Limpiar el cuerpo es lo primero. “Es imposible meditar si tienes una revolución intestinal porque te acabas de comer un bife”. Así de clara es Gae Arlia, la maestra de Germinando Vida, a la que acuden los porteños en plena carrera por liberarse del estrés. Cada uno dispuesto a pagar los 300 dólares que cuestan los cuatro talleres donde ella enseña a “comer crudo”. La modalidad ya es tendencia en Buenos Aires que, por estos días, se desvive buscando una nueva espiritualidad, parecida al New Age de los ’80, con sus gurúes y el boom oriental.
Pero la Comida viva, Life Food o Raw Food, está documentada ya en el siglo II aC. “Es la forma de comer más natural”, me explica Mauro Massimino, chef de Buenos Aires verde, restorán del chic barrio de Palermo. Se trata de comer verduras, semillas y frutos crudos, siguiendo las indicaciones de unos rollos descubiertos en el Mar Muerto en 1945. En ellos, la comunidad judía de Los Esenios, reveló que comer sin cocción era su secreto de longevidad.

“Se permite deshidratar a no más de 40° que, si te fijás, es la temperatura del Sol”, dice Mauro, jovencísimo, entusiasta, amable, sentado junto a mí en una de las mesas de su local. Al Buenos Aires verde llegas pensando que los sabores serán ásperos, terrosos, y te vas con las papilas gustativas plenas de sensaciones. Una risita nerviosa te acompaña. No lo puedes creer: un plato de Rolls de Masa de semillas deshidratadas y alga nori vale 59 pesos —unos 5.900 pesos chilenos— y viene relleno de vegetales de la estación, queso de cajú, hongos y tomates secos acompañados de semillas activadas, listas para germinar; un licuado de leche de almendras, limón y jengibre, 28 pesos; un corto de hierba de trigo, 18 pesos. Nada mal para la cantidad de energía que se recibe. Yo me hiperventilé y caminé 50 cuadras hasta mi casa.
Cada taller con Mauro cuesta sólo 180 pesos. En un mes son 6 pesos por día, que así como estamos, sólo alcanza para 2 pasajes de subte.  Dan ganas de probar, aun cuando esa decisión supone, en mi caso, encargar un horno deshidratador a Estados Unidos y una licuadora especial para las semillas, por 1.200 dólares.
Cuando tenía veinte años, Gae salió a buscar una luz y la encontró. Fue a Brasil, donde participó de un retiro extremo de 21 días sin comer. Para colmo, la primera semana, no podía beber ni una gota. El proceso se llama Vivir de Luz y “es fuertísimo”, me cuenta la ahora reeducadora nutricional. Era Vegana —nada de carne, lácteos ni huevos—, pero deseaba llevar su “limpieza” un paso más allá. Luego, la consigna era vivir sólo de frutas por seis meses. Llegó a Río de Janeiro y sintió el desequilibrio. “Es difícil relacionarte con el mundo real en un estado tal de sutilidad que cualquier cosa te puede afectar”, cuenta.

Empezó a comer crudo y creó Germinando Vida. Propone armonizar el cuerpo y el medio ambiente con sus “Retiros de desintoxicación, salud y longevidad”, fuera de la capital federal. “Buscamos volver a conectar con esa sensación de comunidad, de tribu. Relacionarnos como seres humanos conscientes”, afirma con convicción Gae, mientras su hijito de cuatro años la interrumpe. Ella se da tiempo, lo atiende y sigue explicando que son tres a siete días de ayuno, nutriéndose de los elementos de la naturaleza. Se realizan purgas de los órganos principales y un intenso trabajo emocional. Dependiendo del alojamiento, son unos 1.400 pesos (300 dólares) por persona. Este fin de año viajará con veinte discípulos a Cuzco, Perú, para esperar el 21 de diciembre, fecha que simboliza un cambio energético: 600 dólares, todo incluido.
La alimentación cruda conserva enzimas y nutrientes de los alimentos, mejora la digestión y beneficia la salud. Diego Castro, cocinero raw, lo comprobó. “Hace 10 años que no tomo una aspirina. La primera vez que probé leche de almendras sentí una vibración en el cuerpo”. Fue en el restorán neoyorquino Jubb’s Longevity. Trabajó gratis allí unos meses. Aprendió y volvió a la Argentina en plena crisis, abriendo el primer restorán de este tipo del que se tuviera noticia: el desaparecido Verde Llama.
Diego también enseña. Sus talleres cuestan cerca de 300 pesos —30.000 chilenos—. Hace giras por Europa, pasó por Santiago y continúa su búsqueda personal de bienestar, que ahora están orientadas a las diferentes técnicas de meditación. Lo último: Chi Kung, milenaria disciplina de Oriente que trabaja con la respiración y el cuerpo quieto. Mejora la salud y permite alcanzar la iluminación. Diego cuenta que “prácticamente no te movés y terminás completamente transpirado, sosteniendo posturas. Te activa todo el metabolismo”.

Lo único que te indican en la Escuela de Taichi es que debes ir sin zapatos y te advierten que los sábados por la mañana el ejercicio es al aire libre en el parque de Barrancas de Belgrano.  La idea es trabajar con la energía, llamada Chi por los chinos, para eliminar el agotamiento, la tensión nerviosa y aprender a regular la mente, responsable de nuestros mayores males físicos.
El que quiere, puede practicar hasta seis veces por semana por 600 pesos al mes. Las clases son en pleno Barrio Chino, con el maestro Liu Ming “que es vigésima octava generación de médicos chinos. El es chino”, me aclara Diego. “Si cada uno nos preocupamos de nosotros mismos, vamos a estar bien todos. A mí me encanta El Arte de Vivir, por ejemplo. Cociné para Ravi Shankar en 2007, pero yo no hice el curso. Todos me decían Diego, ¿por qué no? Uno elige lo que le hace bien”.

A MEDIADOS DE ESTE AÑO, MUCHOS CONOCÍAN LA FUNDACIÓN ART OF LIVING (AOL), presente en varios países del mundo y liderada por el gurú Sri Sri Ravi Shankar, un hindú de 56 años que se dedica a promover la paz enseñándole a la gente a respirar. En septiembre, todo Buenos Aires se enteró de su existencia. Su cara tapizaba los muros de la ciudad y su nombre, junto al de otros invitados, no pasó inadvertido. Entre ellos también estaba Dadi Janki… Obvio, la mayoría se acordó del reggaetonero puertorriqueño. Pero esta anciana de 90 años, líder espiritual de la India, no tenía nada que ver con él. Ravi Shankar y Dadi Janki encabezarían una meditación masiva en los bosques de Palermo. En algunos medios los defendieron, en otros los defenestraron.
Hasta los fiscalizadores de impuestos observaron la visita, y pidieron investigar el origen de los fondos de AOL.
Nada de eso les importó a las 150 mil personas que llegaron al parque ese domingo 9 de septiembre para emocionarse y dejarse seducir por El Arte de Vivir. ¿Por qué no? El amigo de un amigo aprendió la técnica Sudarshan Kriya para respirar, ¡y hoy se siente bárbaro!  Anda más sonriente, amable, y sorprendentemente, ahora dice tener tiempo.

El curso inicial cuesta unos 100 dólares. Son 16 horas en una experiencia de la que los instructores piden no se hable, para dejar a los nuevos pupilos hacer su propio descubrimiento. Lo que sí comentan es que el curso entrega “conocimientos prácticos para hacer frente a los desafíos diarios de la vida”. Entre sus beneficios: “eficiencia, productividad y efectos de  rejuvenecimiento”. Los estudiantes siguen yendo gratis a meditar una vez por semana, para luego avanzar con los otros cursos (casi una veintena), hasta llegar a Instructor. Hay talleres para niños, adolescentes y jóvenes, de huerta y cocina. ¿Por qué? Si cuerpo y alma es una dualidad, lo que comemos afecta el equilibrio espiritual: es la alimentación responsable, asignatura obligatoria de las últimas tendencias.
A las acusaciones de lucro, la Fundación responde con acciones: van a las cárceles y villas a impartir su conocimiento. Y si de efectos se trata, estemos atentos a la próxima Yoga Rave: imaginemos a miles de jóvenes divirtiéndose en una fiesta electrónica sin una gota de alcohol, drogas ni cigarrillo. La entrada a esta fiesta, made in Argentina, está en unos 50 pesos —5.000 chilenos—, y se replica en todo el mundo gracias a AOL. Dos amigos, los So What Proyect, decidieron mezclar la electrónica con mantras, para divertirse respondiendo a los estímulos de la meditación y la música. En la barra, bebidas de pasto de trigo. A la salida, todos sanos y buenos. ¿Se imaginan?

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