Hace 20 años pasé mi último Mes de la Patria por estos lados. Durante 20 años me he armado mis “18s” con otros chilenos algunas veces, sola otras, y tras armar familia con el vikingo intenté hacerlo partícipe a él y luego a nuestras hijas de lo que significa para nosotros esta celebración. El vikingo, oriundo del reino que prácticamente nunca ha estado sometido a otra Nación -la excepción fueron los 5 años en que vivieron la ocupación nazi entre 1940 y 1945-, creo que no logra entender mi emoción cuando pasamos agosto, pero para mí de verdad que es algo que se siente en el alma.

En estos años he aprendido a armar mi propia fonda familiar donde sea que esté, “a la Tati” pero con cariño y entusiasmo. Pero hay una cosa que me ha estado molestando y causando una enorme nostalgia: bailar cueca.
De hecho, la última vez que bailé mis 3 pie de cueca fue el día de mi matrimonio aquí en Chile. Fue en diciembre hace varias vueltas al sol atrás, pero ¡qué importa! la cueca no tiene o no debería tener época del año para ser honorada y disfrutada. Y qué quieren que les diga, el vikingo va a todas, es apoyador y empeñoso pero la cueca no es lo suyo. Así las cosas, una de mis mayores ilusiones para este año de reencuentro local, cara a cara, con las fondas, ramadas y el espíritu de la fiesta más chilena del año, es sacarme las ganas de 20 años de abstinencia cuequera.

Con toda la alegría del mundo le compré el “pañuelito cuequero” a la mini vikinga para que aprendiera los pasos de nuestro baile nacional en la clase de gimnasia, en su colegio chileno y a solo semanas de haber comenzado. Y enganchó, le hace empeño y me mira con otra sonrisa cuando le digo “puchas que me gusta la cueca”. Me gusta porque la siento femenina, coqueta, sensual, juguetona y, al mismo tiempo, tiene un espíritu, fuerza y sentimiento muy propios. Me gusta por su lenguaje, por esa mirada que no se baja, por esa sonrisa que busca conquistar. Me gusta por la pasión de la conquista que viene tras cada “paseo” introductorio. Me gusta por el tira y afloja, porque es temperamental y delicada. Me gusta porque no solo se baila, sino que se siente y se vive. Me provoca orgullo verla bailar con gracia y propiedad y me molesta mucho cuando se la baila “pa’ echar la talla” ¡¿Cómo un buen zapateo que saque chispas va a ser broma?!

Sin duda la técnica del baile tiene su sentido y recuerdo lo que ensayaba en mi niñez para que el 8 me saliera bien y el “escobillado” tuviera su gracia. Pero con los años logré bailarla sintiéndola, siguiendo con naturalidad los sones de la guitarra, el acordeón y el “tormento”. Y eso es lo que quiero revivir ahora. Quiero sentirme una con mis raíces provincianas y olvidar las nostalgias, por un momento, entre una vuelta y un zapateo.
La música, el baile, las tradiciones es algo que sin duda debo a mi familia. Y me gusta pensar que ahora aquí, con la vikinga menor, puedo también transmitirle a ella de manera más viva, más de piel, otra de las cosas que llevo con orgullo en mi identidad de “chilena patiperra”.

¿Mi cueca favorita? “La consentida”… ¡y no podría ser de otra manera! Dirán los que me conocen. ¡Felices Fiestas Patrias!

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