“¿Quién se atreve a decir que no le gusta el reciente fenómeno de los ‘fiscales estrella’ porque pareciera que odian la libertad, odian el amor y odian el sexo?”. Bueno, Camilo Marks es capaz y luego de reírse consciente de su exageración. Esa es, entre otras, la gracia de este abogado de profesión y crítico literario por vocación, quien en esta entrevista repasa la escena nacional desde su posición de testigo privilegiado del pasado reciente de Chile como colaborador del Comité Pro Paz, exiliado en Londres —donde obtuvo un posgrado en literatura inglesa— abogado de la Vicaría de la Solidaridad y de programas de derechos humanos de los gobiernos de la Concertación. Sin contar sus aportes a las letras nacionales en medios desaparecidos como Apsi y La Epoca.

Hoy, retirado de la escena judicial, está dedicado a sus clases en la Universidad Diego Portales, a la crítica literaria en El Mercurio y la escritura. Su última publicación corresponde a sus memorias Indemne todos estos años, donde mira el revés de la trama de la historia de Chile de la última mitad del siglo XX y de comienzos del XXI.
Las opiniones de Marks son agudas y originales, pero su mayor gracia es que, ciertas o falsas, siempre otorgan una punto de vista distinto de Chile y hasta de nosotros mismos.

Antes de contestar, enciende el primero de varios cigarrillos que comienzan a acumularse en un cenicero sobre una improvisada y enclenque mesa de centro.

—¿De qué se trata el síndrome de ‘puta en Semana Santa’ de que habla en sus memorias?
—Se supone que, en esas fechas, las putas tienen poco trabajo porque la gente está recogida, pagando pecados. Entonces, están medio obligadas a decir que sí a todo. Ahora, te aclaro que no soy prostituta, ni prostituto. Lo que sí tengo es una tendencia perniciosa a decir que sí a todo.

—¿Y el ‘María Callas’?
—Ese síndrome lo inventé yo. ¿Qué pasaba con el fenómeno Callas? Que ella se extenuaba (suspira); en cada presentación terminaba gastada, exprimida, casi sin vida porque daba todo sobre el escenario. En mi caso, ya tarde en la vida, desarrollé una personalidad muy histriónica; me puse extravagante, excéntrico. ¿Por qué? Como crítico literario me transformé en una persona medio conocida y comencé a hacer clases: zapateo, bailo la jota y soy capaz de inyectarme heroína para que mis alumnos no se aburran.

—Hay un complejo que no aparece explícito, pero atraviesa todo su libro: el de Edipo.
—Mira, te voy a contar algo inédito. Cuando murió mi mamá, alguien me dijo una cosa que, de ser otra persona, le hubiese roto una botella en la cabeza: “¡Pero si todos pensaban que tú y la Loreto (su madre española Loreto Alonso) eran pareja!”. Claro, había una diferencia de 19 años entre los dos y ella, a los 40, era estupenda. Ibamos frecuentemente solos al teatro, a la ópera. Nunca me voy a olvidar esa vez que había dos tipos mirando raro y mi mamá me dijo: “esos huevones están mirando porque piensan que eres mi mantenido”. No lo era, por supuesto.

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—También nombra a una ‘doctora Freud’, ¿cómo ha sido esto de ser terapiado?
—De gran ayuda. Me ha disipado prejuicios y me ha ayudado mucho a conocerme a mí mismo.

—¿Hacen falta más terapias en Chile?

—En este país, la inmensa mayoría debería ir a terapia. La gente está mucho más enferma de la cabeza, del espíritu, que de enfermedades orgánicas. A todas las personas, no sólo a las que sienten angustia o depresión, les recomendaría unas sesiones. Debería estar en el Auge.

—¿Estamos neuróticos o sicopateados?

—Chile se transformó en un país muy violento. Además, sigue represivo, homofóbico y racista. Mira, en un matrimonio una invitada dijo por alguien que llegó con dos niños: “¡Son negritos, tuvo hijo con un negro!”. Y lo decía como si ella fuera la Ingrid Bergman cuando era una huilliche-picunche como el 90% de los chilenos. Somos un país de muy poca autoconsciencia.

—¿Por qué esta falta de autoconsciencia?
—En los últimos 50 años vivimos un experimento social que se fue al carajo —la UP que defiendo, aunque reconozco errores—; una dictadura y luego un periodo de crecimiento económico insospechado. ¡Mira todos esos edificios! ¡Mira el falo que está ahí! (dice apuntando la torre Telefónica). Antes se viajaba por Europa, grand tour le llamaban los ingleses, para la educación de los chicos y chicas. Ahora el grand tour es consumir y consumir. Yo diría que el viaje es hoy la forma de consumo conspicuo ostentoso por excelencia. ¿Y qué produce todo esto? Un país muy agresivo.

—¿Viajar provocaría agresividad?

—Es que si vienes de una familia sin plata, entras recién a una clase media aspiracional y no sabes los límites que hay para el consumo. Lo dijo Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa: el consumismo o el consumo conspicuo ostentoso, ¡es una de las formas más agresivas de comportamiento humano que existe! Sobre todo en un lugar donde hay mucha pobreza. Además, es una negación de la realidad y cuando uno niega la realidad se pone agresivo; cuando uno niega la autenticidad se vuelve (suspira y exhala humo)… un resentido.

En una torre nueva frente al parque Bustamante se realiza esta entrevista. Aunque hasta la muerte de su madre, Marks vivió en un departamento —los famosos Turri— frente a Plaza Italia que era un lujo, hoy es feliz en un espacio más reducido, pero con vista despejada a la cordillera. De pocos muebles, muchos objetos de su madre y una particular disposición de los cuadros (que podría ser causa de un nuevo y rarísimo síndrome), los libros se apilan en las piezas interiores aparentemente de forma caprichosa. Ofrece un ‘raspado’ de café y una media luna y pide perdón, riéndose, por la pobreza. Camilo, como cuenta en sus memorias, pertenece a los ‘enclenques confines’ de la antigua clase media, pero a una ilustrada y sin pretensiones, al menos, materiales.

—Anota que, si de algo no se arrepiente, es de su voto por Patricio Aylwin.

—Efectivamente, no me arrepiento. Aylwin fue partidario del golpe, pero luego tuvo la capacidad de cambiar y de reconocer su error. Admiro a una persona que, a su edad, es capaz de evolucionar tanto. Además, es un tipo decente que no robó ni está metido en casos como Penta o Soquimich, ¡un político que no hizo boletas! Imagina lo que es eso. Ahora, también hay cosas muy discutibles, por ejemplo, que todo el tema de derechos humanos se hizo al estilo parche (cierra los ojos y agrega)… Aunque no olvidemos que en la transición tenía a Pinochet encima.

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—Hablando de transición, ¿le sorprende el contubernio políticos-empresarios y…?

—…Y delincuentes como Ponce Lerou (interrumpe). Mira, el Caso Penta no me sorprendió en nada porque siempre supe quienes se robaron todo el país. Lo de Soquimich, eso sí, me terminó por asquear. Me asqueó que personas elegidas con votos de los sectores más desposeídos, que socialistas —o que se dicen socialistas— reciban financiamiento para sus campañas de ese gángster. ¿Es asqueante o no? ¿A ti no te asquea?

—Más bien me deja perpleja…
—Anonadada y catatónica, claro (Interrumpe). Te quería comentar una editorial en El País, de Fernando Savater, que advierte del peligro de culpar de todo a los políticos: nos puede llevar a un populismo serio como ya ha ocurrido en otros países. Sí, es cierto que han financiado sus campañas con platas truchas, ¡pero qué es eso en comparación con las exenciones, prebendas, de las transnacionales! Frente a eso, el peor de los políticos aparece como una guagua de pecho.

—¿Cree posible un Trump chileno?

—No, porque la política en Estados Unidos es absolutamente distinta. Tienen un Tea Party, 300 millones de habitantes, es uno de los países más ricos del mundo y hay desde anarquistas hasta testigos de Jehová metidos en política. Pero, además, desde siempre la política norteamericana ha estado acompañada de mucho, muchísimo dinero.

—¿Hace diferencia entre quienes recibieron platas truchas y quienes no?
—Por supuesto. Quienes no recibieron, no se prestaron. Tenía una muy buena opinión de Jaime Orpis, que es UDI, no sé por qué. De Longueira, en cambio, no me llama la atención nada. A partir del episodio sicótico-místico donde le habla Jaime Guzmán, perdió toda seriedad para mí.

—Y con los políticos de la Nueva Mayoría, ¿se llevó sorpresas?
—Para ser franco, ninguna. Por diversas razones, manejaba antecedentes. No es natural que de una persona con una carrera política y que vivía en un departamento muy lindo en Bilbao, se descubra que tiene una riqueza incalculable.

—Otra cosa que cambió en todo este tiempo es el sistema penal ¿Es mejor que el que conoció cuando ejerció como abogado?

—Cualquier cosa es mejor que lo que había. El que conocí era un sistema inquisitorial donde el juez era juez y parte a la vez, pero…

—Pero ¿qué?
—Me parece pésimo en los resultados. Chile es el país que tiene más gente presa de América Latina, si no del mundo, en relación con el número de habitantes. ¿Por qué? Porque la desproporción entre el Ministerio Público —o sea, la persecución de un delito— y la defensa es a-bis-man-te. De hecho, para escalar como fiscal tienes que meter y meter gente presa. En este sistema penal el estímulo es el odio a la libertad, la adoración de la cárcel, la reverencia a las rejas.

—Su opinión va a contrapelo de quienes alegan una ‘puerta giratoria’ en tribunales.

—¡Pero cómo no van a pensar eso cuando los medios de comunicación muestran puros asaltos al punto de convencerte de que no puedes ir ni a la esquina porque te cogotean! El 90% de los delitos son menores. Los graves están en la escala ínfima. Sin embargo, la cultura oficial nos convence de que vivimos entre delincuentes y asesinos. ¿Cómo no vamos a estar deprimidos, estresados, enrabiados y necesitados de una terapia?

—¿Qué otra consecuencia observa de esta ‘cultura oficial’?

—La aparición de estos fiscales que juran que hablan fantástico y usan una jerigonza jurídico-seudo-literaria que deja encandilados a los televidentes. “¡Pero mira qué bien lo está haciendo!, ¡Qué joven tan fantástico!”, aplaude el público. Esto ocurre sobre todo con quienes persiguen delitos económicos y que la gente adora. O sea, gracias a la corrupción tenemos ‘fiscales estrella’. ¿No es eso una antinomia, una contradicción?

—Parece que no le gustan los fiscales.
—No es que no me gusten. Lo que no me gusta es la creación de estos ‘fiscales estrella’ que parece que odian la libertad, odian el amor y odian el sexo (ríe, consciente de su exageración.)
Camilo se levanta para vaciar el cenicero y, claro, enciende otro cigarrillo. Imposible no terminar hablando de libros.

—En sus memorias dice que, en comparación con la literatura gay de hoy, lo de su novela La dictadura del proletariado es un cuento de hadas.

—Es que prefiero la sexualidad escrita más sugerida que explícita. Y, si es explícita, que sea con elegancia como El amante de Lady Chatterley, de Lawrence. Si es demasiado genital, no me escandalizo, la encuentro latera.

 

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—¿Lo de Pablo Simonetti y, ahora último, lo de Alberto Fuguet, es literatura gay?

—La literatura es literatura. Buena o mala. Ahora, Fuguet ha escrito una sola novela donde la te-má-ti-ca es gay, No ficción, y me encantó. (Cuando se realizó esta entrevista Fuguet aún no publicaba Sudor). La encontré muy valiente y entiendo que Sudor es todavía más jugada. Volviendo a tu pregunta, No ficción, no es precisamente sutil, pero tampoco es pornográfica. Tiene sordidez, pero también el tipo de belleza homoerótica de la poesía de Catulo o de los poetas griegos. Ahora, el caso de Simonetti es distinto. El describe un mundo elegante, refinado, donde hay personajes gay que son muy importantes, pero su temática no es gay. Su temática son las relaciones humanas y, sobre todo, familiares. Simonetti, en mi opinión, ha tenido una evolución extraordinaria. Citaste a Fuguet y a Simonetti… te faltó Lemebel para armar la Santísima Trinidad.

—Le escriben escritores, ¿también de hospitales siquiátricos?

—Efectivamente. Entonces yo voy, veo que no se puede hacer nada y les contesto que su situación será atendida. ¿Qué más puedo hacer? Además, en la mayoría de los casos se trata de gente que no está ahí por error y, la verdad, es mejor estar en un hospital que en la cárcel. Por ejemplo, si ahora mismo que me estás haciendo tantas preguntas me da un ataque de insania y te hago pedazos y luego te cuezo en una olla para, finalmente, presentarme en una comisaría, prefiero que me declaren loco, inimputable y me manden a un asilo mental a que… (Justo pasa una ambulancia y las sirenas no dejan escuchar la respuesta).

—Mejor terminemos la entrevista entonces. En su libro se echa de menos alguna confesión íntima. ¿Son válidas unas memorias sin intimidades?
—Sí, son legítimas. Mi vida no es un libro abierto. Lo abro sólo a las personas que me interesan que entren a ese libro. Indemne todos estos años es una biografía personal donde cuento algunas cosas íntimas, pero no es una biografía íntima. Si así fuera, se parecería más a un diario.

—¿Algún día va a escribir un diario íntimo?

—No, porque mi vida íntima no tiene un interés público. ¿A quién le interesa a qué edad me corrí la primera paja y pensando en quién lo hice? ¿A quién le interesa si tenía una vocación fanática, veía al diablo en todas partes y quise ser cura? Dime, ¿le interesa a alguien?