Me confieso culpable de sentir envidia muy poco sana. No puedo evitarlo. No sé si esto me está pasando sólo a mí o es una tendencia, pero en los últimos meses he visto como varios amigos han decidido tomar un año sabático. Un año, 365 días de libertad, 52 semanas sin programar la alarma del celular, 525.200 minutos sin participar en un grupo de whatsapp creado justo por ese compañero de trabajo que no se soporta.


Pero eso no es lo único que me provoca envidia. Admiro y envidio la capacidad de organización que han tenido: ahorraron y durante mucho tiempo midieron todos sus pasos para lograr el anhelado año sabático. Han sido capaces de hacer todo lo que yo me prometo que haré pero que nunca hago. La capacidad de ahorro y la organización no son dones con los que fui bendecida.


El año sabático debería ser un derecho. Todos deberíamos tener la posibilidad de contar con un periodo sólo para nosotros y hacer con él lo que se nos dé la real gana: estudiar, viajar, encontrar nuevas pasiones o simplemente echarse en el sillón a ver tele. No importa. Un año sagrado, un tiempo que nos permitiría entender quiénes somos de verdad, qué es lo que elegimos, queremos o buscamos cuando la libertad es absoluta, cuando no debemos cumplir con ninguna obligación, ni con el horario de oficina.


La práctica del año sabático tiene su origen en la ley mosaica que ordenaba que tras seis años de siembras y cosechas en el séptimo año se debía dejar descansar la tierra.


Lo hermoso en eso, es que el año siete no es el año de la flojera sino que es el tiempo donde la tierra se regenera, vuelve a llenarse de nutrientes y se prepara para las nuevas siembras.


Ese deberíamos vivirlo también nosotros. Pero es tan difícil. No sólo porque se debe ahorrar, también hay que ser capaz de superar el miedo a que te olviden en el trabajo, a quedar fuera de juego, a querer volver pero que tu puesto esté ocupado por otro.


Por eso los que se atreven me provocan envidia y también admiración, porque son capaces de saltar esas vallas o simplemente no las ven.


Quisiera hacer eso. Y no es porque odie mi trabajo, me gusta lo que hago. Es sólo que odio que llene la mayor parte de mi día y no me quede espacio para hacer cosas con las que sueño, no poder ir a lugares que quiero conocer. Qué ganas de despertar un día y tener el poder de entrar a la oficina, mirar al jefe y decirle tranquilamente y con una sonrisa dibujada en la cara: “una pausa y ya volvemos”.