Se acabó, al fin, otro dieciocho. Fiestas Patrias, si prefiere. Esas que este año fueron especialmente largas. Como todos los años –tal vez más en esta ocasión– el grueso de los chilenos (y me refiero a la mayoría, no a las características corporales) celebró a punta de asados, empanadas, fondas y excesos. Como todos los años (y más en este 2012), tacos en los peajes, accidentes, heridos y muertos. Nada cambia.

Tampoco cambió la previa. Más o menos un mes antes de esta fecha, grandes tiendas y supermercados con promociones de parrillas, fierros para anticuchos, alcohol y todo lo necesario para la celebración.

No cambió, claro, el afán periodístico por informar de lo que ocurría en todo Chile (aunque especialmente en Santiago). El “masivo éxodo” para explicar los tacos en los peajes, las notas sobre cuántos kilos subiríamos en promedio durante esta semana, las calorías de una empanada, un choripán, un anticucho, un vaso de chicha… periodistas devenidos en nutricionistas, recomendando “comer cosas que engorden menos y evitar las que engorden más”, o “preferir alimentos con menos calorías, dejando de lado los con más calorías”. Joyas de la obviedad.

La vuelta de los automovilistas a la capital (el proceso inverso al “masivo éxodo”), una vez más fue calificado por los apóstoles de la información como “operación retorno”. El despacho con algún alto oficial de Carabineros dando las cifras de accidentes y muertos, comparándolos con el año anterior para calificarlos de buenos o malos…

Los lloriqueos de los fonderos, que siempre piden un día, dos días más porque las ventas este año estuvieron muy malas, porque la lluvia nos perjudicó, porque el calor nos perjudicó, porque no alcanzamos a recuperar la inversión, porque justo este año nos habíamos preparado tanto y ya ve, nos fue tan mal.

Todos los años es lo mismo, y lo seguirá siendo. No importa que esta fecha no corresponda en realidad a lo que se celebra. El 12 de febrero es un día más, pero eso no importa. A nadie se le ocurriría ir ese día a una fonda, a una ramada. Y si se le ocurriera, no encontraría ninguna, en todo caso. Da lo mismo. La celebración de la Independencia es el 18 de septiembre. Las Glorias del Ejército el 19 de septiembre. Así es, y así seguirá siendo.

Somos (los seres humanos, y sospecho que los chilenos de manera especial) animales de costumbres. Da lo mismo si son buenas o malas, si nos gustan o no. Costumbres son costumbres, y como tales se respetan. Se celebran, se honran. Tal vez las Fiestas Patrias sean de las más arraigadas. Y como son varios días, se re celebran, se honran hasta el hartazgo, hasta la indigestión, hasta el coma etílico.

Y ahora viene la costumbre de quejarse. Porque engordamos, por la acidez, porque hay que volver al trabajo (del que en estos días nos olvidamos por completo), porque falta mucho para el próximo fin de semana largo, porque hay que terminar el mes aunque nos gastamos todo en pocos días, porque no hubo aguinaldo o fue muy poco. Porque sí, o porque no. Tal vez la única costumbre más arraigada que la del dieciocho sea la de quejarse. Quizá deberíamos instituir el día nacional de la queja. Pero que sea feriado.

 

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