Cuando mis hijas crecían y en sus clases veía a sus compañeras danesas que a los 11 años ya se maquillaban, me pregunté más de una vez cómo sería la adolescencia de nuestras niñas… Hoy con mi marido vikingo lo vivimos a diario. Y en eso estamos: acostumbrándonos a una adolescencia que no se parece en nada a la que experimentó él y mucho menos a la que yo viví en mi Chile natal.

Anna y Liz nacieron a comienzos del milenio en Dinamarca, con 15 meses de diferencia. Seudomellizas las llaman algunos. La mayor se ve como una latina tradicional: pelo castaño, ojos cafés y sonrisa fácil, sorprende con una personalidad 100% nórdica. La pequeña, en cambio, tiene un alma y una personalidad 100% latina tras esa piel blanca como la nieve, los ojos azules y ese pelo rubio que parece tejido en oro en los días que podemos disfrutar del sol estival.

Ser madre no es fácil. Pero créanme cuando les digo que el desafío se hace aún más interesante habiendo un océano y varias horas de diferencia entre tú, tu familia y tus más queridas amigas a quienes echas de menos a morir cuando se trata de comparar estos “dos mundos”. Porque somos muy distintos. Partiendo con que para los padres daneses temas como la independencia y la libertad son fundamentales, comenzando desde la infancia. Yo, como toda chilena tradicional, creo que nuestras hijas necesitan de mi guía personal y dedicada 24/7. En otras palabras soy cargosa y agotadora, comparada con las madres danesas que con facilidad dejan a sus hijos e hijas explorar sus límites —todavía me pregunto si tienen límites—, asumir su independencia y decidir mucho antes de lo que mis padres me lo permitieron a mí. Abogando por esa libertad e individualidad tan valorada, mi vikingo no dice nada cuando, en rebeldía absoluta, ellas deciden no peinarse —por dar un caso muy cotidiano—, mientras que sobre mi cadáver van a cruzar el umbral de la puerta si no se han cepillado el pelo y éste cae en orden y con gracia. Con un padre danés y una madre chilena en igualdad absoluta de condiciones a la hora de responsabilizarse de los hijos, mis hijas han crecido con un toque multicultural que las hace ser un tipo distinto de “danesas” entre su grupo de amigos.

Desde pequeñas se les enseñó a ayudar en la casa, pues sin una “nana” la organización y el aporte de todos en las tareas domésticas es fundamental. Eso hizo que a los 13 años ya pudieran cocinar un menú sencillo, de la entrada al postre. También se acostumbraron a usar el transporte público y ahora se movilizan con total soltura. Tanta es su independencia que el tema de los “permisos” ha sido una tremenda historia. No ha sido fácil hacerlas entender que a los 13 y 14 años todavía pides permiso y que no basta sólo con “avisar”. “¡Mamá, pero mis amigas lo hacen!”, argumentan. “Ok. Pero tus amigas no tienen una mamá “made in Chile”, les contesto yo.

Precisamente uno de los mayores desafíos ha sido el de la liberalidad de la crianza danesa y ese es un punto que nuestras hijas a veces resienten, especialmente cuando llegamos al tema de las responsabilidades, deberes y derechos: los dos primeros se aplican a los padres y los últimos a ellas, según su diccionario personal. Me he dado cuenta de que mi carácter de madre chilena, disciplinada y que no tiene problemas para poner reglas –todas las cuales son arbitrarias e injustas por principio, según mis hijas–. Están casi seguras de que mi primer pensamiento matinal es cómo fastidiar su día, por no decir su semana y, de paso, su vida entera. ¿Les suena conocido?

El tema del sexo me quitaba el sueño. Pero pronto me di cuenta de que se trata en profundidad en el colegio. “Mamá, aquí puedes ver todas esas palabras que te complican en danés”, me dijo con toda naturalidad mientras me pasaba un montón de folletos. Esa naturalidad hace que temas como el sexo, el alcohol y las drogas sea mucho más fácil conversarlos acá que lo que es en Chile, si pienso en la experiencias de mis amigas.

Como madre chilena me alegra cuando veo que nos ven “de igual a igual” pero manteniendo el respeto, que a veces les falta a los chicos daneses. Aunque nos llaman por nuestros nombres de pila, ellas asumen que no somos parte del grupo de amigos, sino el par de “veteranos” usualmente arbitrarios y casi decadentes pero que todavía tienen espacio en sus planes y panoramas y, lo más importante, en quienes confían por sobre todo.

“Mamá, mi teléfono no funciona, ¿lo puedes arreglar?”, pueden decir en un momento cualquiera.

“¿Yo? ¿Cómo te lo voy a arreglar, qué pasó?”, replico.

“¡No sé! Pero tú eres mami y puedes hacer todas esas cosas”, me contestan con una seguridad que me llega al alma y me aterra al mismo tiempo.

Así va creciendo mi par de adolescentes vikingas.

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