Las relaciones de pareja son todo un tema. Sí, la palabra todo en su sentido más amplio. Lo cierto es que soy una persona muy transparente y hasta un tanto espontánea con lo que pienso. Mi mamá siempre me dijo que esas eran algunas de las virtudes que me convertían en lo que soy. Claro, ella es mi mamá.Ellas, o casi todas ellas, siempre encuentran virtuosas algunas cosas que otros no.

Cuando las personas que conforman una pareja son diferentes, eso también es algo positivo. Algunos sostienen que las personalidades se complementan y que eso convierte a la pareja en un equilibrio constante. Mi novio y yo somos polos opuestos, pero no sé si existe tal armonía. No sé, la cuestión es que cuesta darse cuenta cuándo se encuentra el equilibrio.

Sólo sé que la semana pasada me odié a mí misma y a mi espontaneidad. La buena noticia, para mí alivio, es que el carácter fuerte, de los dos, lo tengo yo. Así que la pelea no duró más que una mala cara y algunas horas de ignorancia a los emoticones de Whatsapp. No supe cuándo callar y hablé de más. Con toda razón mi novio se molestó, pero fue un enojo pasajero, gracias a que él tiene el mejor carácter del mundo. Pero, estuve tan pero tan en off side con la situación, que mi culpa por haber hablado de más fue mayor a la mala cara.

Con culpa y ganas de sacar de mi cabeza el tema, esa noche cociné cosas ricas y lo esperé con ganas de estar bien. Su sonrisa fue un alivio, no por la pelea, sino porque la sensación de haberme equivocado era aún peor. Saber cuando callar es difícil, creo que el control de la transparencia es un trabajo diario que forma parte del sentido común que construimos sólo viviendo en comunidad.

Ya lo decía Hemingway, “se necesitan dos años para aprender a hablar bien y sesenta para aprender a callar”.

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