Fuimos a San Pedro de Atacama. Un paraíso lejano a toda imagen mental porque es imposible imaginar un escenario así sin haber estado. Créanme la mini vikinga es una consumidora ávida y apasionada de documentales, se los ve todos y suelo engancharme cada vez que se trata de Chile y estamos en el otro lado del Atlántico. Por eso habíamos visto esos paisajes y escuchado las descripciones. Pero las palabras y las imágenes editadas se quedan cortas porque las sensaciones, emociones y atmósferas que se generan son únicas e indescriptibles. Son salvajes, son sorprendentes, son cósmicas; sacuden el cuerpo y el alma. El desierto de Atacama te alucina y te enamora.

Mi buena amiga copiapina Elena, ya lo había dicho: “Disfruten de la magia de nuestro desierto, empápense de silencio, ese cielo estrellado, envuélvanse en sus colores” ¡Cuánta razón tiene! Porque por extraño que suene el desierto te envuelve con colores, incluso cuando hablamos del más árido del mundo. El lugar perfecto para regocijarse en los colores del alba y del atardecer, sentados, quizás en una roca -literalmente-, en medio de la nada.

Creo que nunca nos habíamos sentido tan “pequeñas” ante la naturaleza antes de esas caminatas en el Valle de la Luna, en Piedras Rojas, en las lagunas altiplánicas Miscanti y Miñiques, los Geysers del Tatio, por ejemplo. Por momentos, no parecen reales, no parecen ser parte de este planeta, y te llevan finalmente a un espacio temporal perdido en la línea del tiempo.

Por las tardes caíamos extenuadas y por las mañanas nos levantábamos igualmente ilusionadas pensando en la aventura del día. Y nos dimos cuenta de que San Pedro y sus alrededores hay que vivirlos, hay que experimentarlos del alba al atardecer.

Mientras estuvimos allí creo que el asombro nos enmudecía y con cierta frecuencia nuestros diálogos eran: “¡Mira!” “¡Wow!” … y el silencio seguía a la mirada que intentaba guardar en el corazón más que en una cámara lo que observábamos. Nos enamoramos de los elegantes flamencos, de las vicuñas salvajes que se veían en las montañas, de esos zorros, pequeños y ágiles que nos sorprendían a lo lejos.

“Mamá, este lugar tiene un aire a Rishikesh y su onda medio mística, medio hippie”, me dijo la mini vikinga mientras recorríamos las polvorientas calles de San Pedro, recordando nuestro paso por India, el año pasado. Y creo que no se equivoca en eso de la buena onda y las buenas vibras que se viven allí.

En resumen: Sí, es un lugar mágico. Volveremos, sin duda, cuando el resto de la familia se asome por acá. Allí te invade la emoción de lo bello, de sentirte realmente afortunado de ver y vivir esos paisajes que te aceleran el pulso y el corazón.

Una vez más he confirmado que viajar es uno de los mayores placeres que nos ofrece la vida y que viajar con los hijos es una experiencia única. Ver lugares nuevos, “payasear” juntas, salir de nuestra zona de confort y sorprendernos con lo inesperado es impagable. La mente se abre, te re-encantas con la naturaleza, también con la gente y te renueva esto de compartir experiencias con ojos que miran desde sus 15 años y no de tus casi-50. Se genera una conexión distinta que luego, cuando vuelves a la rutina de la ciudad, el colegio y el trabajo, aporta gotas de relajo, de distensión y recuerdos que te vuelven a poner una expresión de sorpresa o una sonrisa en el rostro… y hasta las típicas “negociaciones” de fiestas, órdenes, deberes y responsabilidades se vuelven más fluidas.

Si alguna vez me siento -como cualquier madre o padre de adolescente- abrumada por las controversias existenciales de mi par de adolescentes, viajar con ellas, con ambas o con cada una por separado, cada vez renueva mi entusiasmo por estas aventuras. Luego me las imagino a ellas mismas descubriendo el mundo en el futuro, con sus propios hijos, y no puedo dejar de emocionarme y pensar en la bendición de estos momentos, de este tiempo, que se comparte con tanta libertad.

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