Después de nuestra breve e intensa pasada por el norte chileno, le debía a la mini vikinga una asomada por el sur. El tiempo es usualmente un bien escaso y actividades de trabajo nos llevaron unos días al sur, que yo aumenté para que mi hija pudiera ver -ahora grande- las tierras por las que corrió, creció y jugó su “güeli” como ella la llama cuando no usa con toda la dulzura del mundo su nombre, Marta. Porque ella nació en Cherquenco, a los pies del Llaima, y allí fuimos a parar para ver que la familia se ha ido extinguiendo allí, muchos han emigrado, y ya hay más en el cementerio que en sus calles.

Mi buena amiga Lenis, hija de una compañera de colegio de mi madre, por allá por los inicios de los ’40, nos abrió su corazón y su casa y en su compañía y la de su familia sentimos como si los lazos de amistad de nuestras madres continuaran con nosotras. Fue un click sureño y todo encajó.

Con la experiencia que le da una vida en la zona, nos guío por pasajes imponentes, sobrecogedores, abruptos, escarpados y llenos de una paz sobrecogedora. En Cherquenco está la puerta de entrada al Parque Nacional Conguillío, con sus mil tonos de verdes y sus enormes y nobles araucarias, testigos milenarias de la vida en esas tierras, así como las lengas, los raulíes, avellanos y coihues, entre los que puedo recordar. Allí, en medio del bosque sureño la sola vista y la presencia de una araucaria madre no puede sino conmover; me contaron que tenía más de 1800 años y al mirarla y sentirla solo puedes sentir agradecimiento y pequeñez ante semejante gigante. La vegetación impresiona, lo inunda todo y te energiza, hasta que llegas a los escoriales formados por los residuos de lava que han dejado las erupciones del Llaima a través de los años. Y te quedas sin palabras, porque ese paisaje es tan sobrecogedor como ese frondoso, verde y prístino del que acabábamos de salir y en el que volveríamos a entrar. No es de extrañarse que los productores de la BBC se hayan encantado con la zona y decidieran grabar ahí parte del último episodio, “Muerte de una dinastía” “Death of a Dinasty, de la serie “Paseando con dinosaurios” que se emitió el ’99.

Vimos el lago Conguillío, la laguna Captrén, la laguna Verde y la laguna Arcoiris, entre las que ahora se me vienen a la cabeza. Esas aguas cristalinas, indudablemente puras, frías y transparentes, que pueden cambiar dependiendo de la ribera de la que miras, son el espejo más perfecto para el marco de naturaleza que les rodea.

Sin un afán egoísta, aun cuando sacamos bastantes fotografías, hubo muchos lugares en los que solo nos dedicamos a “sentir”, pues allí la vida se sucede a otro ritmo, más pausado, como si a veces incluso se detuviera y parece una aberración perturbar esos momentos con los sonidos de un click, tan lejano al sonido de las hojas, los piñones al caer o al de los pájaros al trinar.
El trekking a los géiseres de Alpehue fue una experiencia única e inolvidable. Fue duro pero impagable las vistas y la llegada a pozas de aguas tibias unas y frías otras que hicieron olvidar toda magulladura y golpe gloriosamente dado camino a la meta.

La comida es una experiencia en sí misma por la exquisitez y sencillez de sus sabores: ese asado de cordero, las tortillas para desayunar, ese queso que tiene una textura y un sabor tan suave, los arándanos orgánicos y frescos. Inolvidable, como mi amiga Lenis y su familia, cálidos y acogedores, orgullosos y dispuestos a compartir con nosotros cada rincón maravilloso de la tierra que los vio nacer y crecer… como a mi madre.

Comentarios

comentarios