Cada temporada, a mediados de junio  el hipódromo de Ascot (muy cerca del palacio de Windsor) celebra el Royal Ascot, la mejor carrera de purasangres del mundo presidida por Isabel II. Pero allí lo que menos importa son los caballos (excepto para la soberana, que hace correr algunos de los suyos) porque ésta es la fiesta por excelencia de la aristocracia inglesa.

Una institución nacional con 301 años de trayectoria, creada por una antepasada de la reina, que llegaba en carroza y reunía a todo el rancio abolengo británico. Según el príncipe Carlos, “un encuentro para oler las rosas, escuchar los cascos de los caballos y saborear las fresas con nata a la hora del té”.
Durante cinco días —entre el 19 y 23— unos 300 mil visitantes, consumieron 60 mil botellas de champán y dos mil kilos de langosta. Allí estuvo todo aquel que es alguien (aristocráticamente hablando) o aspira a serlo. Desde el octavo duque de algún condado inglés hasta Corinna, la amante del rey Juan Carlos. Lo más destacado es el desfile de sombreros, auténtico motivo por el que es célebre en todo el mundo.
Pero en los últimos años todo cambió. Por motivos económicos debió popularizarse y con ello la etiqueta se relajó. Aparecieron minifaldas muy cortas, escotes demasiado pronunciados y alguna que otra invitada sin ropa interior. Muy lejos del heritage inglés. Lo mismo ocurrió con los sombreros, obligatorios tanto en hombres como en mujeres. En los últimos tiempos, muchas han optado por un tocado, ahora tan de moda gracias a Kate Middleton. Aunque, claro, una cosa es llevar un pequeño detalle con plumas como hace ella, y otra es colocar un pelícano, como hicieron algunas el año pasado. Y ya, el colmo del colmo: un hombre con un pato en la cabeza.

“Cada vez recibimos más cartas de gente diciendo: ‘El Royal Ascot es especial, por favor vigilen el dress code. Nuestros clientes quieren que sea un acontecimiento formal y no uno donde te vistas como si fueras a un club”, ha explicado Nick Smith, portavoz de la organización.
Por ello, este año la junta directiva endureció la etiqueta en el Royal Enclosure, el recinto de la tribuna destinado a la reina y sus invitados. En la edición celebrada la penúltima semana de junio las reglas fueron las siguientes: el sombrero debía tener, como mínimo, una base de diez centímetros de diámetro. Los hombres sólo podían llevar uno de copa negro o gris. Las polleras no subieron más arriba de la rodilla. Los tirantes de los tops midieron 2.5 cm. Los más finos, ni con un fular o una chaqueta encima. Los trajes de pantalón femeninos estaban permitidos —antiguamente no— pero las dos piezas debían ser del mismo color y material. A ello hay que sumar las prohibiciones de los últimos años: No a los hombros descubiertos, a los cuellos halter, los vestidos ajustados y a mostrar el ombligo. En cuanto a la ropa interior, definitivamente sí, pero sin mostrarla. Sólo los británicos pueden poner una nota de humor en un dress code…

“No es una cuestión de elitismo en un mundo donde cada vez se exigen menos etiquetas. Queremos ver vestidos modernos y estilosos, pero sin salirse de los parámetros de la ropa formal”, ha justificado Charles Barnett, presidente de la junta.
En la Tribuna de Admisión se permiten los tocados, los vestidos cortos y los tirantes finos. Y en la Silver Ring, una zona separada y más informal, ni siquiera es preciso llevar traje. Ahora bien, que nadie se quite la camiseta si hace calor y nada de disfraces.
El problema empezó cuando Ascot —en manos de una sociedad anónima de responsabilidad limitada cuyos accionistas son cercanos a la reina— abrió las puertas del Recinto Real en 2007. Lo hicieron para amortizar la reforma del hipódromo en 2006 (que costó 390 millones de dólares), una obra muy criticada, ya que no sólo empeoró las vistas del Royal Enclosure sino que además dejaba los restoranes en un lugar donde sólo se podía acceder atravesando el área real. De modo que, para llenar los comedores, y de paso recuperar los costos, no había más remedio que abrir el recinto real.
Hasta ese momento, sólo se podía acceder a este lugar con la autorización de la soberana. Cuenta la leyenda que las solicitudes se dividían en tres grupos: ‘Por supuesto’; ‘Quizás’ y ‘De ninguna manera’. De hecho, hasta 1955 las puertas estaban cerradas para los divorciados (menos mal que se cambió porque si no, la mitad de la Familia Real tendría que quedarse en casa).
Pero ahora, a partir de 530 libras (832 dólares), se podía observar la carrera cerca de los Windsor y probar la codiciada langosta. La Tribuna de Admisión General también se democratizó vendiéndose los tickets en el supermercado por 71 libras (111 dólares).
La apertura atrajo juventud, y la juventud lo convirtió en un festival con gente durmiendo la borrachera en el césped y algunos peleándose a botellazos. “Ha pasado de ser el deporte de los reyes al deporte de los chavs (los nuevos ricos ingleses)”, dijo un asistente al Evening Standard en 2007.

¿Solución? Volver a cerrar el Recinto Real. Sólo aquellos con invitación (y para ello algún miembro con cuatro años de antigüedad debe apadrinar) han podido ingresar este año. No se puede masticar chicle, hacer fotos ni entrar alcohol. La bebida propia está permitida en las zonas habilitadas para picnic pero “sólo una botella de vino o champán, o cuatro botellas de cerveza, sidra u otro aperitivo por persona”.
Las nuevas medidas han gustado a los habituales. “Hace unos años todo eran vestidos cortos, bronceados falsos y extensiones. Ahora es más elegante”, explicó una joven a la BBC.

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