarme por CNN de la tragedia. La incertidumbre era horrible. Pero la mente es brillante y archiva con prontitud los recuerdos dolorosos… Hasta que la realidad te pone nuevamente en una situación similar.

Hace una semana había visto en las noticias el anuncio de los talibanes sobre su “ofensiva de primavera”. Leí la noticia con interés, pensando que “el vikingo está en la zona de seguridad y cuando sale de allí está custodiado permanentemente”. Ahora es distinto y si me encuentro con alguna información sobre Afganistán pienso si es en Kabul, Lashkar Gah o en qué provincia y cuán cerca de la capital está.

Nuestro desafío personal y como familia es —ahora, más que nunca— no vivir con miedo, un tema que se hace cada vez más relevante en una Europa que periódicamente es atacada en sus más importantes urbes. Los ataques son en la zona donde estuviste hace un mes, en el aeropuerto hacia donde viajaste hace poco, en cualquier parte y en cualquier momento. Ahora vivimos lo que se vive a diario en otras zonas del mundo, como en la que ahora se encuentra el vikingo y, una vez más, el desafío es no vivir con miedo.

Cuando volví a conversar con el vikingo hablamos de lo efímera que puede ser la vida y lo inútil —aunque natural— que es vivirla asustados, temiendo siempre lo que podría pasar. Por el contrario, hemos intentado enfocarnos en lo que haremos cuando estemos nuevamente juntos. Ahora nos escribimos más. No perdemos ocasión de decir cuánto nos queremos y lo que significamos el uno para el otro y dejamos el mañana en manos de Dios.

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