En el mercado mágico-misterioso es posible encontrar un variopinto abanico de triquiñuelas, algunas más honestas que otras. En el extremo más inofensivo de esa cuerda, la de vender simple entretención, se cuentan esas fantasías inocentes que no prentenden dejar moraleja alguna, pero que no pocas veces lo hacen. En el otro, las que alimentan un fanatismo alienante que puede ocasionar desvaríos, dar origen a sectas y, especialmente, terminar desvirtuando algo que merecía un mejor destino que volverse superstición. Ahí tiene como ejemplo, a la física cuántica convertida en autoayuda.

Pensé mucho en esto después de ver el documental América, la revelación. Sin duda con buenas intenciones, este trabajo -obra de un grupo de personas entre quienes se cuentan intelectuales e investigadores serios, dentistas aficionados a lo oculto y a conferencistas-gurús-, parte con datos demoledores sobre asuntos que la ciencia tradicional no está interesada de que nos enteremos, secretos mal guardados, aunque poco conocidos. La verdad siempre está más allá de lo oficial, tal como la tierra siempre fue redonda, aunque fuera plana para quienes creían en ello o les convenía.

Tiene una excelente factura, aunque la trama de un protagonista-narrador sea un tanto melosa (probablemente inspirada en What the bleep do we know?). Su gran mérito es rescatar investigaciones que demuestran que la civilización humana comenzó mucho antes de lo que nos enseñan en el colegio, particularmente en nuestro viejo y querido, desconocido y misterioso continente. Tal vez sean pocos quienes han oído hablar de la cultura Tiawanaku, que floreció en Bolivia alcanzando un nivel de sofisticación increíble muchísimo antes que los Incas, Aztecas y Mayas. También puede ser una sorpresa enterarse de que lo más probable es que los habitantes de ese mundo antiguo estuvieran en contacto con los chinos, egipcios, hindúes, etc., a pesar de las enormes distancias, y que el “descubrimiento” de Colón no fue lo que nos han hecho creer (algo que hoy solo los simplones creen). Desde ese punto de vista, la “revelación” de datos bien concretos, que mueven a la reflexión y estimulan saludables dudas, se agradece.

El problema entra en escena, como siempre, cuando en lugar de hipótesis se nos imponen como certezas cosas sobre las que nadie tiene ni puede tener, en su sano juicio, seguridad. O si las tiene, no puede incurrir en el error de salir a vociferarlas sin terminar atentando contra ellas. Es cierto que todas las culturas del mundo antiguo, la Biblia misma, otros libros sagrados y una enorme cantidad de  vestigios históricos demuestran que el mundo que conocemos no fue para nada como creemos y también que permiten debatir sobre la eventual existencia de continentes perdidos y hasta la presencia de “inteligencias foráneas” involucradas en nuestro origen. Es verdad que la religión y la ciencia unidas jamás serán vencidas (es un decir, claro), en su empeño por mantenernos dormidos. Pero cuando se mezcla todo en un discurso iluminado y se nos ofrece cuál fuego sagrado que un filantrópico Prometeo  se ha robado gratis para nosotros, hay que tener mucho cuidado. El delirio megalómano está muy cerca del éxtasis que provoca una genuina epifanía mística y quien la haya vivido realmente se cuidará mucho de obedecer el primer impulso de salir a los caminos para “liberar a la gente”, porque una cosa es descubrir algo y otra muy diferente es comprender sus implicancias.

Ir de iluminado por la vida entraña graves riesgos. Si no me creen, pregúntenle a Juan Andrés Salfate. Tanto si se dice la verdad o se la tergiversa sin querer (las conspiraciones, de hecho, se valen a sus anchas de tontos útiles bienintencionados) o se toman algunas pizcas de verdades sueltas y se las mezcla para hacer un jarabe multipropósito de salida fácil, como tan eficazmente hace Paulo Coelho para cocinar la cajita-feliz-metafísica-editorial de ocasión con que financia su sofisticado estilo de vida. Quiero creer que tras “América, la revelación” existe algo más que un modelo de negocios disfrazado de cruzada, pero apuesto aquí y ahora que cuando el coro de ávidos compradores de secretos develados haga fila para pedir más, para opinar también sobre sus propias fantasías, para dejarse activar la glándula pineal sin mayor esfuerzo que tener la billetera a mano, sus productores y promotores no los van a mandar devuelta a casa exortándolos a pensar por sí mismos.

Sumando y restando, creo que “América, la revelación” es un documental que hay que ver, pero ponderarlo muy seriamente con excepticismo de principio a fin, especialmente para evitar que lo interesante y digno de consideración disfrase el mal sabor de un jarabe de fanatismo que de otra forma no muchos tragarían. Con esa disposición, por el contrario, uno puede llegar a comprender, otra vez, aquella sana revelación de los sabios de todas las épocas y lugares, que reconocen “solo se que nada se” y, algo no menor, en una de esas quedarse con el sentimiento inspirado de vivir en un mundo mágico, donde todo está por descubrirse aún, y en una tierra, la querida América de los hijos del sol, donde se gesta el futuro. Con eso, al menos para mi, ya es más que suficiente.

>En Twitter: @Daniel_Trujillo

>Aquí un avance de ALR:

Avance ALR from America larevelación on Vimeo.

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