Seguramente Carlos Cousiño Valdés es conocido en el mundo público y de los negocios como el heredero que preside la octava generación de una de las empresas familiares más tradicionales de Chile. Tataranieto de Luis Cousiño e Isidora Goyenechea, dos personajes centrales en el desarrollo económico chileno de la segunda mitad del siglo XIX; primero, con el mineral de plata en Chañarcillo, y luego, como precursores de la minería del carbón en Lota y del desarrollo vitivinícola en la hacienda Macul. Una familia que también ha dejado una huella importante en la historia nacional con obras patrimoniales como el actual Parque O’Higgins, el Palacio Cousiño, el Parque de Lota y el Parque Cousiño Macul (propiedad de la familia), entre otras.

Sin embargo, Carlos Cousiño, el sociólogo que se doctoró en Alemania, también es propietario de una merecida fama y prestigio intelectual, ya sea por su amplia cultura como por sus publicaciones y sobre todo por las desafiantes clases que desde hace casi 30 años dicta en Periodismo y Sociología de la UC. Ahí ha sido un ‘profe’ que ha marcado a generaciones con sus teorías sobre la cultura y la identidad de América Latina. Pese a su apellido e imagen tradicional, sus lecturas y planteamientos fueron para muchos estudiantes —me incluyo— un huracán de aire fresco frente al discurso ideológico, religioso o a los lugares comunes que a veces rondaban en las cátedras universitarias.

Lo entrevistamos en su oficina de la Viña Cousiño Macul, donde él y sus antepasados llevan casi 160 años viviendo en torno al cultivo de la vid. Pero el tema que queremos abordar no son los negocios de los cuales él y sus dos hermanos menores se encargan intensamente en Chile y en los distintos países donde sus vinos han abierto mercados.

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Esta entrevista trata sobre la figura de la madre y la mujer chilena. Sobre su identidad más profunda y cómo se debate con la modernización. También sobre aquellas mujeres-madres-empresarias que marcaron la historia de su familia: Isidora Goyenechea y María Lyon, entre otras.

—¿Como pensador, pero también como hijo, padre y abuelo, qué valores encierra la maternidad que parece tan central en nuestra cultura?
—Mi experiencia no es la más habitual en este país y en América Latina. Provengo de una familia de corte europeo, donde la figura paterna es la autoridad, la que provee y educa. Con una figura de padre muy fuerte y donde la madre es la que complementa con cercanía, la que atiende y acompaña en los momentos de angustia, la que dulcifica la dureza de la vida. Siempre he pensado que en ese sentido Freud tiene algo de razón: porque es una madre de la cual uno se puede enamorar. Mientras que el padre es una figura a la cual se admira, se respeta pero al que se le teme un poco… En mi experiencia, la madre es la que entrega compañía y que le da al hogar, precisamente, ese calor de hogar. Pero este modelo no tiene nada que ver con el chileno y latinoamericano. Acá, por lo general, la que predomina en el hogar es la madre, porque el padre no existe. Es un hogar monoparental, casi siempre sin autoridad, con una madre que se entrega con total devoción al hijo y éste a ella. En el hogar latinoamericano la madre es para el hijo un símbolo de pureza y bondad, y tiende a ser recíproco desde la madre hacia ese hijo. Este se desarrolla sin un modelo de autoridad y ahí radica precisamente el origen del machismo: cuando la mujer está sola y no tiene un principio de autoridad a su lado, produce este típico ejemplar latinoamericano que es el macho.

—¿Por qué?
—Porque el macho es aquel que fue criado con el puro cariño de la madre y sin una autoridad paterna severa que lo obligara a reprimirse. Es lo que Freud describe en el complejo de castración: el hijo que desea a la madre pero teme que el padre lo castre; cuando no existe, el ego de ese hijo se infla sin control y aparece el macho que no tolera más que su predominio y que somete a las mujeres a un principio muy distinto al que guía la relación con su madre, la cual representa lo perfecto sin otra mujer que se le acerque en cualidades. Es un hijo que no conoce la autoridad sino más bien la vanidad y voluntad de imponerse. Este contraste entre el modelo europeo y el latinoamericano es central para comprender lo que representa la madre en Chile.

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—¿Esa ausencia de padre, que en Chile se hace evidente con un porcentaje cada vez mayor de hogares monoparentales sostenidos por mujeres, es un rasgo también de toda América Latina?
—Chile no es una excepción. Lo que veo como diferente y particular de nuestro país, es la importancia que tiene la mujer como jefa de hogar. En Chile, la mujer domesticó al hombre. En el resto de América Latina ellas viven preocupadas de sus maridos, de que no se les vayan, de que vuelvan a la casa. En cambio la chilena sabe que su hombre va a volver. Es un macho, pero domesticado.

—¿Puede tener que ver con una nostalgia del hogar materno?
—Claro, hay una continuidad, pero lo notable de Chile, además es que la mujer se convierte en la nueva madre de su hombre. En el resto de América Latina él es el macho, un tipo asociado a una baja autoestima, pero que se impone, mujeriego. En Chile estamos lejos de eso: acá el hombre se mueve básicamente entre el trabajo y el hogar; no en el club, en el bar o en otras formas de sociabilidad. El chileno es malazo para juntarse con los amigos fuera del hogar. Desconfía del extraño. La mujer juega un rol decisivo porque transforma ese hogar en el espacio de confianza donde se puede acoger al extraño, que lo es hasta que es invitado a la casa; cuando come con la familia, es acogido y domesticado, y deja de ser un extraño. Esto es un atributo muy positivo de la mujer y de la madre chilena. Ella se refiere a los amigos que no conoce como ‘amigotes’; en cambio al que ya ha estado en la casa, es ‘el amigo’, con el cual el marido puede salir.

—Usted se ha referido a esa madre chilena como la “gran salvadora de la familia a inicios del siglo XX”, durante la migración del campo a la ciudad. ¿Qué cualidades demostró en ese momento que la encumbró a esa categoría en las páginas de nuestra historia?
—Ella pudo resistir una época muy dolorosa y de gran anomia social, como fue casi toda la primera mitad del siglo XX chileno. Con la crisis de la agricultura y el foco puesto en la industrialización, se fue vaciando el campo y la hacienda, y la población emigró en masa hacia las ciudades en busca de mejores oportunidades de trabajo. Se vivió entonces la pobreza más abyecta que haya conocido América Latina: la de las poblaciones callampas, de familias viviendo hacinadas, sin salubridad, sin empleo, sin esa mínima dignidad que en el campo le aseguraba el patrón. En medio de esta pérdida de horizontes, el hombre se disipó y fue la mujer la que pudo resistir. Ella consiguió mantener el nivel de cuidado, de educación, de sociabilidad y de cariño necesarios para sus hijos. Esas madres fueron en gran medida las salvadoras de ese hogar en riesgo social.

—¿Significa esto que la legitimidad social y pública de la mujer estaba absolutamente ligada a su función de madre?
— Sí, pero no por su rol como reproductora, sino más bien como cuidadora y jefa de hogar. Al interior de esas cuatro paredes manda ella. En muchos casos es la que también administra el dinero del marido y la que, en buena medida, lleva la educación de sus hijos.

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—¿Cómo convive esa mujer tan omnipresente en lo doméstico, con la chilena actual que muestra una de las tasas de natalidad más bajas de América Latina, crecientes aspiraciones profesionales y deseos de igualdad de género?… Tenemos incluso una mujer en la Presidencia de la República. ¿Hay un cambio en la validación social de la mujer en Chile?
—Creo que sí. Estamos frente al tránsito evidente de una sociedad donde la pobreza era el gran tema a resolver, hacia una sociedad de clase media donde el consumo tiene un rol central. La caída de la tasa de fertilidad está asociada al costo que tiene hoy educar a un hijo, que es más o menos equivalente a lo que antes, en el Chile pobre, costaba educar a cuatro. Probablemente la inversión de la familia en la educación de su hijo no ha caído, pero antes alcanzaba para seis hijos y hoy para dos. Además, las sociedades de clase media son más educadas y tienen una más alta participación de la mujer en el mercado laboral. Y esto naturalmente tiende a reducir la cantidad de hijos por mujer. Aun así, no veo que se haya producido un cambio significativo del rol de la mujer en el hogar. La chilena sigue siendo la dueña de casa. La maternidad tampoco ha perdido valor para la mujer; los cambios obedecen a las transformaciones económicas y a los nuevos ciclos vitales, a que la mujer chilena tiende a tener su primer hijo mucho mayor y a que su expectativa de vida es muy superior.

—Chile tiene una de las tasas más bajas de participación laboral femenina a nivel de América Latina, ¿por qué cree que esta mujer tan decisiva en lo doméstico no tiene el mismo peso en lo laboral y en lo público?
—Eso está asociado a una madre muy presente en la educación y en el cuidado de los hijos. Pero también está muy influido por la conducta de los sectores populares, donde el hombre por desconfianza trata de evitar que su mujer salga de la casa.

—Este fenómeno de tantos hogares sin padre en Chile… ¿en la medida que nos desarrollemos, ve más perspectivas de que esta realidad cambie?
—Creo que Chile, como toda América Latina, tiene una cultura blanda, que no tolera bien la autoridad, conducta asociada a esa familia formada por la figura materna y no paterna. Pero también tiene que ver con otros rasgos de nuestra historia, como la completa ausencia de disciplina. Esta ha venido de la guerra —y Latinoamérica no ha tenido guerra desde el siglo XIX—, del trabajo industrial, de la familia y la religión. Sin embargo, la religión protestante es más educadora en disciplina que la católica. El catolicismo perdona todos los pecados; en cambio el protestantismo cree que la naturaleza humana es inherentemente corrupta y hay que controlarla con disciplina.

—Ese es un diagnóstico bien pesimista …
—¡Claro. Bien pesimista! El catolicismo es más optimista. Esa cultura blanda no nos juega a favor y no veo por dónde va a desaparecer.

—¿Para el desarrollo nos habría hecho bien una cuota de protestantismo?
—Nos habría hecho bien un poco de protestantismo, un poco de padre, un poco de guerra y un poco más de industria. Una estructura con más dureza.