El asesinato del economista Diego Schmidt-Hebbel el 4 de noviembre de 2008 estremeció al país. No sólo porque se trataba de la partida de un joven inocente con todo un futuro por delante; el hecho destaparía una trama de película y un guión que mezclaba codicia, ambición, amor, venganza y muerte. Y aunque en un principio se habló de robo con homicidio, con los días se descubrió que detrás del macabro crimen estaba la mano de María del Pilar Pérez, quien contrató al sicario José Ruz para ejecutar nada menos que a su madre María Aurelia López, su hermana Gloria, su cuñado Agustín Molina, su sobrina Belén y al novio de ésta, Diego.

El sujeto confesó entonces que la orden de la mujer era hacerles el mayor daño posible. ¿El motivo?, una larga historia de conflictos, entre ellos, la disputa de la herencia familiar avaluada en más de 600 millones de pesos de aquella época por la serie de propiedades y locales comerciales que mantenían en calle Seminario con Rancagua. Y no sólo eso. El asesino reveló, además, que la llamada Quintrala lo contrató meses antes para matar a su ex marido y padre de sus dos hijos, el arquitecto Francisco Zamorano, a quien ejecutó el 23 de abril de ese año con un tiro en la nuca junto a su pareja, el tecnólogo médico Héctor Arévalo. Fue condenada a dos cadenas perpetuas por robo con homicidio, parricidio y homicidio calificado —además de otros graves cargos— y debió pagar más de 900 millones de pesos por concepto de indemnización, los que se cancelaron con el remate de todas sus propiedades de calle Seminario: una casa de cuatro pisos y cuatro departamentos.

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LA ESPERANZA DE UN VUELCO

En el patio de custodia directa de la cárcel de mujeres San Joaquín, destinada a personas de connotación pública y que cuenta con gendarmes permanentes para las ocho reclusas de ese sector, pasa sus días María del Pilar Pérez. Sus jornadas son tranquilas, aunque la relación con sus compañeras de celda en estos años ha sido compleja por su carácter obsesivo y metódico, que muchas veces le genera problemas y crea rechazo.

Si bien se dijo en un comienzo que se había convertido a la religión evangélica, la capellana del recinto y guía espiritual de Pérez, Nelly León, lo desmiente. “Pilar es católica; ocurre que ha vivido un proceso de profundización de su fe”, cuenta la religiosa y agrega que la arquitecta es de misa dominical y en el verano participó en los talleres de rosarios para la venida del Papa Francisco.

En la cárcel no la visita nadie, ni familiares ni amigos; a excepción de un antiguo compañero de trabajo, un constructor de los tiempos en que ella tenía una oficina de arquitectos, quien hoy le manejaría sus finanzas, le cobra su pensión y le estaría tramitando el bono por hijo que entrega el gobierno. Y aunque se presume que Pilar quedó sin bienes ni dinero tras el remate de todas sus propiedades de calle Seminario, se especula que tendría un terreno en Talagante —herencia de Emilio Pérez, hermano de su padre José, quien lo habría convencido de beneficiarla por tratarse de su “hija más indefensa”— donde hoy funcionarían algunos locales comerciales y ella recibiría dinero de esos arriendos.

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Todos los viernes, hace siete años, de 14:30 a 17 horas la visita además la sicóloga UC Isabel Parraguez, quien hace 13 años cumple la función de acompañar y contener a las reclusas. Y si bien en un principio la profesional cuenta que fue muy difícil ganar la confianza de Pérez, con el tiempo se han convertido en amigas, casi hermanas. “Tenemos muchas historias y amigos comunes, ha sido increíble. Con Pilar hice un trabajo de joyería, llegó muy cerrada, con la desconfianza natural de quien siente es condenada injustamente, según su perspectiva. Ella lucha porque se conozca su verdad y está en su derecho; hasta hoy se declara inocente”. Por lo mismo, Pilar estaría analizando con su abogado Antonio Garáfulic, la reapertura del caso.

HERMANOS CON RUMBOS DISTINTOS

Si bien los hijos de la Quintrala, Rocío y Juan José Zamorano se unieron hace diez años para testificar en contra de su madre, una vez que ésta recibió sentencia, ambos hermanos tomaron rumbos distintos. Cercanos a la familia cuentan que prácticamente no se ven ni se visitan; una conducta que se entiende, ya que crecieron distanciados por culpa de su propia madre que siempre hizo diferencia entre ellos, demostrando un profundo rechazo por su hija y una marcada predilección por su hijo menor.

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En un comienzo, cuando su mamá recién cayó presa, Rocío trató de acercarse a ella, sin embargo el intento de Pérez de que la joven le entregara una carta al abogado de José Ruz ofreciéndole dinero para cambiar su versión e incriminar a su cuñado Agustín Molina, la alejó para siempre; a pesar de los infructuosos intentos de la religiosa Nelly León y de otro sacerdote para que fuera a visitarla. Poco tiempo después de estallar el caso Quintrala, Rocío se separó de su marido Rodrigo Arroyo e inició una nueva vida. Se abocó a su profesión de médico general, se instaló con una consulta particular en calle Guardia Vieja y su tiempo libre lo dedica al paracaidismo que suele practicar en Melipilla, en el centro Chiñihue, consiguiendo en agosto del 2014 —junto a un grupo de once mujeres—, romper el récord chileno y sudamericano en caída libre. Un deporte que la distrae y que además de adrenalina y otros amigos, le trajo un nuevo amor. Hace siete años se emparejó con un instructor de paracaidismo de nombre Julio, con quien tuvo a su única hija de seis años. Sus más cercanos la ven bien, fuerte; mantiene buena relación con sus primos, tías y abuelas maternas y paternas, aunque eso sí se alejó de varios de sus amigos del The Grange School. Ello, porque hace un tiempo —tras recibir un homenaje de su colegio como ex alumna destacada— le dolió que la mayoría de sus ex compañeros estuvieran más preocupados de preguntarle detalles del crimen de su padre, que de saber cómo estaba ella. “Este colegio no es para mi hija”, habría sentenciado.

Juan José, por su parte, cirujano de columna y traumatólogo de la Clínica Alemana y casado con la profesora Monserrat Hernando, ya es padre de cuatro niños. Si bien siempre fue el predilecto y regalón de su mamá, todo cambió cuando María del Pilar intentó matar a su nuera, lanzándola escalera abajo para luego golpearle la cara con un mortero. Introvertido y callado igual que su padre, tras el juicio de su madre partió con su familia a Canadá para especializarse en neurocirugía espinal en la universidad de Toronto. Aunque cuando niño, la Quintrala siempre lo mantuvo distanciado de su papá y de su familia en general, en la actualidad cada tanto va a visitar a su abuela paterna Bruna Marfull acompañado de sus niños. Con Francisco Zamorano —con quien por muchos años no tuvo relación— logró reencontrarse poco antes de ser asesinado. En su honor bautizó a su hijo mayor. Y pocos olvidan el profundo, emotivo y sentido discurso que leyó el día de su funeral.

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LA NUEVA VIDA DE BELÉN

Para Belén Molina (35), sobrina de la Quintrala y ex pareja de Diego Schmidt-Hebbel no fue fácil salir adelante tras el asesinato de su novio, quien en un acto deliberado, se interpuso entre ella y el sicario José Ruz para salvarle la vida. Y como confesó a CARAS en mayo de 2009, “lo que más amaba Diego de mí eran mi perseverancia y fortaleza”, a pesar del dolor, se propuso cumplir sus metas de seguir estudiando y perfeccionarse como dentista implantóloga y también en el futuro formar una familia. Y así lo hizo. En estos años Belén se ha diversificado tomando una serie de cursos como rejuvenecimiento facial, colocación de Bótox y, lo más importante, logró rehacer su vida junto a un compañero de odontología de la Universidad de los Andes, el implantólogo Javier Rojas. Se casaron en septiembre de 2013 y ya tienen dos niños. “Diría que Belén empezó a estar bien cuando fue mamá, aunque jamás olvidará ese doloroso capítulo de su vida. Siempre estará presente en ella”, afirma su padre Agustín Molina.

María Aurelia López, en tanto, madre de María del Pilar, en 2009 vendió el edificio que albergó la panadería y su hogar durante más de 60 años y los cuatro departamentos de calle Seminario y en 2011 junto a su hija Gloria Pérez y su yerno Agustín adquirieron un departamento en el sector oriente.

Molina actualmente se dedica a la comercialización de productos alimenticios y de panadería a empresas, instituciones y restoranes y también destina gran parte del día a cuidar a sus dos nietos. “Pensaba que no podía ser más feliz siendo padre, pero lo soy aún más siendo abuelo”. Y aunque en todo momento intenta evitar mencionar a Pilar Pérez, hace una reflexión apuntándola directo. “Vemos a sus hijos, a sus nietos… Esa sí que es una condena, no poder disfrutar ni saber de ellos, no saber ni siquiera cómo se llaman los pequeños”. Asegura que como familia les ha sido muy difícil olvidar, “pero la mente es tan poderosa que de alguna forma mitiga para salir adelante. Los que seguimos vivos debemos procurar ayudarnos entre nosotros para tratar de ser lo más felices posible. Mi suegra, como madre se ha preguntado qué responsabilidad le pertenece en esta historia, pero por lo general no hablamos sobre ella; esa persona no existe para nosotros”, asegura Molina quien de paso agrega que mantienen muy presente el recuerdo de Diego. “Fue como un hijo, salvador, está presente en todo. Nos acompaña día a día”.

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CENIZAS EN EL VALLE DE LA CRISTINA

Bruna Marfull cumplió 97, y a diferencia de años anteriores, esta vez no recordó el aniversario de la muerte de su hijo Francisco Zamorano, mandado a ejecutar por su ex mujer el 23 de abril de 2008 con un tiro en la nuca junto a su pareja, el tecnólogo médico Héctor Arévalo. Eso sí, lo que no se le olvida a doña Bruna es su intención, casi obsesión, de sacar a su hijo del mausoleo de la familia Pérez, para luego cremarlo y lanzar sus cenizas en Coltauco, un pueblo cercano a Rancagua donde crecieron los cinco hermanos Zamorano-Marfull. “Allí hay un canal muy bonito, la poza de la Cristina, donde lanzamos las cenizas de nuestro padre. Mi mamá le mandó a hacer una piedra con su nombre y ya tiene puesta la piedra de mi hermano”, cuenta Verónica Zamorano, una de las hermanas mayores de Francisco. El tema que tienen que solucionar ahora como familia , que incluye también a Rocío y Juan José Zamorano, es si también cremarán el cuerpo de Héctor Arévalo —hoy enterrado al lado de Francisco—, y lanzarlos a ambos al canal.

“Rocío quiere que queden juntos y está haciendo todos los trámites. Mi mamá, por su edad, está más complicada, ya que no quiere que el lugar de descanso de su hijo se preste para rumores. Pero moralmente, a Héctor debemos también sacarlo de ahí”.

Verónica cuenta que tras la muerte de su hermano y del estallido del caso Quintrala, como familia suelen ser prácticos y han intentado continuar con sus vidas de la manera más normal posible. “A mí en particular, me dio valentía para hablar de la homosexualidad de mi hermano y enfrentar el tema con los periodistas, muchos de los cuales nunca lo trataron como Francisco Zamorano sino como el gay. ¿Por qué a los curas, al monseñor Cox no los tratan igual? La sociedad chilena está a años luz de aceptarla; puede que nadie se espante, pero el homosexual siempre será ‘el maricón’”.