La Presidenta y sus ministros, desde hace unos meses a esta parte, han desplegado una arremetida fuerte en el extranjero para calmar los temores de los gobiernos y de los inversionistas, que entienden poco el nuevo camino chileno. Primero fue Naciones Unidas, luego Canadá y después Inglaterra. A fines de octubre, la propia jefa de Estado encabezó una comitiva potente del Ejecutivo a Alemania y España para sostener reuniones de primer nivel. Estuvo con Angela Merkel en Berlín y con los reyes de España y Mariano Rajoy en Madrid. Porque si existe una interrogante en Europa es ¿hacia dónde se dirige Chile?, ¿va directo a Venezuela?, ¿o nuevamente sorprende con la originalidad de una tercera alternativa, como su modelo de transición a la democracia? Bachelet entiende la importancia de lo que se piense de uno en el mapa internacional —para la política, para la economía y para todo lo demás— y se ha abocado justamente a eso: a explicar Chile.

Pero no es fácil explicar Chile en el extranjero y de eso están al tanto los asesores de la Presidenta, que desde comienzos de año han seguido con atención y preocupación las publicaciones internacionales sobre el camino de las reformas, especialmente críticas desde el mundo anglosajón. ¿Cómo hacer entender que Bachelet llegó a hacer reformas profundas y a iniciar un nuevo ciclo político, pero que mantendrá lo mejor del modelo de mercado que impera en Chile desde el gobierno de Pinochet en adelante?, ¿de qué forma explicar que la situación económica chilena se debe a la desaceleración mundial, como todo el planeta sabe, pero que también existe cierta responsabilidad del gobierno por la incertidumbre que generó en los primeros meses de la tramitación de los cambios tributarios?, ¿cómo convencer que el camino de Bachelet es reformista y no revolucionario si algunos dirigentes de la Nueva Mayoría hablan y actúan desde la lógica de la retroexcavadora? No es fácil explicar Chile y la Presidenta lo debe haber comprobado en terreno en su gira de una semana al otro lado del Atlántico.

La jefa de Estado ha intentado poner paños fríos y señalar que las reformas vienen a saldar una deuda pendiente que tiene Chile en materia de desigualdad, indispensable para alcanzar un desarrollo sostenible en el tiempo. “No somos ni un país ni un gobierno populista”, señaló Bachelet al diario El País justo cuando el 29 de octubre iniciaba su visita a España, que encabeza la lista de inversiones extranjeras en Chile con un 12.9 por ciento del total de la torta. Antes había tenido que escuchar de la mujer más poderosa del mundo —Merkel— su preocupación por el efecto de la reforma educativa en los establecimientos alemanes que existen en nuestro territorio. En el viaje de Bachelet evidentemente hubo sonrisas y adulaciones de lado y lado, fotografías protocolares y comidas como símbolo de la estrecha amistad, como siempre. Pero finalmente, el sabor de boca no debe de haber sido del todo dulce. No es difícil imaginar a la Presidenta un poco harta de dar tantas explicaciones.