Sin embargo, hoy a pocos días de cumplirse 26 años de la partida de mi pequeño Francisco, creo firmemente que fue un gran privilegio que nuestra vidas se entrelazaran.

Cuando se entra en contacto con la muerte de un hijo, algo totalmente antinatura, es habitual reflexionar sobre cuestiones que nunca antes habíamos pensado. Nos hacemos preguntas como por ejemplo: ¿En qué creo y en qué no creo?; ¿tengo fe en Dios o no?; ¿existe o no el paraíso? También nos hace pensar en las injusticias de la vida, en las oportunidades truncadas y nos decimos una y otra vez:‘‘No es justo, no es justo”.

Recuerdo que en un comienzo puse mi vida en piloto automático, como si mis emociones estuvieran congeladas, me cerré en mi misma, me sentía paralizada. No sabía como afrontar esta nueva realidad. Después supe que el vacío y la incredulidad son reacciones normales que forman parte de la manera en que nuestro cuerpo responde al período inicial, el shock de los primeros días.
Yo me preguntaba cómo crear y darle orden a mi vida dentro del caos interno, cómo volver a funcionar si ya nada tenía sentido.
Cien años atrás había reglas claras sobre el duelo o al menos, en cuanto al comportamiento que había que mostrar en público. Una viuda vestía de negro por dos años y los padres de un hijo muerto  probablemente llevaban luto de por vida.

Hoy nuestra cultura nos exige “superar este momento” como si la muerte de ese hijo a quien amábamos más que a nosotros mismos, fuera comparable con tener un poco de fiebre.
La muerte de un hijo no se supera jamás. Los padres podemos readecuarnos a la vida sin la persona amada, manteniendo una relación a pesar de la muerte.

CS.Lewis en su libro “Diario de un dolor” dice:‘‘El dolor es como un largo valle lleno de altos y bajos donde nos encontramos a veces frente a un panorama totalmente nuevo y a veces exactamente frente al mismo paisaje que pensábamos haber dejado atrás. Es en estos casos cuando te preguntas si el valle no es otra cosa que una fosa circular”.

No es raro sentirse peor seis meses, un año o dos, después de la muerte de un hijo.No hay que alarmarse por sentirse mal, ya que es un mito que el tiempo sea el gran sanador de los dolores.El tiempo no sana, reduce a la mitad la cicatriz.Es normal en el duelo experimentar distintas emociones en conflicto entre ellas, todas de una vez, o pasar de un estado de ánimo a otro, sintiéndote como empujado en el medio de una tormenta.
A veces nos encontramos reprimiendo nuestras emociones por miedo a hacer sufrir a los demás y nos sumergimos en el silencio y en el aislamiento.
Otras veces necesitamos hablar de nuestro hijo fallecido ya que eso nos permite tomar conciencia que su recuerdo permanecerá para siempre en nuestro corazón. Y al mismo tiempo aprendemos a considerar su existencia en la ausencia física.

Es absolutamente normal entrar y salir del dolor y la tristeza. No hay reglas ni normas en lo que al duelo se refiere. Es por eso que somos nosotros, los padres en duelo, las personas más competentes para juzgar qué cosa es mejor o peor para nosotros mismos. Los demás sólo pueden tendernos una mano y acompañarnos en el dolor, escuchándonos pero no imponiéndonos sus ideas ni creencias, ni tampoco decirnos lo que está bien o mal.
La muerte de un hijo nos hace tomar conciencia de nuestra propia muerte y de la finitud de la vida, pero también nos permite apreciar los pequeños momentos y saborear los olores y los sabores que disfrutábamos con el que ya no está.
El duelo es quizás el mayor desafío que enfrenta el ser humano, pero es posible volver a la vida y dar a quienes nos rodean el amor contenido en memoria del que ya no está.