El primer domingo de junio de cada año, Gran Bretaña y todos los países de la Comunidad Británica de Naciones celebran el cumpleaños de la reina Isabel II. La soberana nació un 21 de abril, pero la fiesta oficial es en junio y ese día la reina entrega títulos honoríficos a ciudadanos destacados. Desde 1348, cuando la Muy Noble Orden de la Jarretera fue creada por el rey Eduardo III, centenares de académicos, científicos, actores y actrices, atletas, carteros y un sinfín de profesionales han sido nombrados Sir (caballero) o Dame (dama) en alguna de varias categorías típicamente británicas. Sin embargo, en esos casi siete siglos nunca se había distinguido a una prostituta… hasta ahora.

El 4 de junio de 2018, la reina nombró Dama de la Orden del Mérito de Nueva Zelanda a Catherine Healy, una mujer que dedicó siete de sus casi 62 años a lo que antes se llamaba el oficio más antiguo del mundo. La Orden de Nueva Zelanda nació en 1969 por decisión de la propia Isabel II para honrar a “aquellas personas que, en cualquier campo de la vida, han dado un meritorio servicio a la Corona y a la nación o a quien se ha distinguido por su eminencia, talento, aportes u otros atributos”.

La más sorprendida fue la propia Catherine, quien dijo al periódico The Guardian: “No es algo que haya estado esperando. De hecho, siempre esperaba que me arrestaran al amanecer, no el tener este tremendo honor; estoy muy emocionada”. Las razones para el título comenzaron en 1987 cuando se fundó el Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda. Catherine fue una dirigenta destacada en la campaña desarrollada para conseguir los mismos derechos que todos los trabajadores del país: beneficios de salud, jubilación, y especialmente que la prostitución llegara a ser un trabajo legal.

DE LA SALA DE CLASES AL BURDEL

La historia de cómo una profesora primaria llegó a ser líder de un colectivo de prostitutas es curiosa, por decir lo menos. La propia Catherine Healy se la contó a Bess Manson, periodista del sitio neozelandés Stuff, en 2017. Creció en Eastbourne, con sus padres y tres hermanas. En la adolescencia se interesó en el feminismo y participó en marchas contra la discriminación racial. Desde los 21 años, hasta que cumplió 30, fue una tranquila profesora primaria en Wellington, la capital del país, pero a esa edad quiso romper con la institución a la que había pertenecido. “Quería ver más, conocer más, sentir más”, resumió.

Justo por ese tiempo, conoció a una mujer que le pareció muy interesante y entonces descubrió, horrorizada, que trabajaba como prostituta. “Sentí que debía rescatarla de esa vida, pero ella se negó con vehemencia. Dijo que yo no tenía derecho a imponerle nada, fue muy convincente”. Entonces, esa mujer la invitó a conocer su mundo. Salieron juntas una noche y Catherine volvió a su propia casa con un cliente; pero decidió que el comercio sexual no era lo suyo. Tiempo después su tarjeta de crédito colapsó y debió buscar un trabajo extra. Lo encontró como recepcionista en una casa de masajes y luego se hizo prostituta. Pidió un año de permiso sin sueldo en su anterior empleo, y al finalizar ese periodo supo que no quería volver a trabajar como profesora. Le fascinó el ambiente del burdel en el que trabajó.

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“Estaba lleno de mujeres y clientes muy interesantes. Eran los años 80 y todas usaban vestidos extravagantes. Yo nunca antes había usado labial ni tacos altos”. Contó que las mujeres y sus clientes pasaban horas conversando de diversos temas en un bar clandestino y para ella fue notable comparar ese ambiente con la recatada sala de profesores en la que había trabajado. Además había cambiado un sueldo de 400 dólares de Nueva Zelanda por semana, en horario completo, a 2.000 dólares por tiempo parcial en la misma cantidad de días. Cuando decidió que no quería volver a la docencia, tuvo que confesarle a su madre lo que realmente hacía. “Estaba muy conmocionada y molesta. No fue algo fácil para ella, pero también era muy fuerte y nunca se iba a poner en mi contra”.

SIN ESTRATEGIA

Una noche fue detenida en el prostíbulo y lo que vino a continuación fue integrarse a una serie de conversaciones —que Healy llama “reunión de cerebros”— para mejorar la situación. “Las mujeres con las que trabajé eran aguerridas, seguras de sí mismas y estaban molestas con el estigma y los conceptos errados que hay sobre la prostitución”, explicó. En esas primeras conversaciones querían una sede donde reunirse, también hablaban de la necesidad de detener la propagación del sida, y sobre todo de cambiar la legislación. “En realidad no sabíamos mucho sobre la ley; pero sabíamos que podían arrestarnos”.

El Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda se formó oficialmente en 1987 decididas a obtener igualdad de derechos para las trabajadoras sexuales, mejoras en el acceso a la salud y asistencia legal. El triunfo llegó el 25 de junio de 2003 cuando se despenalizó el ejercicio de la prostitución. “Es muy divertido, porque la gente pregunta sobre nuestra estretegia. Y, retrospectivamente, puedo decir que nunca tuvimos una. Ninguna de nosotras pensó que sería tan difícil, pero pensamos que alguien tendría que escucharnos”. Queda trabajo por hacer, dice Catherine Healy. Aunque la prostitución es legal en Nueva Zelanda, aún es un estigma. Todavía hay explotación, prostitutas menores de edad, inmigrantes a las que se mantiene sin beneficios. Por eso, el mantra de la organización sigue siendo: “Que cada trabajadora sexual esté segura a todas horas, en todas partes”.