Hubo un tiempo en que los horóscopos fueron para mí una suerte de conciencia, una iluminación diaria—o semanal— que saltaba de las páginas impresas para alumbrar la niebla de la vida. Los leía con entusiasmo adolescente esperando encontrar ahí la aventura que me llevaría a recorrer el norte de Africa —como Livingstone—, la noticia de una herencia millonaria testada por algún antepasado italiano, la irrupción de la mujer de mi vida, que demoraba en aparecer. 

Si el horóscopo de turno presagiaba que mi número de la semana era el ‘5’, la vida se articulaba a su alrededor: hacía citas a las cinco, sabía que algo bueno vendría si la profesora me entregaba un cinco —y no un siete— en matemáticas, buscaba el número en boletos y direcciones como quien persigue un talismán.

La vida al amparo del horóscopo tenía mucho de magia, sobre todo cuando la ‘visita inesperada’ que anunciaba aparecía por la puerta en la forma de una prima lejana que llegaba del sur o si el ‘viaje imprevisto’ coincidía con la escapada a la parcela familiar en Puente Colmo. 

¡Cómo quería esas líneas que adelantaban el destino!

El tiempo solo trajo decepción e incredulidad, y con ello la consecuente distancia. Conocí a un astrólogo que escribía su entrega semanal preguntando a sus cercanos cómo se les venía la semana. Si el nacido bajo el signo de Libra había iniciado una gripe, escribía para todos los Libra: “Cuide su salud”. Si iba a ser promovido en su empresa, escribía: “Felicitaciones, viene un ascenso”.

No volví a creer ni en horóscopos ni en predicciones. Eso, hasta que hace unos días leí a Julio Cortázar, el escritor argentino.

En un texto suyo explicaba el carácter fantástico de sus cuentos. Lo hacía por la vía de las coincidencias, esas situaciones “en donde la inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a las que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción”.

Entonces entendí que —más allá del método de ese astrólogo de cuarta— el horóscopo funciona en esa misma dimensión. Sus designios, en la medida que se cumplen, no son más que excepciones a la regla, en donde las leyes, la razón o la lógica no sirven para explicar lo inexplicable. Es perfectamente posible que aquello que el horóscopo augura ocurra en la realidad, por la vía de una excepción. El sabor de la vida, sobra decirlo, está en eso: en las benditas excepciones. 

Esta mañana he vuelto a leer el horóscopo con el mismo entusiasmo adolescente de antes. Y me he sentado a esperar a que esa ‘vieja amistad’ que anuncia irrumpa por la puerta o que esos ‘aires de cambio’ que presagia soplen de una buena vez. Lo he hecho con el corazón agitado, casi estremecido; insoportablemente vivo.