Eduardo Bonvallet visualiza su cáncer como un gran tigre. Solos en el cuadrilátero, él y la bestia se enfrentan. La fiera lo ataca, le dirige mortales zarpazos. “El tigre me rasguña, me quiere matar, pero le entró alguien a la pelea y ya no está solo, ya ha sentido golpes…”, dice por las sesiones de quimioterapia y los tratamientos a los que se ha debido someter. A veces el dolor no cede durante horas. “Pero este hijo de puta no me la va a ganar, soy un luchador”, confiesa instalado en un sitial, con el verde jardín de fondo, el mismo que antes apenas apreciaba y que hoy se ha convertido en uno de sus lugares favoritos. “Cuando estás peleando con la muerte aprendes a admirar cosas que antes no te importaban”, dice.

Lleva zapatillas multicolores, jeans, una polera de algodón blanco con negro, bufanda azul y, sobre la cabeza, un pañuelo verde oliva. “Nunca más me puse zapatos desde que tengo cáncer. Y corbata para qué, ¿de qué sirve andar preocupado de la camisa, si lo que me importa es que muera el tumor?, ¡que se vaya de aquí, carajo!”, sentencia. Y ésa ha sido su filosofía desde que descubrió, recién estrenado el 2011, un linfoma con forma de pelota merodeando en su estómago.

La noticia no pudo ser más inoportuna: después de siete años alejado de los medios, las cosas lentamente empezaban a retomar su cauce: el comentarista al fin tenía un espacio en Radio Píntame —el que mantiene hasta hoy, cada mañana, transmitiendo aún desde la clínica—, y resucitó con éxito en televisión acompañando a Tonka Tomicic en el estelar mundialero de Canal 13. Hasta lo habían llamado para integrarse como panelista al nuevo matinal (“pero no me dan las fuerzas”, dice). En lo personal, su vida también era otra: en agosto obtuvo el divorcio de su segunda mujer, Beatriz Gross, y ese mismo mes nació su quinta hija y la tercera de su actual relación con la periodista María Victoria Laymus (33).

“Pero el año nuevo comenzó como un martirio, el dolor era insoportable y hasta caminaba encogido. Le pedí a María Victoria que me llevara para la casa. Ese día no había nana y mi mujer se quedó en la casa con los niños. Partí a la clínica tipo seis de la mañana. Me operaron inmediatamente, pero el linfoma ya me había agarrado la vesícula y un poco el páncreas. Era una pelota de 7×4 centímetros, más grande que una de tenis. Andaba deambulando, pero no se metió en algún lado. ¿Cómo no entró al hígado o al páncreas? Sólo Jesús lo sabe. A lo mejor no me quería matar…”.

Su rostro denota cansancio, pesadas ojeras enmarcan sus ojos oscuros. La piel surcada por arrugas. El pelo, antes frondoso, hoy no son más que pelusas. El resultado de invasivas quimioterapias que se prolongan durante treinta horas. Con un total de cinco sesiones que lleva en el cuerpo desde que todo comenzó. “Quedo agotado, hay días en que no me puedo levantar, apenas tengo fuerzas para tomar el teléfono…”.

Sin embargo, no hay que confundirse: el Gurú no pretende dar lástima. Y aunque siempre ha sido un hombre emocional, desde que descubrió que estaba enfermo casi no llora. Casi. “Cuando venía en el auto un día, producto de que estaba muy débil por las quimioterapias, lloré por los niños, porque son muy chiquititos…”, dice sobre sus tres hijos: Amalia (6), Eduardo (2) y Noell (6 meses).

Wp-bonvallet-450

—¿De dónde ha sacado fuerzas?

—Generalmente la gente se acerca a Dios o Jesús. Yo, en cambio, lo busco para pedirle por mi familia. Y me siento tan protegido. Jamás podría tener alguna palabra en contra de alguien en quien tanto creo. Fui monagillo, acólito y tengo una imagen de Jesús en mi velador desde siempre; es el mismo rostro que cuando vino Juan Pablo II y dijo ¡miradlo a él! Y eso hago.

“No he tenido temores, solamente tremendos dolores. Esta enfermedad me hizo crecer. Lo he tomado por el lado positivo. Aunque me he sentido inepto, incapaz físicamente, mal papá por no tener fuerzas para jugar con mis hijos, mal marido porque no he podido cumplir mis funciones de hombre… es que es otro líbido y eso me trae congoja. Tampoco alcanzo a responderle a mis amigos el teléfono, a gente que me quiere, pero no tengo fuerzas para hablar, ni siquiera para levantar el celular (y se le quiebra la voz). Esto (el tratamiento) tiene unos efectos colaterales tremendos… Y no todos lo entienden, sólo la gente que ha tenido cáncer sabe”.

—Usted decía que esta pelea es cuerpo a cuerpo con el tigre. ¿Cómo ha sido este enfrentamiento?

—Lo insulto. Sobre todo cuando me tiene en el suelo… Una vez me desmayé en el locutorio de la radio; apenas terminó el programa caí; me agité mucho en el análisis de un partido y paf. Se me paralizó todo este lado (dice mostrando la parte izquierda de la cara). Y cuando me tiene en el suelo —porque hay dolores tan insoportables que no puedes combatir en la cama—, peleo con esta bestia y la maldigo, la insulto… Le digo: no me la vas a ganar hijo de puta, te voy a matar maldito… Es una lucha.

—A veces estas enfermedades tienen su origen en la mente… ¿cree que ése sea hoy su caso?

—Son heridas, traumas, y a mí me mató la prensa, la deportiva y de farándula. Ellos son los grandes culpables de que tenga cáncer, por todos los inventos y todas las cosas que dijeron de mí.

—En Primer Plano hicieron reportaje denunciándolo por acoso sexual. ¿A eso se refiere?

—Exactamente, una cuestión absolutamente falsa. Son personas que le han destruido la vida a mucha gente, que han hecho pelear a madres con hijos, hermanos con hermanos, y de esa forma se han ganado la vida. Tendrán que pagar. La vendetta para mí existe. No acepto que le hayan destruido la vida a mi familia, a mi mujer, a mis hijos. Cuando ese reportaje se conoció, la Amalia estaba dando las pruebas de admisión para entrar al colegio. Y mientras ella rendía su examen, yo estaba siendo arrasado por la farándula… Ver a mi familia mal y no tener micrófono fue lo que me mató. De lo contrario, ninguno de estos ratones de cola pelada se habría atrevido a pelear conmigo…

—Pero se guardó la rabia.

—Sí, y se convirtió en esa pelota.

—Hoy está combatiendo con la muerte, ¿vale la pena pensar en una venganza?

—Me lo ha dicho mucha gente, pero no se los perdono… Déjame ser como soy.  No porque sea un enfermo terminal me voy a convertir en santo.

—¿No será que esta enfermedad se originó por llevar tanto tiempo alejado de los medios? 

—Absolutamente. Y tengo derecho a tener esa rabia, esa ira, ¿cómo la podía canalizar? Además que hay cosas que gatillan y esto duró dos años, agrégale lo de Temuco, lo de los periodistas que, con o sin derecho, me pegaban; las persecuciones para no tener ninguna fuente laboral.

—¿Hubo una campaña para silenciarlo?

—Totalmente.

—¿Quiénes?

—Eso o lo puedo decir… Sólo te puedo dar su sobrenombre: el Conde negro y todo su séquito, porque para ellos yo soy peligroso.

Y agrega:

—Este es un país donde todos se conocen. Con un solo llamado telefónico te despiden. Se me cerraron casi todas las puertas y eso trajo como consecuencia que en algún momento quisiera llevar mi caso a la Comisión de DD.HH. Y así se lo comuniqué a Dario Calderón. Le dije: una más y recurro... El está entre los 100 hombres con más poder según una revista. Yo diría que está entre los primeros cinco. Ni siquiera toca el timbre en La Moneda. Es el árbitro arbitrador donde gana el que él quiere que gane… Sé muchas cosas. Y por eso me quisieron silenciar. Lo consiguieron. Y mi angustia trajo como consecuencia este tumor.

“Me da pena mi mujer… A ella le ha tocado bailar con la fea; no ha viajado nunca, jamás hemos veraneado. A su marido lo han acusado de todo… Y ahora más encima, estoy enfermo. No tengo idea cómo me llegó a querer así… ¡soy inacostable! (se ríe)”. Y agrega: “Tengo ganas de que sea alguna vez feliz… La Amalia, Eduardo y Noell no conocen el mar; he tenido que vender todo para poder subsistir producto de las persecuciones, los abogados, los años que he estado sin trabajo… Estoy esperando salir de este obstáculo, que es más alto que otros que he vivido, y como sea partiremos a Brasil a celebrar mi gran triunfo sobre el famoso tigre”.

—¿Cómo lo ha hecho para pagar los costos de los tratamientos?

—Cuando vas a la clínica hay que firmar un documento cuyo nombre dice: pagaré. Y que se esperen…

Aunque más serio agrega:

—Gracias a Dios fui precavido, y vendí tres propiedades. A mi familia no le ha faltado.

—Ahora que obtuvo el divorcio, ¿se casará con María Victoria?

—Por supuesto. Pero no sé todavía… ¡Déjame sacarme el tumor primero!

Con su mujer se conocieron en un pub. “Ella estaba con un grupo de amigas periodistas celebrando un cumpleaños y yo era el típico curado que se iba a meter a la mesa. Sus amigas me echaban y ella era la única que estaba feliz conmigo. Si los amores a primera vista existen…”.

Pero no le dio el teléfono. Y si no fuera por su gran amigo, el periodista Felipe Bianchi, otro gallo cantaría. “Imagínate, él, que no puede ser más circunspecto, fue el que hizo de celestino. Averiguó dónde trabajaba, agarró el teléfono y me dio con ella porque sabía que yo era un hombre triste…”.

—Un hombre triste que siempre ha tenido suerte en el amor.

—¡Es que soy muy encachado! (dice recuperando de golpe las fuerzas). Soy entretenido para una mujer. No necesito estar bailando para pasarlo bien, gran conversador, bueno para hacer el amor, que es una cuestión importante, creo yo… Un viejo de la edad mía, algo tiene que tener ¿o no?

Y más serio confiesa:

—Ojalá que tenga vida para ver a la Amalia cuando salga del colegio. Pero el tigre es traicionero… Y el dolor es tal que ni con morfina se me pasa. La última vez me tuvieron que inyectar Demerol —que es de lo que murió Michael Jackson—, anestesiarme completamente… No se lo deseo a nadie. Es tanto que te dan ganas de morirte. Hablas solo, deliras.

—Y ante una situación así, tan vulnerable, ¿qué pasó con su ego?

—Esto me ha hecho aterrizar. Superman no existe, y yo soy un simple mortal.

—¿Se creía infalible?

—Absolutamente. Era un ser intocable, me sentía tremendamente protegido por todo el mundo, una máquina de hacer dinero.

—Hasta que se pegó el aterrizaje forzoso.

—Como Cristopher Reeves… Dios dijo: Superman no existe, el único capo aquí soy yo. 

—Y hoy, enfrentado a la posibilidad de la muerte, ¿siente miedo?

—Ah, no poh. ¿Cómo voy a tener miedo? Si yo soy de verdad, sé que Jesús me va a recibir a la diestra de Dios padre y, si no, por último quedaré castigado deambulando por ahí, chocando contra la pared, pero voy a estar cerca…