Un 14 de febrero de 1914, cinco meses antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, nació Bernard Fodor. Su infancia, como la de muchos de sus amigos, estuvo marcada por el miedo y la valentía, la incertidumbre y al mismo tiempo la esperanza por tiempos mejores. Perteneciente a una familia judía de la histórica ciudad de Mukachevo, en la actual Ucrania, vio cómo el antiguo régimen del Imperio Austro Húngaro se desmoronaba de un día para otro.

Ahora con cien años y una familia que echó raíces en Chile, mira hacia atrás y recuerda cómo su clan fue desapareciendo entre batallas y exterminios cerca de la frontera de los Cárpatos, en una ciudad de 32 mil habitantes, de los cuales unos 18 mil eran judíos. Cuarto entre nueve hermanos, ingresó a derecho en la Universidad de Praga, pero tuvo que interrumpir sus estudios más de una vez para ir a la guerra.

“Mi padre, Victor Fodor, era comerciante en una tienda de ropa para caballeros en pleno centro de la ciudad. Mi madre, Rosalia Marvan, una persona llena de bondad. Era siempre la primera en levantarse y la última en acostarse. Ambos fueron asesinados en el campo de concentración de Auschwitz, años después, en la Segunda Guerra Mundial”. Sus hermanas sobrevivieron porque fueron calificadas como ‘mujeres aptas’ para el trabajo según los generales nazis. Entre tíos, cuñados y hermanos, Fodor perdió a catorce familiares.

En 1938, mientras terminaba sus exámenes en la universidad, fue testigo de cómo las tropas húngaras entraban en Mukachevo luego de la conferencia de Munich. “Con horror veía en las calles a los jóvenes nazis húngaros con sus uniformes y boinas del partido. Muchos de ellos eran mis mejores amigos de la época del colegio”. En diciembre de 1938, antes de las fiestas, advirtió que su vida corría peligro nuevamente y cruzó ilegalmente la frontera hacia Eslovaquia, desde donde después tomó un tren a Praga.

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En esa ciudad también se sentía fuerte la amenaza y fue reclutado en el ejército de liberación checoslovaco. En Siberia fueron los días más duros. Mientras esperaba una ofensiva llegó a pesar cuarenta kilos y perdió dos dedos por el frío que congeló sus pies. Cuando volvió a Praga, se encontró con Klári, una joven que conocía desde su juventud en Mukachevo y que también había perdido a su familia en Auschwitz. Se enamoraron. Ella recuerda: “Yo tenía veinte años y fue un matrimonio tan sencillo que me casé con un zapato de un color y el segundo de otro. Llevaba un viejo abrigo militar y eso era todo”. A los dos años y ante la inminente invasión rusa y la llamada Cortina de Hierro, se convencieron de que era el momento de escapar. Ojalá para siempre.

Mientras todo el mundo arrancaba hacia Estados Unidos o Argentina, Fodor y su mujer decidieron que partirían a Chile. Un país del que poco sabían, pero que tenía una gran ventaja sobre otros destinos. “Era la visa más barata. La única que podíamos pagar, aunque dejé tramitando la de Estados Unidos”, cuenta Fodor.

Cuando llegaron a Chile, el 21 de mayo de 1948, se sintieron bienvenidos y no quisieron moverse más. Había sido un viaje duro a bordo del Jamaica hasta Buenos Aires. En alta mar, mientras probaban alcachofas por primera vez, presentían que esta nueva vida estaría exenta de calamidades.

En Santiago, se dedicaron al trabajo. Juntos cosían delantales, aprendieron castellano y luego abrieron Checostyle, una fábrica de confecciones que, con los años, se llamó London Sport. Fueron padres de dos niñas, Eva y Patricia, las hijas que ahora le han dado seis nietos y trece bisnietos. Todavía recuerdan con emoción cómo en menos de diez años, el Estado chileno les concedió la nacionalidad. Era lo que necesitaban para sentir que por fin había otra oportunidad para ellos.