Lleva ocho meses viviendo en Roma. Tras casi dos décadas al mando de la revista Mensaje, en septiembre de 2015 partió a Italia como encargado de los asuntos económicos de la Congregación Jesuita para Europa, Latinoamérica y el Caribe. Dice que está feliz en una ciudad de la que destaca su comida y su gente, donde además estudió psicología hace veinticinco años. Sin embargo, en su corazón Antonio Delfau también siente nostalgia; extraña a su familia, amigos y al equipo de la revista que dirigió por tantos años; no se olvida de las misas que oficiaba cada domingo en Las Ursulinas, tampoco de la comunidad del Bellarmino, donde vivió por 23 años. “Soy querendón y extraño a mi país”, reconoce en un arrebato de nostalgia.

—¿Entonces por qué dejó la revista Mensaje después de tanto tiempo?

—Los jesuitas no nos mandamos solos. No fue una decisión mía. Llevaba 19 años como director cuando el Padre General de la Compañía de Jesús, Adolfo Nicolás S.J., me pidió que viniera a Roma a trabajar como asistente del ecónomo general. Tengo a Mensaje y a quienes trabajan en ella en mi corazón. Pero no es bueno eternizarse. En Roma estoy a cargo de los asuntos económicos jesuitas de Europa del sur (España, Italia, Portugal, Malta), de Europa del centro (Alemania, Suiza y Austria) y de toda Europa del este, incluyendo Rusia. A lo que se suma América Latina y el Caribe. Una responsabilidad que involucra constantes viajes que me han permitido ir conociendo la realidad de los sacerdotes en diversas culturas y países. Estaré aquí por un tiempo indefinido mientras consideren que soy útil.

En pleno corazón de Italia, con el Vaticano a tan sólo algunos kilómetros, Antonio Delfau arribó a Roma en el momento preciso; justo cuando el Papa Francisco lidera un proceso de transformación profunda. Tampoco se desconecta de Chile, lee la prensa nacional y escucha las radios online. Mantiene el contacto a través del mail, Whatsapp y, por supuesto, de Skype. De ahí que la distancia no haya logrado aminorar su inquietud frente a lo que califica como la “crisis de las instituciones”, y mucho menos atenuar su indignación frente a los casos de corrupción que desde hace algún tiempo se han venido tomando los titulares. “Me molesta que en Chile todos se consideren inocentes: hay evasión de impuestos, colusiones, abusos, engaños. Pero nadie lo reconoce, a lo más se habla de ‘errores’… Cómo es posible que un ex legislador haya recibido pagos en forma reiterada de parte de una empresa pesquera y que para colmo se ofenda porque se puso en duda su libertad para votar… ¡Por favor! Aunque nunca haya traicionado su conciencia igual es culpable de cohecho al haber sido financiado por una compañía con claros intereses. ¡La frescura no tiene nombre en nuestro país!”.

Según Delfau, los funerales de Patricio Aylwin “nos trajeron nostalgia de un Chile decente, moral, austero, sobrio. Añoranza de políticos con vocación de servicio. Creo que nuestra nación debe progresar en su conjunto, buscando el bien común por encima de los intereses particulares. Nos hemos vuelto muy materialistas, individualistas y queremos tener cosas y éxito rápido y sin sacrificios. Chile se ha vuelto un país de muchos derechos y pocos deberes”.

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—En ese sentido, monseñor Alejandro Goic volvió a plantear el tema del sueldo mínimo ético, esta vez de 400 mil pesos. Sin embargo, la respuesta de parte de los empresarios fue categórica.

—Se ha llegado al máximo de la hipocresía. Soy ingeniero comercial UC y sé que los sueldos reales tienen relación con la productividad. Pero los detractores no plantean caminos viables para mejorar la productividad de los más desfavorecidos. Los estudiantes universitarios, hijos del sistema político egoísta imperante, tampoco se preocupan ni solidarizan con los otros estudiantes de la educación superior técnica. 

“Veo un país muy privatizado y egoísta. No son pocas las personas e instituciones influyentes —y con esto también me refiero a los principales medios de comunicación— que desde el primer momento se han opuesto a todo. ¿Cómo se le puede creer a gente que ataque todo a priori, todo el tiempo anunciando grandes catástrofes? Debemos apoyar con responsabilidad todo lo que lleve a mayor justicia social y mayor igualdad. Tenemos que ser capaces de construir una sociedad cohesionada, estable, una ‘casa común’ donde todos se sientan parte, participen y amen el país”.

—¿Qué tan cerca —o lejos— estamos?

—Desde Italia me siento avergonzado con algunos argumentos. Es verdad que ha habido improvisación, errores, desprolijidades, ¿pero acaso se puede avanzar cuando existen personas que auguran desgracias ante cualquier cambio?  

—¿Qué clase de “argumentos” lo han llevado a sentirse avergonzado?

—No soy partidario del aborto, pero durante la discusión de la ley de despenalización en las tres causales los razonamientos eran para llorar, por lo banales. Me da vergüenza ajena que un ex candidato a la Presidencia de la República se vaya a vivir a Suiza aduciendo falta de seguridad jurídica en nuestro país… ¡Por favor! Antes se consideró capaz de guiar nuestra nación ¡y ahora no le importa abandonarla! También me chocan las defensas de algunos sobre el financiamiento de campañas políticas o en cuanto a pagos permanentes de empresas a políticos. Lo mismo los argumentos de algunas compañías para negar o incluso defender la colusión: frases como ‘hemos contribuido al progreso de Chile’, pero les da lo mismo haber atentado gravemente contra la libre competencia y perjudicado a los pobres en temas tan vitales como la alimentación o los medicamentos.

 —¿Qué opinión tiene del gobierno de Michelle Bachelet?

—Le tengo admiración y cariño, creo que es una mujer honesta, bien intencionada, valiente, que ama a Chile y que ve con claridad que nuestro país sólo podrá llegar al desarrollo, ser viable y tener futuro si se hacen grandes transformaciones, pero los ataques que ha recibido han sido implacables. Es verdad que las reformas han tenido dificultades de diseño e implementación, pero seamos honestos: los chilenos no somos ni tan eficientes, ni tan competentes, ni tan rigurosos como nos gustaría o suponemos que somos: ahí está el Transantiago, el puente Cau Cau, el tsunami del 2010, las recientes inundaciones en Providencia, las dificultades para encontrar un camino viable para el pueblo mapuche, el horror del sistema carcelario, el Sename… Tampoco la empresa privada puede distanciarse de esta vulnerabilidad: hay tanto por mejorar, y ha habido tanto abuso, tanto aprovechamiento.

“Es un momento de mucha esperanza —dice ahora respecto de las transformaciones que está llevando el Papa Francisco—. Está luchando por establecer un nuevo paradigma interpretativo de nuestra fe en clave de misericordia y compasión. Por supuesto que hay detractores y dificultades, pero los gestos del Papa son signos de su deseo de una Iglesia inclusiva, más caritativa y menos normativa. Por supuesto que la Iglesia no puede transformarse gracias a los impulsos de un solo hombre, pero nos está indicando un camino: cambios radicales en las finanzas del Vaticano; mayor transparencia, estándares europeos. Racionalización de los medios de comunicación. Contacto más cercano, cariñoso, compasivo y misericordioso con las realidades que les toca vivir a millones de católicos que no son perfectos pero creen en Jesucristo. Hay detractores más centrados en la ‘defensa de la doctrina y de los principios’ o nostálgicos de un papado más misterioso, ‘sagrado’ y lejano. Gestos del Papa como traer a Roma algunas familias de refugiados desde la isla de Lesbos, acoger enfermos a los que abraza y consuela, actos de mayor sencillez en el estilo de vida. Pero no es fácil hacer cambios en una institución tan antigua, grande y pesada como ésta”.

—Entonces usted efectivamente percibe que al Papa lo resisten, lo combaten…

—Sin duda, pero eso ha sido siempre así. Basta leer una buena historia sobre el Concilio Vaticano II y podrá constatar la oposición que recibió San Juan XXIII. Así es la historia de la Iglesia, como la historia humana…

—¿Cómo ve a la Iglesia vaticana dentro de los próximos 28 años, tal como los que ahora cumplió nuestra revista?

—Hoy la mujer no puede tener un rol subsidiario. Y también se debe revisar el celibato universal en la Iglesia de Occidente que en mi opinión no debería ser obligatorio. En cuanto a la homosexualidad, parece que la Iglesia todavía debe hacer un largo camino. Creo que les ha faltado libertad a los teólogos y a los moralistas para reflexionar sobre estos temas y que esos espacios de libertad hoy poco a poco se están abriendo.

—Y sobre los casos de abuso sexual, ¿cómo debieran enfrentarse a futuro? 

—Hace poco le decía al encargado académico de la lucha de la Iglesia contra los abusos sexuales aquí en Roma que mientras no se toque a los cómplices y encubridores no habrá suficientes protocolos que permitan mejorar el tema. Ese es el paso que no se ha dado.