Es de esos hombres poderosos. Amigo de presidentes, ministros de Estado y también de reinas y reyes. Influyentes. Comunistas y capitalistas lo escuchan con detención. Es que sus palabras pesan y él lo sabe. Cuando cayó el Sha de Irán, fue David Rockefeller quien le consiguió asilo en Las Bahamas. De juicios severos pero certeros, dicen que no conoce derrotas y que lo que desea lo consigue. Según la revista Fortune, el patrimonio de su familia excede los 1.600 millones de dólares. Eso, sin incluir las grandes colecciones de arte que posee y sus propiedades personales.

A los 75 años se sigue levantando al alba. Comienza el día con su habitual sesión de ejercicios y luego se dirige al piso 56 del edificio Rockefeller Plaza, desde donde dirige los destinos del imperio Rockefeller. Ha recorrido casi el mundo entero y su lista de contacto es interminable. Un enorme fichero que se encuentra en su escritorio es testigo. Ahí están los nombres de las cerca de 85 mil personas que ha conocido a lo largo de su vida.

Nació en Nueva York en 1915. Hijo menor de John D. Junior y Abby Greene. Y nieto de John D. Rockefeller, el hombre que inició la fortuna y dio origen al prestigio e influencia que hasta hoy tiene el apellido Rockefeller en Estados Unidos. Se educó respirando la tradición política norteamericana, el arte de los negocios y la importancia de la filantropía.

Así como en su vida comercial los aciertos continuaron uno tras otro, su formación académica también es digna de destacarse. En 1936 se graduó en Harvard. Después hizo un posgrado en economía en el London School of Economics y finalmente obtuvo un doctorado en la Universidad de Chicago.

En 1940 David se casó con Margaret McGrath, con quien tuvo seis hijos. Durante la segunda guerra mundial, siguiendo el espíritu de la época  y la tradición familiar, se enroló en el ejército. Tres años más tarde, en 1945, se retiró con el grado de capitán. Fue ahí cuando comenzó su carrera de banquero en el Chase Manhattan Bank. Rápida y ascendente. Terminó siendo presidente del banco durante 20 años. Cuando renunció, en 1981, muchos pensaron que sus actividades disminuirían, peor no fue así: sus viajes y proyectos siguieron siendo igual de agitados. Entre ellos, la presidencia de la Sociedad de las Américas.

SANTO PETRÓLEO

Corría 1859. John D. Rockefeller tenía 20 años, estudios básicos cursados, un par de meses en una escuela de comercio y experiencia como empleado de una firma de comisionistas donde al poco tiempo se convirtió en cajero y luego en contador. Fue entonces cuando junto a su amigo Maurice B. Clark formó su propia empresa comisionista. La idea era invertir las ganancias en el negocio del petróleo y no en préstamos. Así, en 1863, John D. ya había invertido cuatro mil dólares en el incipiente negocio del crudo. Construyó una refinería en Cleveland de la cual nació la Standard Oil Company. El éxito de la empresa fue tan grande que a fines de 1879 refinaba tres cuartas partes del crudo de Estados Unidos. En ese tiempo el capital de la empresa ascendía a los tres y medio millones de dólares. Standard Oil se había convertido en uno de los monopolios más poderosos del mundo. Y sus ganancias fueron tan grandes que en 1911 el gobierno obligó a sus socios a dividirse.

En 1896 John D. se retiró de los negocios pero mantuvo el título de presidente de la Standard Oil Company hasta su disolución. El resto de su vida la dedicó a la filantropía. Entre sus fundaciones más importantes figuran el Rockefeller Institute for Medical Research, el general Education Board y la Rockefeller Foundation. La lista es interminable y la de sus donaciones también. Murió en 1937 a los 97 años.

John D. Junior fue el único hijo hombre de John D. Siguió sus enseñanzas al pie de la letra. Respecto al trabajo, a la religión bautista y al dinero. Anteponiendo siempre los deberes a los derechos. Pero tantas fueron las críticas que levantó la riqueza de su padre que decidió dedicar gran parte de su vida a la filantropía. Una de sus mayores preocupaciones fue la conservación de los recursos naturales. Entre las tareas más importantes que realizó fue la reconstrucción y restauración de la localidad colonial de Williamsburg. Aportó más de 60 millones de dólares. En diciembre de 1946 donó a las Naciones Unidas ocho y medio millones de dólares para que compraran un terreno para construir su sede. Y tampoco se puede olvidar que después del crash de la Bolsa, en 1929, construyó el Rockefeller Center. John D. Jr. junto a su padre donaron alrededor de 750 millones de dólares para fines filantrópicos.  Murió en 1960, dejando una fortuna de 160 millones de dólares.

Jhon D. Jr. también se preocupó de enseñarles a sus seis hijos el valor del trabajo duro y la importancia de hacer crecer la riqueza. Pero al mismo tiempo les enfatizó la necesidad de desempeñar siempre el papel de benefactor. Cada hijo siguió su camino. La mayor, Abby, se casó con un banquero, Jean Mauzé. John D. III se dedicó a presidir la fundación y a la filantropía. Nelson, a la política; llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos. Laurence se transformó en un brillante inversionista: aumentó la fortuna familiar al incursionar en la industria aeronáutica y hotelera. Winthrop se metió en el negocio del petróleo. Fue héroe de la guerra y dos veces gobernador de Arkansas. Además, administraba una granja modelo.

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Con el correr de los años, David, el menor, se fue transformando en el defensor del imperio Rockefeller. Y también es el más involucrado en América Latina  Como banquero se defiende de quienes lo acusan de haber engrosado la deuda del tercer mundo. El Chase fue uno de los bancos líderes en el reciclaje de petrodólares después que subió el precio del crudo y le otorgó grandes créditos a los países en vías de desarrollo. “Lo que hicimos parecerá ahora necio e imprudente, pero básicamente esos préstamos se otorgaron porque los países los necesitaban para mantener su industria activa. En retrospectiva, la cosa llegó demasiado lejos. Pero algo había que hacer con el dinero, y la existencia de esas enormes cantidades de liquidez hacía tentador para los bancos flexibilizar sus normas de crédito”, ha señalado reiteradas veces David Rockefeller.

VIDA PRIVILEGIADA 

¿Cómo nació su interés por América Latina? 

En alguna medida se debe a mi hermano Nelson, quien durante la segunda guerra mundial fue el coordinador del presidente Roosevelt para asuntos interamericanos. Después de la guerra, a raíz del gran interés de Nelson, mi señora y yo fuimos a México en una especie de segunda luna de miel. Fue tanto lo que me gustó el país y su gente que nunca más dejé de pensar en Latinoamérica. Asimismo, cuando ingresé al Chase, mis primeros trabajos estuvieron relacionados con América Latina. Y desde entonces que no he dejado de mantener un contacto constante. Mis viajes a esta parte del mundo son innumerables.

De alguna u otra forma América latina siempre ha estado relegada a un segundo plano…

Personalmente pienso que América Latina siempre fue importante para Estados Unidos. El problema es que no hemos hecho lo suficiente para mejorar esta situación. Y la misión principal de la Sociedad de las Américas es precisamente darle al continente latinoamericano la importancia que merece.

¿Qué posibilidades concretas le ve al proyecto del presidente Bush, Iniciativa para las Américas? 

Las posibilidades son muchas. Nosotros estamos muy entusiasmados, ya que representa un desafío importante dentro de lo que ha sido la política norteamericana en el hemisferio. Por primera vez se le atribuye especial importancia al sector privado, sin olvidar, por supuesto, el papel de nuestro gobierno y de los organismos multilaterales como el BID.

¿Y con respecto a un acuerdo de libre comercio con Chile? 

Primero se deben esperar los resultados de la ronda de Uruguay del GATT. Asimismo, las conversaciones con México ya están encaminadas. Pienso que el presidente Bush esperará que ambas cosas estén resueltas antes de concretar algo con Chile. Creo que algún día será posible un acuerdo de libre comercio entre ambos países, no de inmediato.

¿Qué le pareció el informe Retting? 

Me parece que el gobierno del presidente Alywin ha manejado bastante bien el tema de los derechos humanos. La opinión pública no quería que el pasado fuera olvidado. Es por ello que la decisión de crear una comisión para que estudiara el tema fue muy sabia. El trabajo se hizo en forma muy seria y me da la impresión que ha intentado ser lo más objetivo posible. Sólo espero que este problema sea tratado en forma rápida y justa para luego ser olvidado, porque uno siempre tiene que estar mirando hacia el futuro y no hacia el pasado.