En la quebrada más profunda del camino que une Putre con Arica, un pueblo enfrenta por fin el cambio que viene persiguiendo por más de tres décadas. Estos habitantes que han hecho de la aridez un vergel, han podido cultivar sus propias verduras y criar sus animales para su subsistencia gracias a una enorme grieta que dibuja el paso de los ríos Camarones y Vitor. Un oasis ideal para el paso de los visitantes desde tiempos remotos, incluso antes del apogeo del Imperio Inca, cuando los mensajeros cruzaban este villorrio para abastecerse de alimentos y agua en sus travesías kilométricas. No en vano, el nombre Codpa significa ‘huésped’ o ‘peregrino’ en quechua, un descanso en la ruta andina que los mismos colonizadores le dieron categoría con iglesias y campanarios con el fin de dejar huella de su historia evangelizadora. Una tierra que la cultura chinchorro cuidó con devoción gracias a los abonos que obtenían de las aves marinas. Desde los farellones de Anzota y Arica viajaban con sus cargas de fertilizantes naturales como una ofrenda desde la costa para un valle que, seguramente, estuvo cubierto de mar en tiempos antiguos.

La luz nunca fue un sueño a ultranza. En la calidad de vida de los pobladores, la mayoría de origen quechua y aimara, el cultivo y las tareas de la tierra estaban condicionadas al curso de las horas del sol o a labores de regadío gracias a antiguos sistemas de gravedad y terrazas. Lejos de los relojes, el camino de las horas y la luz marcaba los hábitos. Temprano se hacían las cosechas y tarde se arreaban los animales. El turismo de paso, sin embargo, seguía siendo un tema pendiente, o al menos lo era hasta hace menos de un mes. Como un punto de partida para conocer maravillas de la región como los petroglifos de Ofragía, la poza de La Sirena o los asentamientos prehispánicos de Guañacagua y Chitita, la tentación por recibir dólares y forasteros comienza a tejerse con lentitud y algo de preocupación.

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El primer paso para enfrentar décadas de oscuridad fueron los paneles solares, que recién aparecieron en el 2012. David Bravo, a cargo de Codpa Valle Lodge, el único parador turístico del pueblo, recuerda que ese momento marcó un antes y un después. “Siempre la mejor fecha fue entre abril y diciembre, pero la gente se dio cuenta de que se podía venir más seguido, como una forma de extender el recorrido por las riquezas arqueológicas y naturales de la zona. En pleno verano es más complicado, porque llueve mucho y los caminos de tierra tienden al colapso. Pero entes de eso, la verdad, muy poca gente pasaba por aquí”.

La luz, que finalmente debutó hace tres semanas, vino a cambiar los hábitos. Llegó la televisión y los niños de la escuela básica pudieron extender sus jornadas de juego frente a la pantalla. Bueno o malo, todos agradecen. Por ejemplo, la electricidad permitirá mejorar las condiciones sanitarias. Las vinchucas, del tipo triatoma, son un peligro en el poblado, un insecto que amparado en la oscuridad tuvo sus víctimas hasta los años ’80. Con el primer enchufe, con el primer click de un interruptor, los habitantes sienten que están concluyendo una historia larga. Postergados hace más de 25 años con sus peticiones, vieron como el tendido eléctrico avanzaba hasta el poblado con mucha promesa y escasa velocidad. “En un gobierno se avanzaba un poco. Después, en el siguiente, todo quedaba en el olvido. De alguna forma nos acostumbramos a que fuera una esperanza”, dice el dirigente vecinal Miguel Romero. En su rol, donde además le corresponde ser el cuidador de la iglesia San Martín de Tours, construida en 1668 y fichada como el segundo templo católico más antiguo del país, observa todo con prudencia. Desde esa vereda de tradición asegura que la gente tiene algo de temor. “Pensamos que eso cambiará nuestras vidas tranquilas, habrá televisión todos los días y llegarán los ruidos. Vendrá más gente y, hasta el momento, nuestros caminos tampoco son los mejores para recibir una avalancha de autos”, prosigue. Desde la institucionalidad, el discurso es opuesto. “Esta obra implica un progreso de enorme envergadura para la comuna de Camarones y para sus habitantes, quienes mejorarán de manera sustancial su calidad de vida y para lo cual la Subdere invirtió 205 millones de pesos”, dice la intendenta Gladys Acuña.

Para Cristián Heinsen, director ejecutivo de la Fundación Altiplano, los ojos deben estar puestos en lograr un desarrollo sustentable en un pueblo de gran valor patrimonial. “Lamentablemente sus habitantes han visto cómo su realidad ha dependido de una promesa política. Siempre se les dijo que la electrificación sería una solución, pero nunca se habló de otras tecnologías de menor impacto. Tendrán que ser fuertes para que lo nuevo no tenga una repercusión en sus estilos de vida, o en los productos que elaboran con método y artesanía ancestral”.

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El orden y los métodos para trabajar la tierra, el oficio de producir guayabas, ajíes y las famosas botellas de vino pintatani, son una herencia que viene de antes de los tiempos virreinales. ¿Se trata de un acervo cultural en peligro? “No lo sabemos, pero sí nos tiene muy entusiasmados que ahora la agricultura podrá avanzar más rápido a través de sistemas de riegos tecnificados”, añade uno de los sostenedores de radio Pintani. Acostumbrados a una dieta donde la carne de llamo, liebres y verduras generosas de la cuenca de Vitor, están expectantes ante las nuevas formas de refrigeración de alimentos. “Aquí ahora recién podremos comprar un pollo, tenerlo en la casa congelado y después comerlo cuando se nos ocurra. Con los generadores eso no se podía, porque se interrumpía la cadena de frío”, dice una dueña de casa que no dice su nombre ni menos permite que le tomen una foto. “Somos así, no nos gusta que nos retraten, eso nos roba el alma”, dice cerrando una pequeña ventana, como todas las de Codpa. Casi unos pequeños orificios que no permiten que entre la fuerte luz del día acompañada de temperaturas que, en un día normal, alcanzan los 28 grados.

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Después de una noche eterna creen que el gran favor de la electricidad será que los jóvenes, las nuevas generaciones, quieran seguir viviendo en Codpa. Lo normal era que, luego de terminar la enseñanza básica, siguieran sus estudios y actividad laboral en Arica y otras ciudades de la región. Lamentablemente nunca más regresaban. No tenían trabajo, tampoco herramientas para producir agricultura, las posibilidades de entretención, salvo las fiestas religiosas, eran prácticamente nulas. Miguel Romero confía en que ahora sus hijos y nietos tendrán motivaciones para quedarse.

El antiguo sistema, que solamente brindaba dos horas diarias de energía, ha sido el mismo desde los años ’60. El momento en que, después de la jornada de trabajo, los niños se reunían con sus padres a comer, hacer tareas y ver un poco de televisión. En ese mismo orden, cada tarde a partir de las 19 o 20 horas, según la estación del año. “A veces pensamos que esa manera de hacer familia desaparecerá, también la luminosidad de nuestros cielos, a lo mejor la contaminación lumínica no nos deja ver las estrellas. La verdad es que no queremos que se nos vaya el silencio, que es lo que más nos gusta”.