Hay un lápiz en la mesa. Uno común y corriente. De pronto, Andrés Rillon lo toma, garabatea algo en el aire y lo lanza con un gesto despreocupado. El objeto se desliza hacia adelante y hace un par de piruetas en el vacío antes de golpear mi cabeza. “Usted me provoca con la pregunta del lápiz que tiraba Don Pío”, explica Rillon mientras el Bic sigue cayendo.

A sus 83 años, Andrés Rillon Romaní, abogado de profesión y creativo por vocación, sigue siendo el mismo que pasó a la historia como arquetipo de la televisión chilena. La misma mirada que a ratos se queda fija, en actitud perpleja. Y el mismo tono de voz apagado y monocorde que contrasta con lo inesperado de sus respuestas.

Puede ser que esté más mañoso y tincado. Pero si es así, apenas se le nota. Quizá lo más llamativo es que su hipocondría lo obliga a no alejarse demasiado de su departamento en Las Condes aunque, clínicamente, está como tuna. Pero le tiene terror a la ‘inasistencialidad’. No es a la muerte a lo que teme —insiste— sino a morir circunstancialmente por no tener un doctor a mano.

“Es un asunto de ‘Winter ya’”, explica, en alusión a su papel en la publicidad de una marca de cecinas. Como sea, la falta de sol mantiene a este viñamarino pálido como una mortadela y, sinceramente, uno no puede sino perturbarse cuando aparece con un suéter cuello  tortuga, mientras afuera caen las mortadelas asadas y él ni se inmuta.

Esta conversación va en muchas direcciones antes de retomar al sabio derrotero del absurdo. Un estilo que Rillon cultivó con éxito detrás de las tablas del Ictus y tras las cámaras de La Manivela. Rillon comienza a sacar fotografías de su vida, la mayoría de ellas testigo de alguna chacota: él y sus veinte y tantos nietos de quienes sólo conoce el nombre “por lote”; con su mujer por 54 años, María Elvira Reyes, una santa que le perdonó 20 años de infidelidades; Aramis, uno de sus muchos alter ego cuando fue crítico de televisión para El Mercurio; con su hermano gemelo Sergio; fotografiando a Jorge Pedreros en un retrato a lo Velázquez (el arte fotográfico de Rillon es muy pictórico).

“Ahora Pedreros, que para mí es un genio en lo que hacía, está entre la vida y la muerte (…) pero no tengo pensado ir a verlo porque les hago el quite a esos asuntos desde que vi morir a un gran amigo prematuramente”, cuenta y van saliendo fotos de gente que está muy enferma y de otros que ya pasaron ‘a mejor vida’, como se dice.

“Hay un cuento de Maupassant donde el protagonista abre un cajón del velador y comienzan a aparecer cartas, personas del pasado y es tanta la impresión que sufre un apagón de vela”.

Y luego se larga a hablar de sus últimas presentaciones en el teatro en colaboración con su nieto mayor, Sebastián Puga, y de sus planes de lanzar al ‘mercado de capitales’ alguna de sus fotografías.

Antes de convertirse en improvisador, estuvo 12 años como director del Registro Electoral. Por eso —dice— le fue tan fácil caracterizar a Don Pío. “Yo lanzaba el lápiz porque era el jefe y punto”.
—Había en ese gesto un rasgo de desinterés.
—Nunca lo había analizado. Sí, hay una especie de desinterés. En todo caso, se trataba de un acto intuitivo para producir comicidad. El mejor humor es pura intuición.
Conocida es la forma como salió cascando de la administración pública durante el régimen militar. El mismo —dice— se puso la soga al cuello al proponer un libro: Pinochet terminó, por intermedio del entonces ministro del Interior César Benavides, por encargarle a él la edición del mamotreto. Pero Don Pío no quería “hundirse en la administración pública” y dijo “no, muchas gracias”. Al día siguiente le pidieron la renuncia. “Afortunadamente, los nueve años que siguieron fueron los mejores de mi vida, económicamente hablando: fui jefe en La oficina, hice ‘Winter ya’ y una serie de ‘eventos’ que eran muy bien pagados”.
—¿De qué se trataban estos eventos?
—Llegábamos con Julio Jung y pintábamos un cuadro expresionista frente a la concurrencia. Fue un éxito, la locura más grande. Interpretábamos la realidad a través de los chorros de pintura. Por ejemplo, el rojo representaba la sangre.
—¿Se trataba de un mensaje subliminal?
—(Mira fijo) No, el rojo era la sangre de los deudores bancarios. Mire, yo en el humor nunca he hecho política. Me parece muy barato. Lo encuentro In-i-ma-gi-na-ti-vo.
—¿Le gusta lo que hace Kramer?
—No. Es que Kramer es un imitador de personas. Y si mete a los políticos es porque son conocidos. El es otro tipo de espécimen. Nosotros éramos de hablar y hacer reír.
—¿Qué pasó con ese tipo de humor en Chile?
—Lo que se terminó son las personas capaces de hacer ese humor. Hoy no sé qué pasa porque hace 20 años que no veo televisión, como para explicarle con propiedad.
—El humor cambia. El de La Manivela era muy diferente del que hacía en el Jappening.
—Muy distinto. El Jappening fue un fenómeno especial, pero cualitativamente inferior al realizado por los actores. El del Ictus era de otro nivel. Ahora, convengamos que el Jappening tenía valores propios y no hay por qué comparársele.
—¿Y qué le gusta a usted?
—La verdad es que sólo me gusta lo que yo he hecho. Y no es egolatría. Lo que ocurre es que conmigo es con el único con quien me entretengo. La razón está en que soy un improvisador. Estoy constantemente inventando. Nunca me he aprendido un libreto.
—¿Y en el día a día?
—Me entretengo solo. El otro día vinieron tres de mis hijas y me invitaron a salir al sol y les dije que no. (Entonces se pone grave por primera vez durante la entrevista). Lo que no me gusta es quedarme solo en la casa. Prefiero morirme en la calle.
—¿Por qué?
—Porque allí pasan micros.
—¿Para que lo lleven a la clínica?
—¡Usted me adivina! Lo que ocurre es que no me gusta la in-a-sis-ten-cia-li-dad. Y este sentimiento se me ha ido acentuando. Me quedó grabado el marido de una cuñada al que le vino un infarto en Llolleo… y, claro, hasta que llegó al hospital en Santiago, poco duró. En cambio aquí estoy a diez minutos de la Clínica Alemana. Ahora, uno puede morirse, obviamente, en este mismo instante. Pero lo que me importa es saber que no estoy desamparado.
Tiene hipocondría desde los 19 años. “Fue en abril a las cuatro de la mañana en Viña del Mar. A esa hora sentí la resaca del mar. Vivía a tres cuadras de la playa y dije: esto es maremoto. No se llamaban tsunamis todavía. Fui el precursor de las arrancadas a los cerros. Durante toda una semana a las siete de la tarde huía del mar. Entonces tuve que someterme a un sicoanálisis”.
Se define como un gran freudiano:
“El sicoanálisis que me hicieron fue totalmente ortodoxo: recostado en un diván, él detrás de mí. Recuerdo que me dijo: hable lo que quiera, incluso lo que le parece sin importancia. Y si quiere, no hable. Puede insultarme. Lo único que le pido es que no me golpee ni me rompa el mobiliario. Cuando llevaba un año y medio me sentí capacitado para liberarme y me fui”.
—¿Por qué se sintió liberado?
—Cuando completé siete días sin dormir, mis padres me llevaron a uno de los dos más renombrados sicoanalistas de Valparaíso: un imbécil, aunque tuvo razón en su diagnóstico. En la primera sesión me dijo: la culpa de todo la tiene su madre. Para alguien que ama a su mamá, como yo la amaba, fue un desatino muy grande. El siguiente siquiatra me dio una teoría. (…) Es que en todo este problema hay un asunto sexual que es muy complejo. A los cuatro años y medio mi madre me quemó las manos en una cocina de esas con lengüeta de fuego.

LOS CANDIDATOS

—¿Qué le parece Piñera a quien se le critica su falta de simpatía?
—Mire, él no me es antipático, lo que es distinto de que sea simpático.
—¿Y Michelle Bachelet?
—No me gusta, pero por razones frívolas: Es bonita de cara, pero tacuaca. Políticamente, me parece bastante aceitosa.
—¿Allamand?
—Es ambicioso desde su más tierna infancia. Ahora, parto de la base que es buena persona.
—¿Y Golborne?
—Me parece que tiene un perfecto equilibrio sico-intelectual. Un equilibrio que es físico también: aunque parezca frívolo, él tiene a su favor que es típicamente chileno.
—¿En qué sentido?
—Si va en el Metro nadie diría ¡mira el extranjero!
—¿Andrés Velasco?
—Fría inteligencia, buena cara, pero ambicioso como un taladro.
—¿Son ambiciosos los taladros?
—Se me ocurrió ahora. Pregúntele a un tarugo mejor.
—¿A quién le gustaría ver en La Moneda?
—A Golborne creo yo. Por eso del equilibrio sico-físico-intelectual. Es muy representativo de un chileno eficaz.

Lea la entrevista completa en la edición del 12 de abril.