Este 2015 no es cualquier año para el sacerdote jesuita Antonio Delfau. En enero cumplió 60, y tras 19 años como director de la revista Mensaje, en septiembre dejará el cargo y partirá a Roma para hacerse cargo del área administrativa y económica de América Latina, el Caribe,  Europa del Sur y del Este, de la Compañía de Jesús. Es un nuevo ciclo, un empezar de cero, que lo tiene con sentimientos encontrados. “Por un lado estoy contento, pero por el otro, son 23 años en la misma casa; me cuesta dejar la familia, los amigos. Estoy súper encariñado con la revista; desde el 2003 logramos que a sus 63 años de historia esté digitalizada y online como biblioteca de consulta”, cuenta orgulloso sobre este medio fundado por el padre Alberto Hurtado (1951), donde han escrito plumas como Gabriela Mistral y que en su última edición encendió la polémica en sectores más conservadores al llevar en su portada dos manos masculinas entrelazadas, en un claro reconocimiento al amor entre homosexuales.

“ElPapa Francisco dijo hay que revisar la comunión de los divorciados vueltos a casar, la homosexualidad, entre otras cosas, y mandó preguntas a  los católicos de los distintos países, cuyas respuestas fueron recogidas por las conferencias episcopales y enviadas a Roma… La  Iglesia está buscando nuevas respuestas a los temas que han surgido, y es un tiempo propicio para hacer propuestas propias, aun cuando hay sectores que consideran que no se debe tocar lo doctrinal ni pastoral”, asegura Delfau, quien es un convencido de que la doctrina católica actual debe estar iluminada por la ciencia. “Estas han progresado mucho. Lo que se conoce hoy sobre la homosexualidad no tiene nada que ver con lo que se sabía hace uno o dos siglos. Los aportes de Freud, de la sicología, genética, biología, ¡tienen que ser considerados! Como dice el Papa, debemos ser claros, directos en todos los temas, y escuchar con humildad. En muchos casos la Iglesia con sus normas parece inmisericorde, poco compasiva, casi inhumana al juzgar ciertas situaciones y al prescribir normas en otras que han sido muy dolorosas. El llamado es a mirar con el prisma de la misericordia. Hemos avanzado, pero aún nos falta mayor empatía por el sufrimiento. Y esta situación tan dramática de los abusos le ha quitado piso, credibilidad y fuerza a la Iglesia. Me dolió ver en la última encuesta CEP la caída estrepitosa de nuestra credibilidad”.

—Una crisis de confianza que estaría afectando a todas las instituciones.

—Lo positivo es que tenemos la fuerza para poner sobre la mesa estos problemas tan crudos. Cuando una sociedad reconoce y mira de frente sus verdades por muy feas que sean, puede superarlas. Hay países donde la corrupción es tan grande; está todo tan entramado y aceitado, que es difícil enfrentarla. Entonces Chile tiene una enorme oportunidad, y en el caso de la Iglesia, los católicos nos están obligando a los sacerdotes, a la jerarquía, a enfrentar esta situación con el máximo rigor y transparencia. El cuestionamiento de los jóvenes es muy fuerte; no quiero ser alarmista, pero veo un abandono importante de éstos respecto de la vida eclesial.

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—¿Y cómo está respondiendo la Iglesia?

—Está haciendo cosas, la Conferencia Episcopal acaba de sacar nuevos protocolos con una serie de normas en que los curas debemos ponernos al día. Aun así, no es suficiente; la gente, el pueblo católico nos exige respuestas más claras. Con respecto a los abusadores, mientras las investigaciones no se extiendan a los encubridores, cómplices, quienes lo toleraron, hicieron vista gorda o mintieron, este flagelo no se sanará.

A casi tres meses de partir a Roma, a este ingeniero comercial y sicólogo le preocupa el clima encrispado y de excesiva desconfianza que se respira en el país, pero insiste que es positivo, ya que —según él—,  demuestra una ciudadanía empoderada que exige mayor limpieza y coherencia. “No puede ser que la misma izquierda que luchó contra la dictadura de Pinochet le haya ido a pedir dinero a quien fuera su yerno”.

—¿Por qué llegamos a eso?

—Por cómo se ha aplicado el modelo económico. En Chile el deseo de hacerse rico rápido es impresionante, a costa de lo que sea, y ahí están las ‘pasadas’, los negocios rápidos de especulaciones, el pasar por encima, no pagar impuestos, estar al borde o fuera de la legalidad. Esta crisis ha develado prácticas que se hacían en todos los sectores; no hay ninguno con supremacía moral. Y basta de pensar que la gente se portará bien por una conversión personal, deben haber legislaciones claras con castigos proporcionados. Es un escándalo que aquí los delitos de cuello y corbata tengan sanciones leves, mientras que los delitos comunes sean durísimos. Chile es tremendamente clasista, racista, elitista, y eso también está siendo cuestionado, ¡y me alegro! Hay una codicia desmedida, un individualismo exacerbado por el modelo que genera esta desconfianza, donde el bien común pasa a tercer plano. Esto se refleja en la rabia con que maneja la gente, la furia en las carreteras…

—Y en muchos estudiantes que destruyen todo en las manifestaciones.

—Me preocupa la delincuencia que en Chile es muy alta y violenta. Aquí la conciencia ciudadana de sentirse abusada es clave, que va desde la calidad de los productos que compras, hasta la colusión de farmacias, pollos y ahora la cuestionada Ley de Pesca que compromete a parlamentarios. No basta que alguien asegure que votó en conciencia cierta ley, cuando por años fue pagado por una empresa relacionada. Los chilenos no somos tontos, no nos pueden pedir que les creamos por buena fe.

—¿Y cómo salimos de esta crisis?

—Tengo la esperanza de que surja una nueva sociedad, aunque no veo un acento en la preocupación por los demás, por el bien común. La educación cívica es fundamental, ¡si los seres humanos venimos de los monos!, también tenemos una propensión al mal, por tanto la educación y las reglas son fundamentales. Además, aquí nadie habla claro, somos el país de los eufemismos, del doble discurso, y eso se demostró en cómo funciona el sistema político, las empresas, el SII, la Iglesia Católica, en el actuar de Carabineros; lo bueno es que aún nos escandalizamos, lo que nos puede llevar a buscar nuevas propuestas y salir adelante.

—Mientras,  la gente se siente huérfana.

—Veo esa orfandad y una gran necesidad de liderazgo. Un verdadero líder es quien reconoce las limitaciones, los errores, tiene una propuesta impulsada por un sueño y es capaz de entusiasmar. En ese sentido, hay una crisis de liderazgo, figuras como el Papa Francisco nos iluminan, y aunque pueda cometer errores y no le guste a todos, está poniendo los acentos en lo adecuado. Espero que de esto emerjan nombres que se abran a nuevas ideas, soluciones, caminos y diálogos en búsqueda del bien común y de acuerdos que no signifiquen arreglines. Todos los sectores debiéramos hacer un reconocimiento de nuestros errores y no caer en culpar al de al lado.  En eso los gremios empresariales, los comités de ética de los partidos debieran hacer mea culpas más consistentes y sólidos. Para eso se necesita amor a la patria, a la ciudadanía y deseos de construir algo mejor.

—¿Debiera entonces la Presidenta partir por reconocer que hizo pre campaña en pro de la transparencia?

—Hay que partir por un reconocimiento que significa humildad, luego detectar los problemas que tenemos y plantear cuáles serán los sacrificios para alcanzar las soluciones, porque aquí nadie quiere ceder nada. Todos encuentran fantástica la educación gratuita siempre que no les toque su bolsillo. Me apena ver cómo las figuras públicas han ido bajando sus propios estándares éticos no reconociendo, por ejemplo, que hicieron un trabajo para tal empresa o haciendo defensas corporativas a actos legales pero no éticos. El escenario que espero es de mayor regulación y fiscalización, aunque también podríamos derivar en un estancamiento de la sociedad, mayor deterioro de la convivencia o en un populismo frente a la orfandad de líderes. Podría aparecer alguien carismático que cohesione el malestar y nos lleve por el falso camino del atajo. Cualquier solución requiere trabajo, profundidad, seriedad, sacrificio, tiempo y mayor conciencia de nuestros deberes. En eso hay que partir por la familia que está criando verdaderos monstruos de hijos; son los reyes de la casa y unos tiranos con sus padres. Hay que inculcarles disciplina, rigor, obligaciones, y una de las más básicas que no cumplimos es el de votar.

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—La Iglesia está muy silenciosa en estos temas, ¿será que no se siente con la autoridad moral por lo cuestionada que está?

—Aunque tiene mucho que decir y proponer, vive un momento difícil, por eso está un poco callada y con ciertas divisiones internas que atenta contra cualquier mensaje. Nuestra primera tarea debe ser trabajar para recuperar la credibilidad puesta en duda por las víctimas de abusos sexuales. Un camino es acrecentar el diálogo interno y escuchar a la gente que tiene mucho que decir sobre cómo enfrentar esta etapa. La Iglesia está haciendo esfuerzos, pero con una contra muy grande desde afuera.

—¿Les perjudica filmes como El club y El bosque de Karadima?

—Vi El bosque de Karadima y me pareció una buena película; El club aún no la veo pero he recibido buenos comentarios. Estas cintas ayudan, contribuyen a seguir poniendo las cartas sobre la mesa, y a partir de ahí reconstruir en la verdad desde la humildad.

—¿Cree que las reformas del gobierno disminuirán la desigualdad?

—Eran necesarias, se requería recaudar más dinero, aun cuando expertos dicen que la reforma tributaria presenta problemas técnicos, por lo que me gustaría cierta apertura a modificarla. En la educacional, el fin al lucro, copago y selección van por el camino correcto, aunque está en proceso, sin un camino claro y con oposiciones de todo tipo y sectores.

—Aseguran que no apunta a la calidad.

—Me impresionó una estadística que señala que el 10 por ciento de los peores colegios de Shanghai eran mejores que el 10 por ciento de los mejores establecimientos chilenos. La educación aquí es bastante mala, incluso los particulares pagados que superan a los otros por el capital cultural y humano de sus alumnos. El desafío de la calidad es gigantesco e incluye a los privados. En muy pocos los alumnos salen de verdad hablando otro idioma y en casi ninguno aprenden a tocar instrumentos o desarrollan habilidades de investigación, entonces la segregación no es la solución. El otro gran tema son los profesores hoy en  guerra porque no quieren que los evalúen.

—Bastante molestia generó que Bachelet hablara de gratuidad sólo para las universidades del Cruch.

—¡Por supuesto!; discrimina, está mal y es injusto, ya que allí hay instituciones de muy mala calidad; espero se revierta… Ha habido desprolijidad, errores políticos en estas reformas gigantescas que requieren de tiempo, y cuyos frutos aparecerán después, con un pueblo descontento y un Estado frágil para fiscalizar y desarrollar incluso sus propios proyectos. Y aunque sea polémico que lo diga, creo que es muy importante la gran reforma de la Constitución o una nueva Constitución. Hay que buscar el mecanismo que nos dé confianza y seguridad, pero es indispensable contar con una Carta Fundamental moderna, democrática y adecuada a estos tiempos.

—¿Va por la Asamblea Constituyente?

—No sé, pero tampoco la demonizo. Hay experiencias buenas y malas. Con la revista Mensaje haremos propuestas de lo que debería ser una Constitución: moderna, inclusiva, que favorezca la cohesión social, la igualdad de oportunidades, más integradora en la región y que profundice la democracia con una ciudadanía fiscalizadora. 

—¿Como ha visto a la Presidenta?

—La estimo mucho, tuvo un difícil primer año; ella fue mandatada a dar pasos sustanciales para una menor desigualdad. Se han cometido errores, el primer gabinete no fue el adecuado y ahora hay un entrampamiento por el financiamiento político. Los chilenos quieren cambios en paz, sin embargo, cuando las reformas tocan los bolsillos de algunos, parten los desencuentros. Hay un factor económico que también influye en el escaso apoyo a las reformas y es que el país no crece como debería, entonces hay muchos intereses creados que desde distintos sectores están haciendo oposición,  y no necesariamente están de acuerdo entre ellos. Al final cada uno está mirando su propio nicho.