Las largas esperas en la pequeña oficina de Lan en Hanga Roa crearon entre las víctimas del paro de la DGAC un clima de confraternidad que permitió sortear con humor la incertidumbre y desinformación reinante. Ahí, durante una mañana que invitaba a tomar sol en la paradisíaca playa de Anakena y no para esperar en una fila, vi por primera vez a Sita y Miguel de Castro, una encantadora pareja madrileña que trabaja en el Ministerio de Justicia de España y que al igual que yo, acarició por años el sueño de conocer el museo al aire libre más grande del mundo. Como la mayoría de los visistantes, el encanto de isla los tenía subyugados así que nuestras primeras conversaciones giraron en torno a la espectacularidad de los paisajes, el misterio de los moais y la magia que brota a raudales en cada rincón del territorio más apartado del mundo. Eso fue al principio, porque con el paso de las horas el sueño de volver al continente y retomar la vida normal se fue haciendo cada vez más lejano, al punto que más de una vez llegamos a fantasear con la idea de pasar de Navidad en Rapa Nui.

“De aquí yo no me muevo”, dijo Miguel, en un momento al borde de la desesperación y automáticamente quienes lo acompañaban en la interminable fila de afectados, se sumó. Convertido en una suerte de líder de las víctimas, se amotinó en el reducto de la única aerolínea que vuela a la isla, hasta que terminó siendo desalojado por los efectivos de carabineros. De a poco, el sueño se convertía en una pesadilla de la que la realidad no nos dejaba despertar. Horas más tarde fue el primero en llegar a la oficina de la gobernadora Melania Hotu en busca de respuestas. Lo seguían franceses, españoles, suecos, ingleses y una familia mexicana que por culpa del paro perdió un crucero de lujo que partía desde Valparaíso. A su lado, Sita, experta en conflictos sindicales, parecía una versión moderna de Juana de Arco. “Menudo follón en el que nos han metido”, repetía, en broma, de tanto en tanto.

En forma paralela, en los supermercados se instalaba el fantasma del desabastecimiento, el Gobierno buscaba ayuda en la Cámara de Turismo local, el jefe del gabinete provincial Matías del Solar corría de un lado para otro y el alcalde Petero Edmunds hacía lo posible por ayudar a los turistas. De sol a sombra, el edil, reelecto en cinco oportunidades, hablaba con cada uno de los afectados para saber cómo estaban, al punto de suspender eventos familiares e invitar a almorzar a una angustiada pareja de recién casados, un italiano y una hondureña, que perdió sus conexiones a la Patagonia argentina. “A su primer hijo le tienen que poner Petero”, les dijo provocando que por primera vez en varios días, la sonrisa regresara al rostro del matrimonio. Más serio, el hombre que a los 9 años ya proyectaba una carrera política, aseguró: “nuestro país no está preparado para una emergencia de esta envergadura, ni siquiera la FACH. Somos el lugar más aparatado del mundo, ¡no nos sirven soluciones a medias! Las pérdidas en el turismo son millonarias, algunos países hablan de alertas que pueden ahuyentar a potenciales turistas”.

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En la aventura de regresar a casa, el pueblo de Rapa Nui dio muestras de solidaridad a cada momento, ofreciendo alojamiento y comida a muchos de los que se quedaron sin dinero para continuar el tramo no planificado del viaje. “Nosotros estamos en calidad de rehenes”, “Cómo puede ser que nos hayan vendido los tickets a sabiendas del paro, “Hasta cuando nos tienen sin respuesta”, “Nos tratan como números, no como personas”. Los reclamos se repetían en distintos idiomas y ánimos, pero todos coincidían en destacar el compromiso de las autoridades locales en desmedro de la respuesta oficial de la compañía y La Moneda. El sábado 19, cuando la desesperación ya estaba instalada, la noticia del puente aéreo de la FACH trajo consigo una cuota de alivio y la interrogante de quiénes serían los primeros beneficiados en poder subirse al avión que terminó siendo el mismo que usa la Presidenta Michelle Bachelet en los vuelos más largos.

El domingo a las seis de mañana la gobernadora y alcalde ya estaban en pequeña base militar de la FACH, detrás del aeropuerto Mataveri. También estaba el director local de DGAC Patricio Arévalo, quien fue amenazado por los funcionarios de la repartición y terminó con protección policial. Cuando aterrizó el vuelo de la Fuerza Aérea donde venían los estudiantes de la isla, los aplausos brotaron espontáneamente. Mientras los recién llegados eran recibidos con flores, un artesano colgaba collares de conchas entre quienes esperaban abordar rumbo a Santiago. En ese momento, los malos ratos de las últimas horas se disiparon mientras el sol luchaba contra las nubes que anunciaban tormenta.

Junto a Miguel y Sita subimos la escalera del avión, apreciando por última vez la belleza de un paisaje único. Para mí, la aventura estaba por terminar. Para ellos, recién comenzaba. En la capital de España, sus hijos de 6, 17 y 22 años soñaban con verlos para Nochebuena.