El tiempo, Margot Loyola y Osvaldo Cádiz:

No le importó ser casi veinte años mayor. La folclorista y Premio Nacional de Arte Margot Loyola (95) siempre fue vanguardista y transgresora; poco le interesaban los comentarios que generaba la relación con su alumno de baile Osvaldo Cadiz (73), con quien ya cumplió 52 años juntos y 25 de matrimonio. “De prohibido, ¡nada!; ambos éramos libres”, dice ella con su tono directo y campechano.

Instalada en el living de su casa en La Reina, y bajo la atenta mirada de su marido —que cada tanto le repite las preguntas cuando no escucha bien—, Margot recuerda su historia amorosa que se remonta a 1955, cuando —junto al compositor Carlos Issamit—, fue al Liceo de hombres Leandro Schilling (de San Fernando) para dar una charla sobre etnias chilenas. Osvaldo que entonces tenía 15, tiene grabada la imagen de ella cantando recostada en el escenario con traje de plumas. “Margot ya era una folclorista reconocida; su presencia causó revuelo entre puros hombres. Llegué al camarín a saludarla. Me impactaron sus piernas… y su canto”.

Cuando egresó del colegio, Osvaldo partió a Santiago a estudiar pedagogía en castellano en la Universidad Católica. Por esos años participó y ganó un concurso radial para aprender a bailar cueca que ofrecía nada menos que Margot Loyola. Quedó tan encantado con el baile nacional, que le pidió a la compositora ayudarla en sus cursos cuando le faltaran bailarines.

Al año se hicieron inseparables. El estudiante acompañaba a su profesora a sus clases de canto y a cuanto taller de baile ofrecía, hasta que un día Margot le dijo que debían separarse porque se estaba enamorando. “Pero si yo estoy enamorado hace rato”, le respondió él. Aun así, la compositora se resistió; le asustaba la diferencia de edad. “Le decía: me voy a poner vieja, tú seguirás joven, te vas a enamorar de una muchacha, yo te voy a plantar un par de balas y me iré a la cárcel, ¡no me conviene! Váyase usted por su camino y yo por el mío”, le aconsejó.

“Fui como una gota de agua en la piedra, pero él empezó, empezó, y me fue convenciendo lentamente”, reconoce Loyola quien —apasionada e intensa— tuvo muchos amores, varios de ellos muy fuertes y tormentosos. Como un pescador que bailaba en La Tirana y que murió en un accidente; un alumno casado que intentó conquistarla para conseguir fama; un hacendado uruguayo que le ofrecía su fortuna, hasta un amor ingrato que la abandonó y que la motivó —junto a su amiga Violeta Parra— a intentar conseguir una pistola para matarlo. “Osvaldo era de otra época. Decía que la vida era para querer a una sola mujer; ahí me fui acercando”.

Juntos recorrieron el país enseñando las raíces folclóricas y formando intérpretes, y hasta partieron a estudiar a México, Guatemala, Argentina, Perú, Ecuador y Colombia.
Eran muy unidos; el amor y la pasión les brotaban por los poros. Aun así tuvieron que pasar 27 años para que Margot decidiera casarse. Ella venía de una traumática separación de sus padres cuando tenía 10 años. De un día para otro se deshizo el hogar, su papá se fue con otra, su mamá  —que era química farmacéutica— se fue a Santiago, y ella con sus tres hermanos quedaron repartidos. “Pensaba que el amor se terminaba; que el hombre se iba y engañaba, y la mujer sufría. Para mí, el matrimonio era una prisión, sin embargo, cuando me casé, encontré la libertad”.
En estos 52 años jamás han tenido una crisis y eso que Margot reconoce que no es una mujer fácil. “Soy fregada, celosa, absolutista y absorbente. Osvaldo me ha calmado mi lado violento”.

No pudieron tener hijos por una tuberculosis que afectó a la artista, sin embargo, hoy lo agradecen. “Somos muy aprensivos, apapacheros; los niños habrían sufrido”. Admiten que sus ahijados y alumnos han suplido esa ausencia, porque a pesar de los años, siguen recibiendo estudiantes en su casa y preparando a músicos.

Les duele que la edad les impida hoy seguir recorriendo el país. “No podemos andar trotando ni bailar en el escenario”, explica él.
—Margot: Oye, tú bailas igual —le recuerda ella—, y lo haces precioso. Hoy para mí Osvaldo significa vivir. Me proyecto en él, vivo a través de él; si no, me sentiría muy sola en esta sociedad tan extraña. La gente está lejana, más egoísta; tanto tienes, tanto vales.
Margot llora al pensar en la muerte, cuenta Osvaldo. Dice que no quiere dejar de ser, de estar, de reírse, de comer una sandía con harina tostada. “Estoy seguro de que cuando uno de los dos se vaya, el otro partirá a los tres meses. Queremos ser cremados, mezclar nuestras cenizas para que sean arrojadas en Pica, el río Maule y Chiloé”.