Sólo una vez me han dedicado una canción: Y sin embargo de Sabina. Esa que comienza con un no muy romántico “de sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera. Y sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera”. ¿Gracias?

La que no haya tenido un ‘cariño malo’, que lance la primera piedra. El mío no fue el típico galán, mujeriego, que deja a su paso una estela de despechadas, mientras planea su próxima fiesta con conejitas Playboy. Ese es el ‘cariño malo’ versión winner. A mí me tocó el ‘cariño malo’ versión loser. El tipo adorable, que se hace el carente de afecto, confundido, que se siente ignorado por el mundo y acumula varias derrotas.
Y ahí estaba yo, lista para desenvainar mi sable y hacer justicia por él. Lista para gritarle al mundo que él era el mejor tipo que pisaba este planeta, ¡cómo era posible que nadie se diera cuenta! ¡Ciegos!

Durante varios meses fui su consejera, su mamá, su sicóloga y a veces también su Bombo Fica personal, porque el niño necesitaba reír. Cada vez que estaba deprimido estábamos juntos y cuando estaba de buen ánimo se iba con sus amigos.

Así como hay algunas que creen que serán la última mujer, el amor definitivo del mujeriego, yo creí que sería la que lograría hacer de ese hombre el sucesor de Roberto Bolaño, la que puliría el diamante en bruto, al genio entre las sombras. A veces creo que no fue amor, sólo la necesidad de sentirme terriblemente necesaria. Que él me provocó el mismo sentimiento que me producen los perritos guachos que se acercan en la calle moviendo la cola y haciéndose los simpáticos con la ilusión de que te los lleves a la casa. Dan ganas de adoptarlos, bañarlos, alimentarlos y hacerles cariño en el lomo, aunque no puedas.

Pero un día, algo, no sé qué, me hizo evaluar la situación (¿la conciencia?, ¿la dignidad?, ¿mi condición de hija única que me impide soportar por un largo periodo que alguien tenga más atención que yo?). Y decidí que era suficiente, que el traje de Madre Teresa me quedaba grande y además no me gusta. Y justo ahí, él tocó la puerta.

Abrí y me dijo ‘hola’ con una sonrisa. Respondí el saludo con un ‘me aburriste, anda a quejarte con Pilar Sordo que ya no tengo ganas de escuchar tus lamentos, acabo de cerrar el centro de terapia ¡no soy el Hogar de Cristo! Adiós’. Y pegué un portazo. Nunca más lo vi. Pero me enteré que continuó lamentándose con sus amigos, esta vez por mi culpa, por lo mala que fui. Quedé como la loca. No importa, acepto el precio del fin de esta historia. Porque, señoras y señores, ya lo dijo alguien por ahí: “muerto el amor, nace la perra”.