Un día antes del partido histórico en que Chile eliminó a España del Mundial Brasil 2014, conocí a don Enrique y doña Amparo. Ambos rondan los 80 años. Estaban sentados en el andén de la estación del metro Salvador, en dirección a San Pablo. Eran pasadas las siete de la tarde y yo venía caminando desde el Parque Bicentenario de Vitacura. Aunque sabía que intentar subir a un carro a esa hora sería imposible, había dado una mirada en Tobalaba, en Los Leones y en Pedro de Valdivia, por si acaso… El panorama era dantesco en las tres: cientos de personas apretujadas, con esa expresión entre sufriente y resignada de los borregos que ya cumplieron su ciclo, en este caso, la jornada de trabajo, peleando por entrar en un vagón. En la superficie no era diferente. A falta de bicicleta, la opción de caminar no solo resultaba más rápida, también más digna.

Pero claro, uno tampoco está ya para marchas kilométricas así como así, de modo que al llegar a Salvador, cansado, decidí entrar al metro y sentarme en el andén a leer mi novela de Michael Connelly tranquilamente hasta que hubiera una forma menos patética de meterse en un carro. Al cabo de un rato encontré un asiento junto a don Enrique, nos miramos y mientras él movía la cabeza con desaliento sosteniendo una muleta, lo interpreté en voz alta: “Qué horror, ¿no?” -Dígamelo a mí, que llevó acá desde las seis… Y estoy recién operado. Vine a control al hospital Salvador, tratamos de tomar un bus, imposible, y acá estamos hace dos horas. Él y su esposa debían ir hasta Las Rejas, para luego tomar un bus que media hora más tarde los dejaría cerca de su casa. Un taxi les habría costado “solo” 15 mil pesos, un lujo que no podían permitirse porque equivalía a la mitad del costo de los remedios del caballero. –La ministra dijo que le iban a dar los remedios a los adultos mayores, pero en el hospital nos respondieron que debíamos ir a pedirlos al consultorio de nuestra comuna, cómo si fuera tan fácil. Imagínese, a nuestra edad después de una vida de sacarnos la mugre ni a eso tenemos derecho– comentó la señora Amparo, que se veía muy afectada emocionalmente y se disculpó por sus lágrimas –“perdóneme, es que el cuerpo necesita aunque sea un caldito caliente y andamos con el puro desayuno desde las ocho…”.

Mientras asistíamos incrédulos al desfile de carros llenos de gente hasta el tope y yo hablaba como loro –como hago cuando algo me parte el corazón– compartimos nuestra apreciación crítica de la sociedad actual. Ya saben, eso que probablemente algún adulto mayor que usted conoce suele repetir sobre lo mal que está el mundo, que la gente pegada a los celulares, que tantos niños malcriados por padres que les compran todo, incluidos los “valores”, la gente encerrada en sus queridos autos sin importar el enorme costo entrópico de su derecho a comprarlos y usarlos (causa principal de que estos abuelos llevaran dos horas sin poder subir al metro), etc. Todo eso que suena a amargura y resentimiento para quien está inmerso en la carrera de la rata, como lo llama Robert Kiyosaki y mide el valor de su existencia en poder adquisitivo o está demasiado ocupado como para llevar a su padre anciano al doctor.

Mientras tanto, yo me preguntaba ¿qué son 15 lucas para un país en que las Isapres ganaron 34 mil millones de pesos el año pasado? ¿No se le puede dar un bono de transporte a un par de viejos? ¿Qué somos tan pobres que el sistema público no puede entregarles algo para que engañen al estómago si van a estar todo el día esperando que los vea un doctor? Porque, bueno, los medicamentos son el negocio de otros señores…

Pero más que eso, y a riesgo de sonar hipócrita y cursi, pensaba en cuántas veces yo mismo, cuando era más joven y bello, lleno de soberbia, antes de que la vida me fustigara con su látigo por desconsiderado y arrogante, traté con dureza o insolencia a algún adulto mayor, de acuerdo, a alguna señora latera, estridente u odiosa (pero que no por eso merece menos respeto) o postergué a mis propios padres, no tuve tiempo para mi abuela hasta que fue ya muy tarde…

¿A dónde quiero llegar? Justo cuando escribo esto me entero de que los diputados del PC intentan destrabar una iniciativa que promueve “un nuevo trato” para el adulto mayor. Se trata básicamente de un aumento de penas a quienes vulneren los derechos de algún abuelo. Bien, algo es algo, pero en realidad un nuevo trato sería darles un estatus de privilegio en la sociedad, un reconocimiento constitucional de hijo agradecido, por ejemplo. ¿Quién no quisiera paz, dignidad, bienestar y alegría para sus padres en los últimos años de sus vidas? Un trato adecuado, reconocer en ellos al tesoro de experiencia y cariño, dedicación, por último que nos dieran la vida, es algo que deberíamos enseñarnos desde niños, para que sea parte de la cultura, del día a día, de lo que llamamos derechos humanos. Apuesto a que habrían más abuelos y abuelas divertidos, cariñosos y felices, menos viejos amargados, reclamones, hinchapelotas.

Al final, desahogada, doña Amaparo partió a hablar con un guardia de esos que custodian la línea amarilla, para exigirle que detuviera un tren y obligara a los pasajeros a dejarlos subir y darles un asiento. Eran ya cerca de las 20 horas y, cosa curiosa, justo cuando volvía con uno de los vigilantes, llegó un tren con espacio. Subimos y, claro, tuve que pedirle a un par de jóvenes con smartphones que les dieran el asiento. Don Enrique me sonrío con gratitud y comentó: –En fin… uno es invisible, sobre todo cuando mañana hay partido. ¡Ojalá que por lo menos salgamos campeones alguna vez! Y para mis adentros, añadí: “De algo que valga en verdad la pena…”.

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