¿Son los millonarios distintos al resto de los mortales? ¿Son una raza diferente y por eso tienen dinero o es el dinero el que los hace distintos? Estas preguntas no son nuevas. Se las hicieron Platón y Aristóteles en la antigüedad y, en el siglo pasado, escritores como Hemingway y Scott Fitzgerald las convirtieron en mito literario. Lo nuevo, lo original, es que a partir del 2000, científicos de distintas áreas se tomaron en serio el asunto y comenzaron a investigar en sus laboratorios a ese porcentaje de la población que, más que trabajar para ganar dinero, hace que el dinero trabaje para ellos.

Uno de los primeros en sistematizar el asunto fue el escritor Richard Conniff. En su libro Historia Natural de los Ricos, el colaborador de revistas como National Geographic, comparó a Silvio Berlusconi con los monos babuinos alfa y a los hermanos Rothschild —famosos por ofrecer banquetes de comida francesa sin apenas tocar los platos— con la costumbre de algunos chimpancés dominantes de cazar una gran presa y dejar que sus súbditos coman, mientras ellos toman distancia y observan.

Sin embargo, los estudios más completos son los que viene realizando hasta el día de hoy el equipo de la Universidad de California, Berkeley, que lidera el psicólogo Dacher Keltner. Sus conclusiones, publicadas en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences, el 2012, remeció el statu quo académico al afirmar que tener mucho dinero predice un aumento de comportamientos poco éticos. Es decir, existiría una correlación entre pertenecer a los peldaños más altos de la pirámide social y una tendencia a conductas como tomar cosas de otros, mentir en las negociaciones y hacer trampa para ganar premios. Los ricos y poderosos serían, literalmente, más proclives a comportamientos que Keltner resume en “quitarle un dulce a un niño”. La seguridad de la que disfrutan les lleva a aislarse y a correr riesgos al borde de la legalidad o, derechamente, a quebrantar las normas (despreciar las reglas de tránsito es un clásico de los estudios en Berkeley). Además, tienen mejor resistencia a la ansiedad y, en los test de control, mostraron menores niveles de cortisol, la hormona del estrés.

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Los resultados de estas pesquisas no gustaron a todos. Al autor de Historia Natural de los Ricos se le acusó de llegar a la solapada conclusión de que los millonarios son mejores que el resto. El equipo de Keltner, en tanto, sufrió el hostigamiento de una parte del mundo académico, por “llevar adelante una agenda progresista” .

“La mayoría de los académicos en Estados Unidos somos de clase media o alta y, por eso, más vacilantes cuando nos corresponde criticar a los sectores acomodados. Además, es un desafío al statu quo y nosotros somos parte de ese statu quo”, explica el doctor Keltner a CARAS consultado sobre los pocos estudios que existen sobre the haves (los que tienen).

Otro cuestionamiento al equipo con base en Berkeley es usar estándares para “cobayas” cuando lo que se busca medir son cuestiones humanas demasiado complejas. Pero como es una verdad del porte de un buque que el dinero es un símbolo de estatus sin contrapeso en Occidente, muchos investigadores han apostado por aislar esta variable (riqueza) en un ambiente controlado de laboratorio. ¿Cómo? Haciendo sentir a personas corrientes temporalmente poderosas, independiente de cual sea su realidad pecuniaria.

Al final, se trata de medir y comprobar cuestiones que ya intuían filósofos y escritores sobre el poder corruptor del dinero o dar sustento teórico a todos esos dichos populares que heredamos de nuestros abuelos del estilo de: “El dinero llama al dinero” o “Poderoso caballero es don dinero”.

“Descendemos de los monos. Pero algunos estudios recientes indican (…) que descendemos también de reyes. En términos darwinianos, descendemos de animales dominantes que se han valido de su rango social para obtener oportunidades reproductivas”. Lo que anota el autor Richard Conniff en Historia Natural de los Ricos explica en gran medida algunas de las costumbres más llamativas de los poderosos.

Como muchos otros mamíferos, los seres humanos vivimos en comunidades jerarquizadas donde se establecen relaciones de dominación. La idea de este orden social es que se asegure la descendencia de los individuos mejor dotados para la supervivencia. Los leones machos alfa tendrán mayor número de apareamientos y, en consecuencia, de crías, pero para eso primero deben demostrar su fuerza luchando y exhibir buena salud ante las hembras sacudiendo sus melenas. Aves como el pavo real abren su cola en señal de excelencia genética, mientras que los chimpancés arrastran grandes ramas de árbol en las narices de otros machos para humillarlos y dejar en claro quien manda.

Más extremo aún, ciertos antílopes realizan saltos acrobáticos cuando los persigue un depredador. Esto puede parecer un acto suicida, ya que si no gastara tiempo en cabriolas gozaría de mayores oportunidades de escapar. Sin embargo, lo que aquí opera es el “principio de handicap”, es decir, demostrar al grupo de pares y a quien lo acecha qué es el mejor, el más veloz, no a pesar de sus extravagancias y ostentaciones, sino que a causa de ellas. Es, simplemente, el “lujo” que se permite un antílope con alcurnia.

En las escenas de vida salvaje relatadas más arriba hay varios comportamientos que se pueden extrapolar a los ricos a quienes Conniff califica como “homo sapiens pecuniosus”.

Al igual que los monos papiones que caminan erguidos y levantan la cola para parecer más grandes, quienes pertenecen a las clases altas tienden a proyectar sus cuerpos y, de esta forma, ocupar más espacio físico. En uno de los experimentos realizados por el psicólogo social Paul Piff, se acomoda en una sala de la Universidad de California a dos estudiantes para que jueguen Metrópoli. Los investigadores han manipulado las reglas con el propósito de que uno parta con una situación claramente ventajosa (el doble de capital inicial y de oportunidades para lanzar los dados), respecto del otro. Al principio, el jugador privilegiado está desconcertado por lo injusto de las condiciones de juego, pero a medida que avanza por el tablero y acumula dinero, propiedades y empresas, su cuerpo parece crecer sobre la mesa y, para el final, apenas ya se digna a mirar al perdedor.

En efecto, quienes pertenecen a los sectores más acomodados suelen tener una altura superior al promedio (también son más delgados y viven más años) y si no es así hacen como Berlusconi: se aseguran de ponerse en puntillas para una foto grupal y de tener un asesor con un cojín a mano para quedar nivelado a la hora de sentarse.

A los poderosos también les encanta exhibirse. Algunos preferirán alguna fiesta grandiosa que refleje su prosperidad y donde ofrecer un buen banquete resulta clave para crear lazos emocionales, forjar alianzas y comprometer favores. Otros serán aficionados a la filantropía que vendría a ser el equivalente al despliegue de la cola de los pavos reales: se trata de una inversión que aumenta las oportunidades reproductivas, ya que está comprobado que la generosidad hace parecer más atractivo ante el sexo opuesto. Por supuesto que no todo es en blanco y negro y existen actos de genuino altruismo, aunque desde la mirada del “gen egoísta” estaríamos programados para buscar algo a cambio.

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Hay, eso sí, algunos comportamientos del “homo sapiens pecuniosus” a los que resulta más difícil encontrar su paralelo en el reino animal. Primero, el gusto por la exclusividad y, segundo, una tendencia al aislamiento que, de acuerdo a los documentos de la Universidad de Berkeley, resulta particularmente preocupante.

Debido a lo compleja que se ha vuelto la vida moderna, las capas más altas se han ido encerrando en una burbuja donde muchos sólo se encuentran en sus barrios, lugares de trabajo y de veraneo con sus pares sociales. En el caso chileno, esta situación quedó de manifiesto gracias a un estudio realizado años atrás por el economista de la Universidad de Chile Javier Núñez, a quien le llamó la atención que muchos de sus conocidos se consideraran de clase media, si bien algunos pertenecían al 10% de la población  con los ingresos más elevados del país. Los resultados de la encuesta confirmaron sus aprensiones: del 1% más rico, el 30,8% se clasificó como del sector con rentas “medio alto”, mientras que el 46,2% dijo estar en el nivel de ingresos “medios”. Esto demuestra que una parte importantísima vive presa en su realidad más inmediata. Es el efecto Bilz y Pap.

Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald no eran ricos, al menos en términos absolutos, pero eran escritores de fama. Al final, se codeaban con los dueños de las fortunas y los observaban en sus mansiones y parques, jugando a los entomólogos. La diferencia es que mientras el primero sospechaba de ellos (en cierta forma los despreciaba); el segundo fue seducido por ese mundo de luces y glamour. Hemingway y Fitzgerald eran amigos, pero la distinta visión que tenían sobre los millonarios terminó —según cuenta una de las más socorridas leyendas del mundo literario— por separarlos.

Todo partió con un artículo que Hemingway tituló Las nieves del Kilimanjaro que luego se convirtió en libro: “eran aburridos y bebían demasiado, o jugaban al backgammon. Se acordó del pobre Scott Fitzgerald y de su romántico, reverencial, respeto por esas gentes; se acordó del comienzo de uno de sus relatos: ‘los multimillonarios son diferentes de ti y de mí’. Y se había acordado de algo que le había dicho a Scott: ‘Sí, es que ellos tienen más dinero: por eso son diferente’. Pero eso a Scott no le hizo gracia. Creía que los millonarios formaban una raza especial, y cuando descubrió que no era así se sintió destrozado…”.

De acuerdo a los estudios que se vienen realizando este siglo, el cinismo de Hemingway —“los ricos son diferentes porque tienen más dinero”— estaría más cerca de la realidad.

El doctor Kelter no cree que, en términos fisiológicos, los poderosos nacieron distintos. Tampoco que tendencias como “engañar y violar las leyes del tránsito” estén en su impronta genética.

“Sin embargo, crecer como una persona rica o pobre modifica la fisiología de los individuos. En nuestros estudios, por ejemplo, hemos encontrado que (la gente con dinero) muestra menos actividad en el nervio vago en respuesta al sufrimiento de los otros. Es decir, responden con menos signos de compasión fisiológica”, explica el sicólogo.

En este punto es bueno aclarar que no se trata de que los poderosos sean intrínsecamente malas personas. Es algo más sutil y que, por supuesto, no se aplica como regla a todos. Estas conductas poco halagüeñas detectadas por el equipo de Keltner no vienen como marca de fábrica de los poderosos, sino que pueden ser gatilladas en un alto porcentaje de personas corrientes en un ambiente controlado de laboratorio.

El solo hecho de manipular dinero o algún símbolo de estatus provoca un sesgo en el comportamiento. Peor aún, tan sólo pensar en billetes modifica —según las investigaciones de la doctora Kathleen Vohs para la Universidad de Minnesota— los sistemas de creencias de los individuos y los lleva a actuar de forma egoísta y antisocial.

Entonces, ¿el dinero hace al millonario o el millonario hace el dinero? Las dos cosas, sólo que si usted está de acuerdo con la siguiente afirmación tiene más posibilidades de caer en conductas éticamente cuestionables: “Para ser una persona exitosa es necesario aprovechar cualquier oportunidad que se presenta”.

La riqueza —al igual que la pobreza— genera sus propios círculos viciosos (o virtuosos, depende cómo se mire) difíciles de romper. Según varios siquiatras consultados existen una serie de características que parecen ser comunes entre las personas poderosas: tienen una inteligencia por sobre la media con un tipo de pensamiento estratégico privilegiado; son resistentes a la ansiedad, pero no toleran muy bien la frustración; suelen ser sexuales y agresivos y, en lugar de evadir los conflictos, ven una oportunidad para desarrollarse en ellos.

Según el sicólogo de la Universidad de Princeton, Eldar Shafir, virtudes como la inteligencia pueden depender mucho de las condiciones de estrés. En un experimento realizado por su equipo, un grupo de personas fueron divididas entre pobres y afluentes. En la primera parte de la prueba se les presentó el hipotético caso de ordenar las finanzas personales ante el imprevisto de enviar el auto al mecánico por una falla de 150 dólares. Posteriormente, se les realizó un test que medía el CI. Los dos grupos no mostraron diferencias significativas. Sin embargo, en la segunda parte de la prueba se les decía que el costo del mecánico ascendía a 1.500 dólares. Pues bien, el grupo etiquetado como “pobre” bajó automáticamente su CI entre 13 y 14 puntos.

 “Cuando la gente tiene lo suficiente funciona mucho mejor —explica Shafir a CARAS—. Esta baja en el CI no se debe a estrés fisiológico sino a falta de concentración: toda la energía se desvía a solucionar el problema de corto plazo”.

La buena noticia es que los ricos no son más inteligentes que usted. Es sólo que los apuros del día a día le impiden planificar a largo plazo. Por eso, mejor compre ahora mismo una agenda del 2016; comience a pensar en grande y, por favor, olvídese de esa expresión “tirar líneas”… ¡Es tan de clase media!