Las cacerolas comienzan a sonar. Estoy en un sector del barrio alto de clase media (‘media morir saltando’, como diría mi mamá), donde abundan las rejas, alarmas y guardias privados.

El ruido estridente del metal retumba en mi cabeza justo cuando me disponía a leer un buen libro y desconectarme.

Necesito un Ravotril. ¡Ahora ya!

La verdad es que me dan rabia los cacerolazos.

Aparte de que considero que no vienen al caso, si hay algo que me estresa es el ruido. En especial el ruido cargado de rabia y desconsideración por el prójimo. El ruido del bocinazo del que te echa el auto encima; el cacareo de la pituca que el otro día casi agarra a carterazo al vendedor y al químico farmacéutico porque le rechazaron su receta de ‘ravo’. En fin, la lista es larga.

La contaminación acústica de los sartenes con teflón va increscendo y debo recurrir mi cuarto de pastillita para soportarlo.

Acostumbro a ‘empastillarme’  justo antes de dormir, pero la agitación social me obligó a adelantar mi Nirvana, mi Walhalla, mi Machalí antes de que apareciera el fiscal Gajardo.

Pero justo cuando la droga comenzaba a engañar a mi cerebro, una vecina que apenas conozco toca el timbre y con un dejo de sarcasmo me pregunta si no tengo alguna olla en mal estado como para unirme a la demanda que exige mano dura contra la delincuencia.

Antes de responderle a la vieja intrusa intento ‘ponerme en su lugar’, como se dice.

El ruido de los tarros sube en intensidad y entonces me imagino que un cacerolazo es una especia de ataque de pánico masivo porque en Chile casi toda la población sufre en algún nivel de crisis de ansiedad: tanto los ‘sin teflón’ como los ‘con teflón’; unos por lo que no tienen y otros por lo que temen les puedan quitar.

¿A qué le tienen pánico, por ejemplo, las cacerolais? ¿A que se les aparezcan un día por su casa un flaite con la ‘angustia’? ¿A perder la pega porque, a pesar del botox, igual ya no se ven como de veinte? ¿A que al marido no le funcione el Viagra y la deje por una más joven? ¿A que a su hijo lo sigan adiestrando con Ritalin?

En esas divagaciones me encontraba cuando caí en la cuenta de que detrás de casi todos esos miedos se encuentra un fármaco, una droga, una ‘molécula’, como se estila decir en la industria farmacéutica, que se ofrece como el santo remedio.

Un estruendo me vuelve a la realidad. Fue como si alguien, en lugar de salir a protestar con cucharón y ollas, se entusiasmó con un gong de la China Imperial.

Entonces a mi indignada vecina casi le ofrezco un raspadito de benzodiazepina, pero me arrepiento. Puede que no entienda mi humor y me llegue a mi un cacerolazo.

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