Hay algunas situaciones que parecen nunca terminar, pero que repentinamente nos sorprende comprobar que cuando terminaron, fue más temprano que tarde. Eso al menos me ha parecido a mi cada cambio de mando presidencial desde 1990. La eterna infamia en que transcurrió mi infancia y adolescencia, esa anomalía de la historia imposible de interpretar y comprender aún, ese infierno interminable terminó de pronto y en un par de pestañeos ya habían pasado cinco gobiernos. ¡Cinco! Y vamos a por el sexto… O el cuarto, segundo capítulo, más bien.

El periodo presidencial de cuatro años es raro. Alcanza para poco, pero ciertamente es muy largo si al final apenas se puede exhibir como obra un ajuste de los beneficios parentales, la eliminación de un impuesto, un bono para irse de la casa de la suegra y una campaña de recetas flexitarianas. No alcanza para edificar un monolito republicano. Las modificaciones apuradas de plazas y edificios para poner una placa de bronce, no cuentan. Y, para peor, puede ser perjudicial si, por esa fiebre de campañas y elecciones que obliga el breve período llega al poder algún aventurero, un demagogo, un especulador o alguien con algún tipo de patología del alma.

La dignidad presidencial parece que no cambia a las personas, sino al contrario… Por ejemplo, tengo poco aprecio político por Lagos, pero sí un gran respeto a su figura histórica. No cabe duda de que en sus seis años su elocuencia, su seriedad, su –como decían entonces– “idea de país” le confirió a la figura presidencial un nivel honroso, ilustre, hasta épico dirían sus incondicionales.

Eso no me incomoda, a pesar de los casos de corrupción que atravesaron su mandato y que ahora todos olvidaron. En cambio, que exista una viñeta cómica inspirada en Condorito con las “espontaneidades” del mandatario actual, que su nivel de aprobación fuera siempre inferior al 30 %, sólo eso, creo que da para preguntarse qué ha pasado en la República, oh dioses.

Acabo de leer, de un tirón, con entusiasmo, absorto, el formidable libro de Bernardita del Solar y Loreto Daza “Piñera: historia de un ascenso” y pude recordar, volver a tener a la vista y observar con detención y sorpresa a la persona que hasta marzo ocupa el sillón, al hermano empresario del Negro Miguel, al magnate dueño de Lan y Colo Colo. Al hombre acomplejado y complejo que era y seguirá siendo Sebastián Piñera. “Chatito”, como le dicen sus cercanos.

Resulta interesante imaginar qué dirá la historia en un par de décadas sobre “Chatito” y su gobierno y sobre “Chatito” como persona y figura. ¿Se habrá olvidado la eterna y triste pugna con su hermano José? ¿Se le recordará como un competidor compulsivo, alguien cuya obsesión era ganar y salirse siempre con la suya?, ¿cómo un hombre frío en los afectos, duro en el trato, impaciente y personalista al punto de ser capaz de sacrificar amigos, lealtades y proyectos colectivos como quien dilapida un paquete de acciones en la bolsa con tal de ganar algo para sí mismo? ¿Sacará risas aún con sus frases desafortunadas, grandilocuentes o ridículas? ¿Dirá la historia que el presidente que estuvo entre los gobiernos de Michelle Bachelet tenía una tendencia compulsiva a contar historias que no eran ciertas? ¿Qué en su arrogancia llegó a jactarse, sin asomo de vergüenza, de haber hecho en 20 días lo que otros no hicieron en 20 años? Difícil saberlo.

Pero sin duda la historia consignará que el Presidente de Chile entre 2010 y 2014 disputó un constante “gallito” con el pueblo, obsesionado y obcecado por ganar la pulseada a la ciudadanía, por prevalecer, por demostrar quién manda acá caramba, con ánimo de señor y dueño. Y se dirá que en ese empeño Sebastián Piñera perdió la oportunidad histórica, universal, cósmica, de lograr su más profundo anhelo y sí, de ganarse legítimamente un lugar entre los padres de la Patria, nada menos… Pero no. En esta pasada, “chatito” perdió.

La historia dirá que el Presidente Sebastián Piñera Echeñique, con su famosa inteligencia y a pesar de su enorme riqueza y su poder, fue incapaz de dar a todos los niños de Chile una educación digna garantizada.

Desde el 12 de marzo en el Palacio de la Moneda, “la casa donde tanto se sufre” como decía don Arturo Alessandri Palma, habrá un busto y un retrato de aquel hombre cuya madre bautizó como “chatito de oro” por su buen olfato y astucia para los negocios, tal como lo hay de, por ejemplo, Juan Esteban Montero o de un par de Errázuriz que ni por sus calles los recuerda el pueblo. Sebastián Piñera, el dueño de ese busto, de esa pintura, de ese capítulo en los libros, en cambio, volverá a su oficina a revisar cómo creció su fideicomiso ciego pero no sordo… Pero también a enfrentarse con las arpías de la fronda aristocrática desatada, con la Alianza y sus demonios. Esos fantasmas del conflicto y la desconfianza, de la envidia, de las rencillas violentas y las soterradas que él mismo más que nadie ha contribuido a crear, liberar y alimentar desde que decidió que le gustaría ser Presidente. Y luego, la nada, el ¿ahora qué?, ese vacío interno que no se llena con más dinero, más laureles y otras glorias mundanas.

Por qué así no más es la cosa… la propia historia que en realidad la escribe cada cual con lo que puede, o no puede. Nunca con lo que tiene.

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