Fueron plantadas en nombre de Dios y del Rey. Las primeras uvas llegaron a Chile desde el norte en el siglo XVI, en un proceso de ensayo y error, junto a los conquistadores del fin del mundo. Si los hidalgos portaban las armas, los jesuitas hacían lo propio con la cruz y, para evangelizar, necesitaban que en estas tierras, todavía indómitas, brotara la sangre de Cristo. La elegida fue la variedad Listán Prieto, que es como se conocía en España y que en América sería bautizada como Mission (Baja California) o Criolla Chica (Argentina). En Chile se la llamó País y hoy es parte de las cepas patrimoniales.

Como explica el sommelier Héctor Riquelme, es todavía un asunto complejo usar y abusar de la palabra patrimonial, aunque se entiende como tales las primeras variedades que se cultivaron en territorio chileno. Esas que fueron traídas para evangelizar y son parte de nuestra historia. Entre ellas las más populares son la País —un tinto jugoso, simple y cotidiano— y la Moscatel de Alejandría, ese elixir blanco dulce y suave que hasta Cleopatra probó, según cuentan los antiguos.

El término cepas ancestrales, en cambio, se relaciona con la data o antigüedad de sus plantas y, por supuesto, con una forma de hacer vino que tiene un arraigo cultural en un terruño específico y que ha sido transmitido de generación en generación. Este es el origen del llamado vino campesino, como el Ñipanto reserva de familia Cinsault 2005, que obtuvo medalla de oro a mejor vino del concurso Catad’Or Ancestral 2017.

Algunas de estas vides son centenarias y lograron sobrevivir a tendencias y modas poderosas, como la que ocurrió a finales del siglo XIX con el afrancesamiento de la sociedad chilena que prefirió las cepas llamadas “nobles” —Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Pinot Noir— por sobre las de herencia castiza.

La raigambre campesina de los vinos ancestrales se concentra en los valles del Maule, Itata y Bio Bio, aunque el norte otorga sorpresas como el famoso Pajarete del valle de Huasco, elaborado con Moscatel de Alejandría y Moscatel de Austria para su versión blanca, y cepa País, para la tinta. Algunos dicen que fueron los jesuitas los autores de este mosto frío y dulce, pero la fecha en que los religiosos fueron expulsados de Chile en 1767, pone en duda su espiritualidad, aunque no su carácter espirituoso.

iStock-627942682

Genética poderosa

La condición de secano de las cepas ancestrales (sólo son regadas por la lluvia), obligan a las viejas parras a una lucha por la subsistencia similar a la que libran las familias que las producen.
El resultado sólo puede ser halagador, ya que así como los campesinos dejan su impronta, la viña adquiere el sabor profundo del terruño cuando sus raíces exploran y colonizan el suelo en busca del agua tantas veces esquiva. Su potencial genético es otra cualidad derivada de su antigüedad, adaptación climática y variedad de tierras que lograron domesticar en una historia darwiniana.

Estas cepas —explica Riquelme— han otorgado un nuevo aire al área vitivinícola nacional. “La ha revitalizado”, dice. El enólogo explica que el dato de que estas cepas tengan un cuento, una historia, como la que transmiten de generación en generación los Alarcón, autores de la premiada Ñipanto Reserva Familiar Cinsault 2005 (Cinsault, la cepa Cargadora) es lo que más aprecian quienes saben de vinos en el exterior en busca de sabores con identidad local.

A esto se suma que la producción campesina trabaja con levaduras nativas; son vinos “naturales” (no están intervenidos con elementos exógenos) y transmiten el saber del oficio forjado con el espíritu evangelizador del nacimiento de América.