Indignante. Injusto. Terrible. Doloroso. Se podría seguir con el listado por un buen par de párrafos largos para referirse al caso de esta niña de 11 años de la que todo el país –y en otras partes del mundo, gracias al auspicio de nuestras autoridades– lleva días hablando.

El caso en sí es terrible, es cierto. Por si algún despistado no sabe de qué se trata: una niña de 11 años, abusada y violada reiteradamente por la pareja de su madre, queda embarazada. Y, ya lo sabemos, en Chile el aborto es ilegal, sin peros. Pero lo que lo hace aún peor es todo lo que lo ha rodeado.

Una madre que defiende no a su hija, sino a su pareja, diciendo que la niña (recordemos, 11 años) sabía lo que hacía, que la relación era consentida. Que, se deduce sin mucha dificultad, también estaba enterada de lo que pasaba y no hizo nada por detenerlo.

Autoridades como el diputado (nominado a dedo por la UDI en reemplazo de Alejandro García Huidobro, que a la vez reemplazó a dedo a Andrés Chadwick cuando asumió como ministro, dejando el cargo para el que había sido elegido. Ahh, la democracia) Issa Kort, declarando en una entrevista estar contra el aborto, a favor de la vida y que la niña estaba preparada para ser madre desde el momento de su primera menstruación.

Autoridades como –obvio, no iba a perder oportunidad de abrir la boca– el presidente Piñera, que calificó a Belén como “muy madura y profunda”, porque había decidido tener a su guagua. Una niña de 11 años, ¡11 años! “decidiendo” ser mamá. Sus declaraciones fueron replicadas en varios medios del extranjero, por supuesto.

Sumémosle a esto el nivel de exposición mediática que ha tenido el caso –y la misma Belén–, y el hecho de que el caso ha sido tomado como bandera de lucha por grupos pro aborto, y el resultado es realmente preocupante. Porque claro, la niña va a tener a su guagua. Las organizaciones “pro vida” felices con esto, pero ¿van a estar tan preocupados del caso una vez que la guagua nazca? Más allá de la pauta con tal o cual ministro o autoridad entregándole un paquete de pañales, algo de ropa y algunos juguetes –para la guagua, aunque la madre también esté en edad de usarlos–, estoy seguro de que de Belén, de su guagua y de lo que a ellos les pase pocos se van a preocupar.

Lo único positivo que va quedando de este caso –si algo puede calificarse de positivo en él, cosa que resulta difícil de digerir– es que el tema se discuta. Porque no son “casos aislados”, como tanto le gusta decir a alguna gente. En estos mismos días, mientras se discute el tema, han aparecido al menos dos más. ¿Vamos a hacernos cargo, como país, de este tema? Ojalá así sea.

Y espero que esta vez, y si se logra regular el aborto para casos como este, lo que parece bastante necesario, no se hable de la “ley Belén”, como tanto se usa por estos lados (es cosa de recordar la “ley Zamudio” o la “ley Emilia”, entre las más recientes). Porque eso sí que sería terminar de castigar a esa pobre niña, que ya ha sufrido lo suficiente, y a la que, querámoslo o no, le quedan muchos años difíciles por delante.

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