Un día, en la sabana prehistórica, el cerebro hizo un nuevo pliegue, una conexión, que le permitió asignar causas a los eventos y adquirir un poder inmenso con el que eliminó en poco tiempo a cuanto animal se le opuso. Sólo respetó a los que podían serle útiles, obligándolos a poner huevos o a tirar carretas.

El pequeño pliegue cerebral trajo otras consecuencias: la búsqueda de causas y de causas de las causas lo llevó a perseguir un sentido primero y total. Entonces erigió un templo que encarnara su ansia de sentido.

Pronto descubrió que había explicaciones que funcionaban mejor y prefirió dejar el tema en manos de la ciencia, que con su efectividad terminó arrasando con los templos, ese acogedor lugar de rituales que le garantizaba los días. Surge así el individuo, que tímidamente comienza a recorrer el paisaje que la ola de la religión dejó al retirarse: monasterios y campos abandonados, salpicados de parafernalia ritual y sotanas mancilladas.

El sujeto ordena los escombros y construye el jardín ilustrado. La ciencia se encarga de todo: responde grandes preguntas para la humanidad e inventa pequeñas cositas para él (linternas, anteojos, paracetamol).

Parecía un negocio redondo, pero hay algo que seguía ahí, escondido en su húmedo rincón. Nuestro amigo, el pequeño pliegue cerebral, que exige un sentido primero y final. Y ahí lo tenemos, al individuo: vagando medio zombie, preso de la rueda de la producción y del consumo, frotando la pantallita con el dedo, como ordeñándola, a ver si gotea desde la nube un mensaje destinado a él, sólo a él, que le aclare todas las cosas y le insufle certeza y entusiasmo.

Se detiene frente al dispensador automático de causas y decide escoger una, su mano titubea… alimentos transgénicos, centrales hidroeléctricas, derechos animales, ¿qué defender, a qué oponerse, por qué protestar? Algunas causas parecen más trascendentes que otras: vivienda social, salud y derechos humanos parecen más urgentes que salvar abejas o adoptar un perro. Pero todas son buenas y escoge una. Una vez en la marcha, de una manera imprecisa, siente que si tantos piensan lo mismo debe ser porque alguna ley profunda los impulsa a todos, una misteriosa corriente de Humboldt que posee el sentido que él no encontraba.

Una figura solitaria observa la marcha desde el balcón. Es la autoridad. ¿Qué hacer frente a tantas exigencias? Un día protestan por una cosa, otro día por otra. Repasa sus principios, el manual del partido, suspira… ninguna doctrina resuelve esta multiplicidad de demandas. ¿Es que no se dan cuenta de que es imposible solucionarlo todo? Los recursos son limitados y nadie quiere pagar más impuestos. Hay que priorizar. Entonces cita al consejo y encarga una encuesta.

Las demandas se contradicen entre sí y los recursos no alcanzan, nunca alcanzarán. Un líder no es el que optimiza recursos sino el que muestra un camino sensato y nos convence de tomarlo. Nuestro pequeño pliegue cerebral no es regodeón, pero exige un destino. Cuando no hay ideas —decía Oscar Wilde— campea la opinión pública.