A los pocos días de que Ximena llegara a Milán de intercambio, no solo las diferentes facetas históricas de la arquitectura, los conductores enfurecidos y los elogiados outfit del italiano promedio, le hablaron de la cultura en la que estaría a punto de sumergirse: La cocina y el café fueron dos cosas que destacaron ante sus ojos.

Ella estudiaba Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile, pero decidió irse un semestre a la Universidad Bocconi, especializada en negocios. Sin embargo, la gastronomía pareció ser tanto o más importante que la economía. “Todos sabían cocinar, hombres y mujeres por igual y comer no era un trámite, siempre era una experiencia de goce”, explica esta joven chilena.

Su relación con el nuevo idioma se dio precisamente frente a una mesa, cada noche se deleitaba con distintos manjares: frente a sus cubiertos desfilaba la busecca, el vitela tonnato, las messicani. “Arrendé una pieza en un departamento medio hippie, donde vivían más personas de intercambio y un par de italianos. Todas las noches comíamos juntos, ellos nos preparaban algo y luego nos quedábamos hablando por horas junto a una copa de vino o a una exquisita taza de café”, cuenta Ximena. Y fue justamente allí cuando comenzó su relación con el café italiano.

Este grano fue introducido en Venecia a fines del siglo XVI proveniente del mundo árabe. Desde entonces, se han perfeccionado distintas técnicas de preparación y se ha convertido en uno de los grandes deleites para todo aquel que se sienta en una mesa italiana. Esta bebida pasó a ser parte de la mística y romanticismo de este país.

Pero esta chilena reconoce que los italianos son un poco intensos en su actuar. Al principio, nadie se preocupaba de hablarle en inglés, pese a su dificultad de comunicarse, todos allá se esmeraban entre gestos de manos y gritos de hacerle entender a como de lugar, que allá se habla en italiano. Con todo ese bullicio, ella solo buscaba la forma de desconectar, y precisamente un buen lugar para disfrutar el sabor del silencio, era la cafetería de barrio.

Si bien la mayor parte de su tiempo lo pasó en Milán, paseó por Sicilia, Roma, entre otros lugares y siempre se repetía la misma imagen: pequeños decorados a la antigua, y grandes máquinas de café que aportaban un estilo particular. Señores mayores conversando tranquilamente o un grupo de ejecutivos apurados tomándose un tazón de capuccino segundos antes de una reunión.

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“Los baristas siempre estaban “in fretta”, es decir, apurados a mil, haciendo su trabajo perfectamente, sin derramar nada”, explica Xime. Estos locales nunca estaban vacíos y el café estaba siempre listo en segundos. Los más apurados a veces ni si quiera se sentaban y sólo permanecían en la barra durante los segundos que tomaban su café. Pero como Xime estaba haciendo un poco de turismo, estudio y vida nueva, se tomaba su ristretto de manera calmada, contemplando la locura y efusividad de esta gente.

En esos momentos repasaba en su mente las palabras nuevas que iba aprendiendo. Se daba cuenta que, en realidad, estaba aprendiendo italiano más rápidamente por lo negados que eran sus compañeros de departamento para hablarle en inglés. Se detenía a ver la historia viva que era la ciudad de Milán en sí misma. Las horas pasaban y ya no quedaban rastros del café en su taza.

Ximena cuenta que el grano está siempre presente en todas las casas. Cappuccino por la mañana (por lo general en una cafetería), café cargado después de almuerzo, a veces uno a media tarde y uno después de cenar, “muchos jóvenes tomaban café antes de la fiesta, para despertarse y luego salir a bailar”, relata esta ingeniera.

Un rito de la rutina diaria es parar en la cafetería, sin importar la hora, sin importar cuán “in fretta” uno está, siempre un barista amigo estará esperándote.

Italia sigue así, convertida en un país más veloz, intenso y donde el volumen de la voz alcanza altos decibeles.

—”¿Puede que el exceso de cafeína sea una respuesta a estas conductas?”, le pregunté. Ella sólo se rió.

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