Como ya saben conocí y me casé con el vikingo en Seúl, Corea, a fines del siglo pasado. Yo hacía un máster en la Universidad de Corea y tenía mi vida planificada en detalle hasta que apareció el vikingo y caí fulminada. Y sigo así hasta hoy.

Viajar es una de mis pasiones y cuando me acercaba a los 30 y me gané una Beca Samsung para estudiar en Seúl, me pareció que además de darme la posibilidad de una especialización que me interesaba, me daba la posibilidad de descubrir Asia, un continente que todavía no había visitado. Además, necesitaba una pausa en mi vida sentimental; no quería tener un hombre en mi vida y quería concentrarme en mi profesión que por esos días planificaba hasta el último detalle y a larguísimo plazo.

Al año y medio el vikingo apareció en la Universidad de Corea. La casualidad lo llevó a mi universidad y a vivir a cuatro puertas de mi habitación. Su plan era trabajar en la embajada danesa y estudiar en la universidad por un trimestre. Por eso, cuando me invitó a salir, acepté. Me pareció atractivo y simpático. Y de Dinamarca poco o nada sabía.

Comenzamos a salir y descubrí que era un excelente conversador, que era divertido aunque no siempre podía seguir su sentido del humor, que le encantaba viajar y que era muy preocupado —por las mañanas a veces encontraba una nota en mi puerta diciendo, “iré al nuevo supermercado, ¿necesitas que te compre algo?”—. En esos tres meses viajamos por la zona, vimos unos cuantos amaneceres conversando y aprendí que besaba como los dioses.

Llegó diciembre y la despedida. Él regresaba al reino nórdico y yo, a pasar Navidad a Chile. Las lágrimas brotaron y un beso en el aeropuerto me hizo pensar que era el final de un cuento danés como los de H.C. Andersen.

Regresé a terminar mi tesis a final de enero y ¡oh, sorpresa! el vikingo aterrizó nuevamente en Seúl la primera semana de febrero. Jugado el hombre. Y la primera noche me pidió matrimonio. Nos casamos por el civil en Seúl, por la iglesia en Curicó y aterricé en Dinamarca el día más frío de febrero del 2000… y el me susurró algo así como “vete acostumbrando, querida”.

¿Cómo ha sido? El plan inicial era vivir acá 4 años, el tiempo que duraba su doctorado. Pero como nos ha enseñado Pedro Navaja, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!”. Llevamos ya 15 años con bastante de dulce y con toques de agraz aquí y allí, para matizar.

En general, como todo hombre y como los daneses también, el vikingo es reservado y a veces es difícil leer su pensamiento y acertar, pero en esa reserva y distancia que pareciera poner, da espacio para la comunicación y conversamos mucho. Él pone el orden cuando yo navego en el caos. Cumple normas y reglas a rajatabla y con él y mis hijas he aprendido a cruzar en las esquinas. ¿Aburrido? No sé si aburrido o predecible, pero tiene sus momentos en que quisiera zamarrearlo y decirle “¡no importa saltarse las reglas de vez en cuando!”. Me he preguntado si su actitud tiene que ver con que yo soy católica y me confieso de tarde en tarde, mientras él como protestante no considera esa alternativa.

Es apoyador y me da espacio. Eso para mí es impagable y, por cierto, es recíproco.

Sigue siendo tierno y besando como los dioses. Si bien los daneses, en general, no son buenos para recibir ni dar cumplidos, el vikingo no tiene problemas en darme el buenos días con una palabra dulce e irónica sobre lo bien que luzco chascona. No puedo generalizar y no sé bien si es algo innato o aprendido, pero este vikingo todavía me sorprende con un mensajes de texto dulces —o sexies— un día cualquiera, con una caricia casual que nadie más note y con ese tipo de complicidades íntimas que hacen que sigamos sintiéndonos como cuando recién nos conocimos.

Sin ser un Adonis tiene una mirada muy masculina y una actitud hacia él mismo y hacia mí que lo sigue haciendo atractivo y deseable. No me puedo quejar y aunque contradiga a Raffaella Carrá, debo decir que “para hacer bien el amor, también hay que venir al norte”.

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