El periodista Ascanio Cavallo no se considera “un especialista en Iglesia, sino un redactor político que ha podido observar algunos de sus momentos críticos”. Es socio director de Tironi y Asociados, decano de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez hasta el primer semestre del 2015, panelista del programa Terapia chilensis de radio Duna, y crítico de cine en la revista Sábado de El Mercurio. Pero aunque Cavallo es un hombre ocupado, cada vez que escribe sobre poder para La Tercera, primero vuelve a sus orígenes como reportero formado en la Universidad de Chile y se dedica a investigar. Hace unas semanas, el director ejecutivo de Canal 13, Cristián Bofill, recomendaba uno de sus textos a través de Twitter con la siguiente frase: “Siempre vale la pena leerlo, porque no opina sin tener buena información”. 

Como editor político de la revista Hoy —cargo que asumió a los 27 años, en 1984, en plena dictadura— tenía un espacio donde abordaba el principal tema de la semana, al estilo de la revista Time: con interpretación y muchos datos. Llegó a ese puesto luego de que el director de la revista, Emilio Filippi, lo ascendiera y le encomendara una misión compleja: “Usted tiene que entrar al gobierno militar y a las Fuerzas Armadas. Si no sabemos de ellos, no sabemos nada”. “¿Y cómo se hace eso?”, preguntó, intimidado. “Ah, ese es problema suyo. Usted está aquí porque es periodista, ¿no?”, le contestó Filipi, según el obituario que Cavallo escribió en agosto pasado a propósito de la muerte de su ex director. Fue el inicio de su fama como periodista político, que logró con éxito traspasar los muros herméticos de La Moneda de Pinochet. Luego vino el diario La Epoca y las investigaciones, como La historia oculta del régimen militar y La historia oculta de la transición, que escribió junto a Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda. También Memorias del cardenal Raúl Silva Henríquez, que le permitieron tener acceso a su archivo privado —un anzuelo para un periodista, dice— y a estudiar algo que quizá nunca habría intentado comprender por su cuenta: la Iglesia. “No sé si lo volvería a repetir, porque duró tres años, pero ese trabajo me posibilitó entender y acceder a conocimientos que a otros les costarían 20”, reflexiona mientras conversamos en un restorán de Isidora Goyenechea.

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Una semana antes de este encuentro, Cavallo había escrito un texto titulado La Iglesia bajo el arenal, donde entrega una cantidad importante de datos acerca del momento complejo que vive la institución en Chile, sobre todo desde que se conoció que el sacerdote diocesano Mariano Puga y dos jesuitas, José Aldunate y Felipe Berríos, están siendo examinados por la vaticana Congregación para la Doctrina de la Fe. “Es difícil interpretar las cosas que hace la Iglesia, porque siempre están recubiertas de una benevolencia y de una santidad, para lado y lado”, señala este cronista que no se considera católico. “Soy más bien agnóstico. Por eso tengo cierta libertad para escribir no desde la fe, que sería muy complicado”.

—¿Qué momento vive la Iglesia chilena? ¿Qué quiso decir con eso de que está bajo un arenal?

—Transmitir la idea de estas tormentas de viento que no permiten ver con claridad lo que hay adelante, lo que hay detrás, lo que está alrededor. En los dos últimos años, la Iglesia chilena ha tenido toda clase de incidentes serios, duros –incluyendo el cambio del arzobispo—, sin que nadie entienda muy bien lo que ocurra. 

—Algo de eso sucede también en la Iglesia universal.

—El Vaticano, efectivamente, está en una transición y no se sabe hacia dónde. Pero claramente hay un movimiento inverso al que encabezó Juan Pablo II, movimiento que ahora lleva Francisco I, pero que ya lo empezó Benedicto XVI, a quien no se le ha reconocido lo suficiente la inteligencia profunda como para haber cambiado él mismo de opinión. Fue el obispo para la Congregación de la Doctrina de la Fe —implacable, para lado y lado— y después se convirtió en promotor de los cambios, algo raro. Impulsó la reforma de la curia —que le tomó tres años—, que no llegó a terminar. En algún momento se le acabó la fuerza. Dice, “contra esto, no puedo. Aquí hay demasiados obstáculos y demasiada conspiración”. Y por eso hace esto tan insólito de renunciar, que tiene un elemento de protesta.

—¿No es claro que la Iglesia haya tomado el camino de Francisco I?

—Entiendo que el Papa está solo. Fue elegido como una solución de transición. Es un Papa bastante raro, con cierta tendencia a la excentricidad. De partida es argentino, el primero de fuera de Europa. Hasta donde entiendo, en el Vaticano —no soy un vaticanista— es tolerado más o menos nomás. “Está bien, pero no te pases”. Hasta ahora, la mirada de Francisco I no es mayoritaria en la Santa Sede. Eso es seguro.

—Pero hubo ciertos cambios en el Sínodo para la familia, por ejemplo.

—Efectivamente hubo un cambio. Ahora, es un cambio tan pequeño, que hay que entenderlo como un síntoma que de haber transformaciones, van a ser a este ritmo y con esta magnitud: pequeñitos. Dicen que hay que tener comprensión hacia los homosexuales. Bueno, pero si la Iglesia enseña la comprensión hacia todos. Hasta hacia los criminales. ¿Cuál es la novedad de todo eso? La novedad es que no la tenían. Señalan también que hay que acompañar a los divorciados. Bueno, es parte de la doctrina cristiana lo de acompañar siempre. 

—Todo esto que ocurre a nivel global, ¿tiene relación con las tensiones actuales de la Iglesia chilena?

—Tiene una relación como la tendría en cualquier institución cuya cabeza está en otra parte. Y la relación más fuerte en el caso de Chile es que, me parece, hay un intento evidente de empatar. Las posiciones de estos tres curas no tienen nada de novedosas: Aldunate hace 60 años opina lo mismo, Puga también y Berríos ya nos tiene más o menos acostumbrados. Por lo tanto, no hay realmente nada nuevo. La única explicación para acusarlos ahora y armarles un lío y mandarles un expediente al Vaticano, es tratar de equiparar lo que pasó con Karadima y lo que ocurrió con O’Reilly. Probablemente, también tocar la relación política de los jesuitas y de los curas populares con el gobierno de Bachelet. 

—La cercanía del padre Fernando Montes con Bachelet es conocida, ¿pero eso significa que los jesuitas son los interlocutores de La Moneda?

—Si la gente del gobierno necesita entender algo que está pasando en la Iglesia, va a preguntárselo a los jesuitas. Obviamente no se lo van a consultar ni a Ezzati ni a la Conferencia Episcopal, donde todavía predominan los discípulos de Karadima. Es totalmente evidente. La opinión más importante en materia de universidades, desde el punto de vista de la Iglesia, no diría que es del rector Ignacio Sánchez, a pesar del peso de la Católica. Desde el punto de vista de la opinión doctrinal, es mucho más importante el cura Montes. No digamos que la Universidad de los Andes, sino la Alberto Hurtado. Y si pasas al mundo de los colegios, primero tienes que hablar con el San Ignacio. Independientemente de eso, la Conferencia Episcopal, el propio Ezzati y el cura que designaron para la educación, el obispo Vargas, por supuesto que  tienen su trato formal en tanto autoridades. Pero la conversación, el diálogo, lo que tenía Silva Henríquez con Frei o Allende, eso hoy día solamente se da con los jesuitas. 

—Vayamos por parte. El incidente actual comenzó el 24 de junio de 2014, cuando Felipe Berríos, llegando de Africa, concedió una entrevista al programa de TVN El Informante. Usted, en La Iglesia bajo el arenal, señala que fue una intervención calculada.

—Todas sus intervenciones son calculadas y no lo digo en tono acusatorio ni de reproche, solo de constatación. Elige muy bien los medios y los soportes.

—¿Cómo describiría a Berríos?

—En Chile no existe ninguna otra referencia para los jesuitas que el padre Hurtado. Ese es el personaje, la referencia. El padre Hurtado hacía cosas que quizás están pasadas de moda. Pero si las actualizas, se parecen bastante a las que realiza Berríos. Era un provocador, un insolente, decía cosas originales. La camioneta verde del padre Hurtado es el Africa de Berríos. Ahora va a Antofagasta, al mundo de los campamentos, y antes estuvo en un Techo para Chile. Es decir, siempre en la esfera de la pobreza. Creo que está siguiendo esa misma línea.

—En los días siguientes, después de que Berríos no quiso retractarse como pedían varios obispos, el sacerdote solicitó una audiencia con el cardenal Ezzati. ¿Qué ocurrió en esa cena?

—Esa comida, entiendo, se realizó en la residencia de Ezzati. Me parece posible que haya estado el provincial de los jesuitas, Cristian Del Campo, que estuvo en los días previos bajo presión para lograr una retractación o emitir una reprimenda desde la Compañía hacia Berríos. En esa reunión, el cardenal reprobó uno por uno los dichos del sacerdote en TVN, con especial énfasis en el matrimonio homosexual. Le dijo a Berríos que esto de defenderlo estaba totalmente en contra de la doctrina y la respuesta de Berríos fue: “Yo nunca he defendido el matrimonio homosexual, lo que he defendido es la relación civil entre homosexuales, no religiosa”. Y eso tiene una explicación no solamente teológica, sino práctica: el Estado de Chile está separado de la Iglesia desde el año 1925.

—¿Qué momento atraviesa Ezzati?

—Ezzati tomó la Iglesia de Santiago en un momento muy complicado. Venía de muchos años apacibles bajo el arzobispado de Errázuriz, pero esa tranquilidad era totalmente aparente porque estaba quedando la escoba por debajo. Todo lo que se ve ahora sucede porque Errázuriz, en línea con esa situación, quiso mantener el caso Karadima en silencio, apagar todos los conflictos que estaban surgiendo, y lo logró hasta el momento de su retiro. Pero todo esto estalló cuando entra Ezzati. Estaba recién llegado al cargo, tenía que instalarse, no tenía armados sus equipos de asesores y tuvo que enfrentar este escenario que, finalmente, no logró administrar bien. Además, tiene una mentalidad bastante autoritaria y no se dio cuenta de que los profesionales que acusaban a Karadima estaban, con toda justicia, muy enojados. No estaban disponibles para cualquier explicación, sino que para una en serio, y tampoco para ningún simulacro de investigación. 

—¿Está en juego su permanencia en el cargo?

—No, eso no. No es lo mismo tener un ministerio agradable que tener uno lleno de tensiones. No es lo mismo. Le ha tocado todo: bailar con la fea. El era un discípulo de Silva Henríquez, con lo cual también las expectativas eran exageradas, porque no va a volver a haber una figura como Silva Henríquez. No porque no existan las personas, sino porque no son los tiempos. En el caso de Ezzati, no puede ser que termine de enemigo de los que están dando los testimonios contra Karadima. A lo mejor no te caen muy bien, pero ¿que terminen de enemigos y ellos acusándote? Algo anduvo mal ahí y el arzobispo quedó con una pobre imagen. Está muy maltratado por un cierto mundo no necesariamente católico, sino liberal y laico, de centroizquierda o de izquierda. Es paradójico, porque la Iglesia chilena, a diferencia de todas las de América Latina, logró ser intensamente querida por la izquierda y la centroizquierda durante los ’90. Admirada por su defensa de los DD.HH. Eso no ocurrió en Argentina, no ocurrió en Uruguay. Y la Iglesia chilena perdió ese capital en cosa de diez años. 

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—Volviendo al incidente actual, usted señala que en septiembre, en un encuentro con los sacerdotes de la Vicaría Zona Norte, Ezzati cometió una infidencia: dijo que estaba enojado con los dichos de los tres sacerdotes y que también lo estaba la Nunciatura, que le había requerido información sobre ellos. 

—Ahí sí que comete un error. He escuchado dos versiones. Una es que le hicieron una pregunta y otra es que él mismo empezó a desahogarse. Mi interpretación de lo que dicen que dijo —porque nadie lo oyó, salvo los que estaban ahí— es que él estaba doblemente enojado: aparte de su molestia, arrastraba un segundo enojo porque lo habían obligado a informar a Roma. En ese momento involucra al nuncio: tuve que informar —dijo Ezzati— y también está enojado el nuncio, Ivo Scapolo.

—¿Qué hace exactamente un nuncio?

—El nuncio es una figura discutida hace muchos años, porque tiene un papel entre ambiguo e inestable. Conforme a la definición vaticana original, el nuncio es el vínculo entre la Santa Sede y la Iglesia local, por lo tanto está en contacto con los obispos, visita a los sacerdotes, etcétera. Pero por el otro lado, es el diplomático que representa al Estado del Vaticano ante el Estado de Chile, en este caso. Esa función más formal tiene canales y formatos claros, pero en la primera hay un pequeño e inevitable olor a intervención en los asuntos internos.

—¿Pero la Iglesia es un asunto interno?

—La Iglesia chilena es un asunto interno de Chile, a menos que uno dijera que no importa nada, pero eso realmente es incorrecto porque tiene colegios, universidades, etcétera. Quizás esté un poco disminuida, porque menos gente se declara creyente, pero sigue siendo una institución muy importante y así se prueba cada vez que hay una ley que afecta a la Iglesia. Es como si el embajador de Brasil aprovechara los contactos brasileños para influir en la política chilena. Entonces, hay una cierta injerencia en los asuntos internos que pone a los nuncios en una situación muy delicada. Y eso ha pasado en otras partes del mundo. 

—Y en Chile ¿eso ha ocurrido?

—Ha pasado mucho. El nuncio más importante en los últimos cuarenta o cincuenta años fue Sótero Sanz, que tuvo la fortuna de que fue nombrado para la mediación papal y hoy día es un héroe para todos nosotros, pero muchos grupos de DDHH tienen dudas sobre él porque no ayudó mucho en ese momento y se mantuvo muy al margen. Tuvimos nada menos como nuncio a Sodano —más tarde secretario de Estado— y sabemos que Sodano tuvo una poderosísima influencia en las relaciones del gobierno de Pinochet con la Santa Sede y en la configuración de la actual Conferencia Episcopal. La presencia de los obispos de Karadima no habría sido posible sin Sodano y sin Medina. Pero por qué subrayo lo de Sodano: porque el nombramiento de obispos sí se consultan a la nunciatura desde Roma. La opinión del nuncio es importante. No es decisiva, es una entre otras, pero es una de las gravitantes.

—Esta carrera en la diplomacia no le gustaba a Benedicto XVI ni a Francisco I, señala usted.

—Tienen razón los que indican que el papel del nuncio ha perdido sentido, porque si tú crees que las iglesias nacionales tienen que ser más o menos autónomas, ¿para qué necesitas al nuncio si existe la Conferencia Episcopal? E inevitablemente una función de ese tipo te genera una carrera política que es muy desagradable, muy formalista, un poco hipócrita. Para estar metido en la diplomacia vaticana hay que ser tan político como para estar metido en la diplomacia de Rusia. 

—El nuncio Ivo Scapolo fue nombrado en 2011 y no es demasiado conocido en Chile.

—Pero hasta donde yo sé, es bastante movido. 

—¿De qué línea es?

—Lo más probable es que eso no lo sepa nadie nunca. Porque justamente ese mundillo diplomático es totalmente hermético en esas cosas, nunca revela su punto de vista. Ha habido una cosa un poco injusta con el nuncio en la prensa. Como que lo acusan a él [de la denuncia contra Puga, Aldunate y Berríos]. Pero el nuncio hace lo que hacen todos los diplomáticos —transmite, recibe y ordena—, pero es como un telégrafo. A menos que haya tomado la iniciativa de investigar a los sacerdotes, pero no lo creo. 

—Usted revela en La Iglesia bajo el arenal que el nuncio ya había hecho una investigación sobre Berríos en 2013.

 —Fue por la entrevista que Berríos concedió al mismo El Informante, pero desde Africa. También fue muy provocativo, como siempre, si ese es un poco su negocio. Entonces el nuncio probablemente recibió también una instrucción y condujo una especie de encuesta —en el sentido de conversar con mucha gente— respecto de Berríos. Una cosa bastante delicada, diría yo. Ahora, en el último episodio se ha culpado injustamente a Ezzati, que quedó muy dañado por las opiniones fuertes, violentas incluso, que han emitido las víctimas de Karadima por su manejo que yo estimo confuso, pero que ellos llaman culposo, de todo el caso. Tiendo a entender que a ningún jefe le gusta que a sus subalternos los acusen ante su superior. Yo no puedo creer que esté de acuerdo con eso. Y menos aún si los invitó a conversar. 

—También usted señala que el nuncio, para requerir información sobre controversias doctrinales, sólo pudo actuar por iniciativa propia—cosa improbable— o por una orden de la Congregación para la Doctrina de la Fe luego de una denuncia de figuras eclesiásticas locales con influencia en el Vaticano o por la de laicos con peso similar. ¿Cómo se producen esas acusaciones?

—Como se produce siempre todo en el poder. Hay gente que confía en su dinero, su familia, su pedigrí. No hay que olvidarse que una familia chilena, un matrimonio de los importantes [los Matte] trató de interceder ante la justicia chilena en el caso Karadima. No digo que sean los mismos, pero esa configuración social, intelectual y política es la que tiene capacidades de llegada. No son muchos. Aquí no cualquiera llega. No es ese abogado que dijo que estaban investigando a Montes [Sergio García Valdés]. Yo diría que ahí estamos en la cola del ratón. Si no hay un auspiciador grande, ese abogado no tiene destino. Y claro, en el Vaticano sigue siendo influyente el cardenal Medina y el cardenal Errázuriz tiene alguna importancia, aunque menor que la de Medina.

—¿Usted sabe quién denunció a los tres sacerdotes?

—No. Tengo algunos indicios, pero de saberlo, no lo sé. 

—¿Por qué piensa que todo esto se hizo para tratar de equiparar lo que pasó con Karadima y O’Reilly?

—Piensa que inmediatamente después de que estalló copiosamente la tormenta de Karadima, vino la denuncia contra Precht. Entonces, en la Iglesia chilena se libra una guerra intestina: alguien siente que va perdiendo ventaja y trata de equiparla. Además se cruza con una cuestión política, que es la relación política de los jesuitas con el gobierno.

—Usted tiene la tesis de que se acusó a Puga y Aldunate para que no resultara tan evidente respecto de que el centro del asunto es Berríos.

—Los metieron como uno pone los choritos en la última parte del curanto. Hay una parte del mundo católico y de la Iglesia que le teme a Berríos: le teme a su carisma, a su relación con los medios, a su atrevimiento que parece ilimitado, porque se mete en todo. Y yo creo que le teme también, y con cierta razón, a sus estrategias. Porque Berríos piensa bastante bien lo que hace.

—¿En la Conferencia Episcopal hay obispos que apoyen a Berríos en silencio?

—Sé que uno, pero es uno solo. Y la forma en que ha hecho sentir su respaldo muestra la mala situación de la Conferencia Episcopal: en secreto, en silencio, para callado. Le dice a Berríos: “Pucha, estoy de acuerdo con todo lo que dices, me gustaría tener tu valentía”. Ese es un episcopado que ha renunciado a todo. Juan Pablo II nos dejó un episcopado patético. Son obispos-masa, que no quieren hablar de nada aparte del matrimonio, que no tienen opinión o no se atreven a darla en materias sociales, y que consideran que la Iglesia debe ser un lugar de contemplación y no de reflexión.

—Se le teme a Berríos, pero también al padre Montes.

—A Berríos por su carisma y a Montes por su influencia. Son dos patas de un mismo cuerpo. El cura Montes es la figura más relevante de los jesuitas hoy día. No es el provocador que es Berríos, pero es la figura de consenso y paterna de todos ellos. Es más viejo, pero no es tanto como Aldunate. Es atrevido, pero no es pasado para la punta. 

—¿Qué molesta de Montes?

—Primero, que respalde a Berríos. Y segundo, que tenga presencia en algunas de las principales instituciones jesuitas y de Iglesia. O sea, una universidad, los colegios católicos, la revista Mensaje. Todo el aparato material que tienen los jesuitas, está un poco bajo su influencia, aunque no sea el provincial. La acusación por los premios de Periodismo que entrega la Alberto Hurtado es de lo más absurda. Pero precisamente ese absurdo demuestra que hay una intención más global. El Papa es jesuita. Y eso ya pone nervioso a cualquiera que sea antijesuita. Estamos en presencia de la eterna lucha global de la Iglesia entre la conservación y la actualización.

—¿Existen elementos para predecir quien va a ganar este capítulo?

—Aquí nunca nadie gana nada, esto es temporal. Todo es temporal.