Escena 1: “¿Boleta o factura?”. Estoy en la caja del supermercado. Sobre la cinta transportadora he dejado una botella de espumante Nature, un tinto gran reserva, jamón serrano importado, quesos franceses y pan recién horneado. “¿Boleta o factura?”, me vuelve a preguntar amable la cajera que gana algo más del sueldo mínimo y ha sido entrenada para dar un buen servicio.

Escena 2: “¿Tienes una deuda y estás con dificultades para pagarla? No repactes, te cobrarán intereses usureros. Yo te ayudo.” Esa es la oferta que recibió una joven que tiene tres cuotas atrasadas del auto que compró con un préstamo. Está angustiada y una abogada ‘amiga’ le ofreció la mejor solución: “Traspasas el auto a una persona de tu confianza y como no tienes nada más a tu nombre, nada te podrán quitar. No le pagues ni una cuota más al banco”. La oficina donde trabaja la ‘amiga abogada’ tiene 15 años en el mercado y ocupa un piso cada vez más amplio en el centro de Santiago. “Es de confiar”, me dice ella.  

Escena 3: “A mi hijo le está yendo muy bien, gracias a Dios. Me ofreció cambiar el auto y estamos esperando la oportunidad para comprar una propiedad a mitad de precio”, me cuenta orgulloso un hombre que ha trabajado cuarenta años, de ocho a ocho, para educar a sus hijos, tener casa y auto propios…  y que cada domingo asiste a su iglesia. “¡¿Cómo se hace eso?!”, le pregunto con ojos y oídos bien abiertos pensando que me estoy perdiendo un buen negocio. “Mi hijo tiene una sociedad con un vecino que trabaja en la municipalidad. El le avisa cuando salen propiedades y vehículos a remate. Lo que vale 10, mi hijo lo compra en cinco. Es que nadie va a esos remates”.

¡La sociedad de los vivos! ¡De los vivarachos! ¡Chile pillo! En eso nos estamos convirtiendo o quizá ya nos convertimos. ¿Por qué no eludir impuestos si los más ricos son los que menos pagan? ¿Por qué pagar mis deudas si puedo hacer leso al banco que tanto me ha esquilmado? ¿Por qué no usar la información privilegiada a la que tengo acceso por mi trabajo cuando señores llenos de títulos y dinero multiplican sus millones de esa manera? ¿Qué importa aprovecharse un poquito si todos lo hacen? ¿Por qué no sacar la mejor tajada si todos andamos en la misma?

“¿Boleta o factura?”. He pedido la cuenta en un restorán de cinco tenedores después de celebrar un evento familiar que merecía no fijarse en gastos. Me miran mis hijos. “Factura, por favor”.