Lo señalan como el pionero del Stand up; quien —con su humor e ironía para relatar hechos cotidianos—, abrió camino a una generación de nuevos comediantes, algunos de los cuales dieron que hablar hace poco por sus atrevidas rutinas en el Festival de Viña. Allí, dispararon a mansalva en contra de la clase política, empresarios y demases, lo que abrió un debate público entre los que apoyan todo tipo de libertad de expresión versus los que estiman que tanta soltura daña la democracia. Esto dio incluso para editoriales de diarios y columnas de opinión, y al humor festivalero se le apuntó como la causa de la baja aprobación a la Presidenta Michelle Bachelet (20 por ciento) en una de las últimas encuestas Cadem.

Una discusión de la que Coco Legrand tampoco se mantiene al margen. Aunque jamás habla del trabajo de sus pares, es un convencido de que deben existir límites. “El humor es para distender, no para aplastar”, asegura Legrand, quien agrega que ese ha sido siempre su objetivo en sus casi cinco décadas de trayectoria, las cuales repasa por estos días —con infidencias y desclasificados— en el programa 45 años de un Coco, que se emitirá durante tres capítulos en TVN, más un cuarto donde el comediante realizará por última vez su exitoso show “Terrícolas corruptos pero organizados”.

“Esta será mi última incursión televisiva”, confiesa desde su oficina de Apoquindo; una especie de central de operaciones desde donde hace un rato prepara el retiro. Luego pretende participar en una obra junto a Jaime Vadell y Tomás Vidiella —llamada “Los viejos cul…”, que aborda el abandono y soledad con que se envejece en “esta sociedad cada vez más individualista y deshumanizada”—, para enseguida concentrarse en el que será su nuevo y último espectáculo, en que por primera vez no hablará de los chilenos, sino que será él, el gran enjuiciado. “Apareceré con una camisa de fuerza y una luz en la cara, gritando: ‘Dios mío, ¡por favor!, ¡¿qué más hago?! Me caractericé de araña, fui un extraterrestre, representé al mismo demonio y nada, nada resultó, ¡nunca fui escuchado! En mi desesperación caigo en el siquiatra, quien me pregunta cómo me llamo; Alejandro González, le digo, y me responde: ‘¡No pues!, con ese nombre de clase media baja no llegará a ningún lado. Lo bautizaré como Coco Legrand’. Discúlpeme —le aclaro—, ese es mi seudónimo artístico. ‘¡Ve que es huevón!’, me dice, parece inteligente arriba de los escenarios, pero por lo visto esa frase ‘siempre de huevón’, ¡es verdad!’ Sí doctor, pero a diferencia de los huevones de este país, yo soy un huevón diagnosticado, que no es lo mismo que un huevón cara de raja”, cuenta sobre el concepto de su próxima obra que pretende presentar hasta el 2017, para luego irse a vivir a alguna región y dedicarse a su mujer, hijos, seis nietos y al salón de eventos que, junto a sus hermanos, están terminando de construir en los viñedos que tienen en Rengo.

—Bastante organizado tiene su retiro.

—Hay edades para cumplir ciertos roles y uno debe también realizar su trabajo con dignidad. Cuando en 1980 fui sacado del escenario de la Quinta Vergara —sin explicaciones, cuando me estaba yendo espectacular— dije que nunca más volvería a pisar ese escenario por respeto a mi labor. Tuvieron que pasar 20 años para regresar, luego de que Gonzalo Bertrán me convenciera. Ahí fue cuando mirando al público les dije: ‘tal vez para Gardel 20 años no sean nada, pero para mí fue toda una vida’. No guardo rencor, sin embargo, pude demostrar mi auténtico modo de pensar; que no iba a aceptar pasar por otra vejación.

—¿Puede darse el “lujo” de jubilar con la miserable pensión que —confesó— recibe?

—Jubilé a los 65, pero sigo trabajando no sólo porque con la pensión no me alcanza, sino porque quiero seguir haciendo lo que me gusta, aunque desde otro punto. Ahora quiero vivir desde el humor para ayudar a otros. En un momento debes devolver lo que la vida te ha dado, para aportar y generar cambios. Nos educan desde el miedo y la escasez, y vivir limitado te genera temores que se traducen en desconfianza; al final, no crees en nada. Tanto la religión como la política nos ofrecen el paraíso… pero a futuro. ¡¿Por qué no puede ser ahora?! Por eso a mis 68 me tatué la palabra ‘hoy’ en mi brazo, porque creo que hoy debo hacerme la vida grata, sentir felicidad. ¿Por qué no puede existir la ternura? ¿Por qué tenemos que andar con ese espíritu de tarro de basura para llenarnos de odio, rencores, mirar a todos como enemigos, buscando dónde verter esa mierda, para luego reciclarnos con más odio? Y, por lo general, buscas como vertedero el living de tu casa o en los lugares de trabajo, con el afán de destruirle la armonía al otro. Esa mirada hay que cambiar.

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—¿Qué papel debiera jugar por estos días el humor, entonces?

—Provocar resultados positivos. Vivir del humor te humaniza, y cuando lo ocupas para distender, la gente lo percibe y recibe bien.

—En ese sentido, ¿el humor político del Festival de Viña no aportó a esa distensión?

—El humor no va por el mismo camino que el insulto. No me referiré al trabajo de mis colegas; ellos son jóvenes, necesitan un tiempo de maduración y entender que hacer reír tiene límites. Los americanos son muy claros en eso: los límites los pone la Constitución, el punch line como le dicen los gringos; pegando en la línea. Hay una película sobre la vida del comediante Lenny Bruce en que muestran a la polícía afuera de sus shows, esperando la frase fuera del límite para llevarlo preso. Insisto, eso está en la Constitución, y en Chile debiera ser igual. Es un contrato entre el pueblo y sus gobernantes que puede variar, pero hay que respetar; de lo contrario, caemos en el nihilismo, en que no se cree en nada de lo establecido, se rechaza todo. Los caminos son infinitos, pero en lo personal, el humor lo ocupo para distensionar.

—También es una manera para denunciar situaciones.

—Sí, lo puedo hacer basado en lo que la prensa publica, pero desde el humor, en que atenúo la información y hago que la gente se ría. Como cuando en mis shows contaba mi drama en que me amputaron el fémur, pasé nueve meses postrado y el terremoto me pilló en el décimo piso sin poder moverme. La cama se movía como en mis mejores tiempos, ¡y yo hecho bolsa! ¿Qué hice con esto?, no agregué más drama al drama. Es importante atenuar, no puedo aplastar a las personas por lo que han hecho, sin estar condenadas por la justicia.

—Hoy vivimos en una sociedad que exige transparencia total, hasta en el humor.

—Hay miles de formas de agredir, te puedo decir palabras muy bonitas y elegantes, ¡y dejarte a la altura del unto! Este oficio tiene otro camino maravilloso que es el retruécano, en que dices cosas sin decirlas y se usa en momentos difíciles. Un humorista inglés del siglo XVI hizo una apuesta con sus amigos y los desafió: “le voy a decir a la reina en su cara que es coja”. Ante el horror de estos, el tipo corta dos flores, una rosa y un clavel, y se enfrenta a la reina y le dice: “Mi reina entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja”… Yo ocupé muchos retruécanos en tiempos difíciles…

—¿Cuáles recuerda?

—En plena dictadura, durante mi espectáculo “Tú te lamentas, de qué te lamentas”, en un minuto salgo y me suicido con un balazo frente al público debido a la crisis económica. Después, aparecía en el cielo con una túnica, alas, una aureola y decía: “Al fin me morí, porque si había algo que me empelotaba abajo era el régimen… el alimenticio, por supuesto; huaso, ¡pero no huevón!”. Cuántas veces dije: “Provengo de una larga y delgada faja de tierra llamada Chile, bueno cómo no va a estar delgada con tantos años de régimen”… Y así uno empezaba a meter un modo con “calzador”, y la gente interpretaba lo que quería. Uno de los ejemplos más claros e inesperados de esos años fue cuando Hermógenes con H cuenta un chiste en que un niño le pregunta al papá ¿por qué a los carabineros les decían pacos? Y él le explica que cuando las milicias españolas llegaron a Chile, la mayoría de ellos se llamaban Francisco, y a éstos les dicen Paco. ‘Ahhh’ —responde el hijo—, ‘¿y qué significa cul….?’. Ahí hay un trabajo acompañado con humor y con esta herramienta maravillosa del retruécano. Pero no hay universidades que te lo enseñen ni institutos para ser simpáticos. Los que se dedican a este oficio deben tener la pasión de hurgar, investigar, conocer estos caminos.

—¿Cuándo cree que se rompió esta especie de “norma de convivencia” que existía?

—Cuando Chile perdió el control del living de la casa y la familia se partió en dos; ahí está la gran fisura. Cuando la mujer hoy día está orgullosa porque trabaja, lo mismo el hombre, y todos cooperan para el bienestar de la familia, ¿pero quién se queda con los niños?, ¡no hay nadie!

—Hoy a la mayoría de las familias no les alcanza con un solo sueldo.

—Bueno, tú me preguntas y yo te respondo. Ahí está el quiebre, por eso hoy no existe el respeto y hemos experimentado un cambio en el sustrato socio-cultural, transformándonos en una sociedad sin rostros, sin raíces. Los antiguos valores de nuestros padres y abuelos ya no sirven. Como sociedad estamos obligados a hacer algo, inventemos valores nuevos, ¡pero rijámonos por algo!, si no, terminaremos convertidos en una muchedumbre solitaria y perversa.

—¿Se arrepiente de algún silencio, de no haber dicho algo en su minuto?

—No, paralelo a mi edad decía lo que percibía y vivía. Partí con el Lolo Palanca, seguí con el Cuesco Cabrera que era un treintañero; después con la mirada de un cuarentón, cincuentón. Creía que era la forma más directa para ser entendido. En ese tiempo, en la década del ’70 las cosas se decían de otra manera y la gente se reía. Era una generación distinta, que cuidaba sus cosas, las mandaba a arreglar; hoy todo es desechable porque nadie tiene tiempo, esa es la excusa. Y puedes hacértelo cuando tomas conciencia de que el tiempo es hoy, todo pasa en el hoy, tanto pasado y futuro.

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—¿Cómo tomó conciencia de esto?

—Cuando el Dalai Lama vino a Chile dijo una frase que me estremeció y cambió la óptica: “No entiendo a los occidentales, pierden su salud para ganar dinero, luego pierden su dinero para recuperar su salud. Solo piensan en el futuro, olvidándose del aquí y del ahora. Y lo peor, viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido”. Eso me hizo sentido y me enfoqué en la forma de vida de los polinésicos, para quienes la armonía y el respeto son básicos. Partí a Hawaii y aprendí que ellos plantean sus días sobre conceptos como la disculpa, el perdón, te amo y gracias. Olvidamos nuestra esencia, los mamíferos somos de caricias. Hoy te saludan mirando pa’l lado, a nadie le importa nada, todos con audífonos; quieren estar desconectados para no tener culpa de nada.

“Los jóvenes son los llamados a generar un cambio, que será para mejor”, asegura el humorista pese a la indiferencia del segmento juvenil con la clase política, que se ha traducido en una alta abstención en las últimas elecciones. “Algo tendrá que pasar, por algo ha impactado tanto lo que hemos vivido. Este velo que cubría el país, de pronto, un sutil viento lo corrió y mostró que la putrefacción era grande, ¡vimos la carne viva! Como los reptiles tendremos que esperar con paciencia a que se renueve la piel, a pesar de que la sociedad está cabreada de esperar. Todo se posterga para mañana, todo es prometer; prometer no empobrece, cumplir es lo que jode”.

—Y con esta putrefacción de la que habla, cometida en parte por políticos y empresarios, ¿por qué entonces habría que cuidarles la imagen?

—Insisto, puedes hablar una vez que están condenados, encarcelados. Antes de eso, las personas deben tener un espacio para ser respetadas.

—¿Qué pasa mientras con la rabia que siente la gente?

—Obviamente que está y eso es peligroso. En la época de la Unidad Popular se dijo un chiste que dejaba como idiota a todo el mundo: “Traigan los sobres redondos para mandar las circulares”. Cuando dejas como ineptos y estúpidos a todos, causa revuelo en la gente y ésta va a reaccionar de una manera que no sabemos dónde se puede detener. Por eso uno tiene que tener control. Si yo en el ’80 hubiese vuelto a la Quinta Vergara gritando :‘¡Me tienen detenido!, ¡no me quieren escuchar porque digo las verdades!’; olvídate, ¡dejo la escoba! El público habría reaccionado y quizás hubiesen destruido todo. A eso voy con que uno es responsable y debe tener el control.

—¿Hoy no hay conciencia de esa responsabilidad?

—Hay rabia. Lo que más molesta es que los mismos que dañaron al país no se sonrojan, y hay millones de mejillas que imploran y tienen el derecho a sentir vergüenza por lo que se ha hecho. Y esas mejillas son del pueblo, y si yo soplo esos fuegos, claro que las voy a enardecer más, sin embargo, esa no es mi labor.

—Aunque tenga rabia…

—Así es. Mi pega es el humor —que según el libro Despega de Jaime de Casacuberta— significa ‘Dios victorioso de la muerte’; ese ser supremo que te entrega paz en los momentos difíciles. Si quiero ser un líder, debo ser uno que escuche, no que escupa como guanaco. Conocer cuál es la molestia, fundirse con la gente, estar con ella. Hay que provocar que esta rabia se transforme en felicidad. ¿Cómo?, atravesando al otro lado del modo en que fuimos educados. Empecemos a vivir desde la abundancia de los sentimientos positivos, acerquémonos a la ternura, por qué todo tiene que ser a gritos, denostación. Debemos llegar a una humanización mayor, entendiendo que ir en ayuda de los demás es levantarlo de su caída, no hacer su trabajo o regalarle plata. Y tener cierto orden, un rayado de cancha… Por eso quiero irme a provincia, quiero conocer a mis vecinos, me aburrí de vivir en esta jauría donde lo primero es olernos el culo porque todo representa peligro.

—¿Por qué los políticos no se ponen colorados ni han asumido nada?

—Porque en este país, para asumir ciertos cargos, había que ser intachable, hoy hay que ser “incachable”; mientras no te cachen, todo es aceptado. En una parte de “Terrícolas corruptos pero organizados” advierto que por primera vez en la historia del cosmos haremos una limpieza total a la ética, porque nos hemos enterado que hay un grupo de seres humanos del tipo homosapiens que se han infiltrado en las empresas, en las iglesias, en la educación y también en la salud… además del fútbol. Pero eso no es lo que debe preocuparnos, sino que estas almas insensibles hoy están acostumbradas a saltarse las normas y las leyes, porque les da lo mismo estar imputados, condenados o encarcelados porque aquí con dinero y poder, no hay nada que temer.

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—¿Pensaba que era tan transversal?

—Me sorprendí como muchos chilenos, nunca dimensioné, aunque hace seis años dije en el Festival de Viña que no era la forma de construir un país con boletas truchas, engaños. Después vino todo este desmoronamiento… Existe indignación, una vergüenza generalizada, un final de boca amargo, pero insisto, serán los jóvenes que cambiarán las cosas para algo positivo. Si te fijas Cristo siempre sangra y sufre; Budas, en cambio, sonríe. Es tan humano, reír y sacar sonrisas es un regalo divino, no es una herramienta para pulverizar, sino para humanizar. No es primera vez que vivimos esto, el hombre es un lobo para el mismo hombre, por eso hay que controlarlo, tener límites, que exista un respeto. Fernando Villegas dijo una frase que me volvió a estremecer: “hoy, lo único que falta en este país es que no se respeten las luces rojas”. Esto tendrá que tener un fin, si no, es desesperante.

—Usted como empresario…

—Yo no soy empresario (interrumpe), yo soy emprendedor…

—¿No es lo mismo?

—El empresario saca las cuentas antes y después hace las cosas; nosotros, primero hacemos las cosas, después sacamos las cuentas. No sólo sumamos números, también valores.

—¿Falló el modelo en Chile?

—También la formación. Como no hay límites, faltó regulación. En Estados Unidos —que creó esta economía de libre mercado—, se fiscaliza. Nadie va a pedir una ley para respetar a la policía, ¡allá lo hacen!, porque son autoridad; y si no obedeces, te pegan un balazo y la justicia no los condena, porque existe un orden acompañado de educación. En Chile, en cambio, todo se raya, se destruye.

—¿Qué debiera hacer la clase política para recuperar la confianza de la gente?

—Las nuevas generaciones deberán cambiar las cosas desde adentro. Los mayorcitos y los que se han pasado una vida en eso serán los más preocupados. Habrá una vuelta hacia los jóvenes, tendrán que reaccionar y votarán por sus pares.

—En ese contexto, ¿quién le gustaría entonces que llegara a La Moneda?

—Ni he pensado en eso, está dentro de las 154 cosas que me importan un soberano cuesco. Parece que me volví viejo ya.