Brígida es la mayor de los Díaz Méndez y la única que todavía vive en Lo Barnechea, en el mismo barrio donde todo pasó. Su casa, en la población Lo Ermita, está a tan sólo cuadras del lugar en que Delfín, su hermano menor, fue encontrado muerto, colgado de un eucaliptus, y muy cerca del sitio donde apareció sin vida el cuerpo de Alice Meyer. Estos hechos marcaron a dos familias que se sumieron en el dolor y desesperanza por casi 30 años. Hoy una querella reabrió la investigación por la muerte de Delfín Díaz y, de paso, encendió entre sus cercanos la ilusión de alcanzar la postergada justicia.

La historia comenzó a escribirse el 15 de diciembre de 1985. Ese día Alice Meyer Abel (25), la hija menor del empresario gastronómico José Meyer, dueño del restorán München, salió en su moto sin destino conocido y nunca más regresó. Fue encontrada la mañana del 17 de diciembre asesinada en Lo Barnechea. Las pesquisas intentaron reconstruir sus pasos a través del círculo íntimo y también de las personas que estaban cerca del sitio del suceso ese domingo. En el expediente no consta declaración alguna o interrogatorio a Delfín Díaz Méndez (entonces de 21 años), sin embargo, él se convirtió en protagonista de esta trama cuando, días después, el 26 de diciembre, apareció ahorcado, con el reloj Swatch de Alice Meyer en su muñeca izquierda, prueba utilizada por la policía para sindicarlo como el asesino de la joven. La versión oficial dice que habría sido un robo con homicidio y que, para no cargar con la culpa, decidió colgarse del gancho de un eucaliptus en el Cerro 18 de Lo Barnechea, que entonces no era más que un peladero. 

La mañana del 26 de diciembre Brígida se enteró de la noticia a través de una amiga.“En ese momento vivía en la Villa Lo Barnechea, a un costado del colegio Nido de Aguilas. Unos jóvenes vieron a Delfín muerto. Cuando llegué, había una decena de curiosos. Lo primero que pensé fue: ¿por qué le hiciste esto a mi mamá? Estaba con las piernas dobladas, en cuclillas y con los pantalones ensangrentados en la entrepierna. Lo colgaron, era evidente. Tampoco le vi el reloj que supuestamente robó… solamente lo miré. En ese momento escuché unas sirenas y llegaron dos vehículos negros. Uno de los hombres preguntó: ‘¿Hay algún familiar?’”.

A Brígida la subieron a uno de los autos. “Calladita nomás”, le dijo uno de los hombres mientras la encañonaba. A Delfín lo bajaron del árbol y lo desnudaron. “Vamos a pasar a tu casa para que saques ropa suya y luego seguimos a la comisaría de Lo Barnechea para tomarte una declaración”, fue lo siguiente que le anunciaron. Pero después de ir a su casa, el auto no paró hasta llegar al cuartel central de Investigaciones en calle Borgoño. “Me llevaron a una sala en un subterráneo; ahí me entregaron un papel para que firmara; decía que yo, Brígida Díaz, hermana de Delfín, lo había visto hace 10 días con un reloj de tales características. Les contesté que eso no era cierto.  Me amenazaron, pero me negué a firmar. Me sacaron de un brazo y me dejaron en otra sala; mientras esperaba llegaron mis hermanos, mi marido, mi mamá… Ninguno avaló esa declaración”.

Sin embargo al día siguiente, en una concurrida conferencia de prensa, la Policía informó la solución y, con ello, el cierre del caso. El juez de la causa, Fernando Soto Arenas, se indignó; solo él podía decretar el fin de la investigación y anunció que seguiría trabajando, pero con el OS7 de Carabineros, y marginó de las diligencias a Investigaciones. Se desató una guerra entre las policías que incluyó protección de testigos, seguimientos, amenazas y más. Especialmente porque muchos antecedentes apuntaban a los policías civiles como sospechosos del crimen de Delfín Díaz.

“A mi hijo lo mataron, él nunca tuvo nada que ver con la muerte de esa chica; él era ladrón, no un asesino”, solía decir Brígida Méndez, la madre del joven delincuente,  a quien la quisiera escuchar. Dio entrevistas, golpeó puertas, llevó el caso a la Vicaría de la Solidaridad donde el abogado José Galiano la patrocinó, por lo que recibió varias amenazas. Sin embargo, más allá de sus intentos, la causa fue sobreseída en 1991, catalogada como suicidio por la jueza Raquel Camposano. Eso, pese a las versiones que indicaban que el joven habría sido torturado y asesinado por agentes del Estado. “Mi mamá murió hace 10 años. Este era un capítulo cerrado para nosotros —cuenta Brígida—. No queríamos recordar. A mi hermano lo acusaron injustamente… Nos trataron como si fuéramos muy poca cosa, pero la pobreza no significa que no podamos tener justicia”. 

Conmovido con esta historia, que rescató de una vieja revista donde se entrevistaba a la madre de Delfín, el abogado Alvaro González buscó insistentemente a Brígida. Fueron varias negativas antes de que la mujer decidiera reabrir la herida.    

Hace un año González presentó una querella contra los autores intelectuales, materiales, cómplices y encubridores de la muerte de Delfín. Debido a la participación de agentes del Estado y de acuerdo a las convenciones de Derechos Humanos,  se trata de un caso Lesa Humanidad, por definición imprescriptible, lo que permitió reabrir la investigación, hoy a cargo del juez Mario Carroza.

“La historia de Delfín es una parte oscura de mi vida, fueron años de mucho dolor. Mi mamá sufrió hasta el día de su muerte buscando la verdad”, señala Brígida.

La mujer recuerda que incluso la acompañó hasta el restorán de José Meyer cuando ya casi había pasado un año de la tragedia. “Ella necesitaba decirle que Delfín no había matado a nadie, que era inocente. El le contestó que se quedara tranquila, que sabía muy bien que el asesino estaba libre y que no era él…”.

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Delfín Díaz nació a los siete meses, el 16 de abril de 1964. Era enfermizo; aprendió a hablar a los tres años y a caminar a los cuatro. De grande tartamudeaba. Por eso lo llamaban el Coco, como el personaje de un programa radial de similares características. Era el menor de diez hermanos, no terminó la enseñanza básica y se hizo amigo del grupo de delincuentes Los parafinas (Hugo, Marco y Claudio Cepeda Núñez); con ellos conoció la marihuana, el neoprén y se inició en los robos. En el expediente su madre declara que fue acusado de hurto y violación, pero que salió a los tres meses de la cárcel sin cargos.

“Nunca le comprobaron nada —sostiene su hermana—, era un cabro que andaba por ahí, leseando con otros; iban al cerro, cazaban conejos y los vendían, pero no era malo”.

Ese 15 de diciembre Delfín y su amigo José Antonio Contreras Araya, alias el Topo Gigio fueron al sector del Huinganal a ‘conejear’ y espiar a las parejas que solían pololear en el lugar. 

Allí —de acuerdo a la versión entregada al OS7 por el Topo Gigio—, los jóvenes  habrían reconocido al empresario Mario Santander Infante como el hombre que acompañaba a Alice Meyer. 

De acuerdo a los alegatos del abogado Marcelo Cibié, quien representó a la familia Meyer, Delfín y el Topo Gigio, presenciaron una fuerte discusión entre Meyer y Santander seguida por un forcejeo; Ella al parecer se resistía a un encuentro sexual. Luego, él le habría dado un golpe de puño en la cara, Alice perdió el equilibrio y al caer se pegó en la cabeza con una piedra y quedó tendida. Finalmente, los hombres aseguraron que habrían visto cuando él la llevó hacia un arroyo donde la abandonó, semidesnuda. 

Luego, las versiones de los hechos que figuran en el expediente son confusas.

Intrigados con la situación, los fisgones se acercaron al cuerpo de Alice. Delfín comenzó a tocarla; se asustó al escuchar un quejido y, temiendo que los inculparan, huyeron con el reloj Swatch de Meyer, un accesorio que ella había traído de EE.UU., una exclusividad por aquellos años.

“Ellos le robaron. Pero también estaba la moto y muchas cosas que no se llevaron. Creo que se asustaron y pensaron: ‘la mató y nosotros vamos a pagar por esto’”, cree Brígida.

De acuerdo a trascendidos de las actuales pesquisas en manos de Mario Carroza, Delfín habría utilizado el reloj para extorsionar a Santander Infante.

“Mi hermano conocía a este señor porque era caddie en el Club de Golf de La Dehesa donde él jugaba. Además, vivía en esta misma comuna. A lo mejor hubo un poco de extorsión; como consumían algunas drogas quizá dijeron: ‘Le pedimos un poco de plata y nos quedamos callados’”, reflexiona Brígida.

Esa fue la versión que entregó el Topo Gigio ante el OS7, donde aseguró que él esperó mientras el Coco se reunía con Santander y le entregaba el reloj.

Luego de pasar la Navidad con su familia, Delfín se trasladó al restorán El pollo chico, ubicado a metros del condominio de los Santander en calle Raúl Labbé, donde hoy se encuentra una funeraria. Pasada la medianoche, cuando el local había cerrado y todavía permanecían algunos clientes en el interior, tres hombres se presentaron como detectives. Se dirigieron a Delfín y se lo llevaron. Horas más tarde apareció muerto. En el expediente hay un testigo (Juan Vásquez) que declara haber escuchado gritos de Delfín durante esa madrugada.

“Delfín Díaz Méndez murió por estrangulamiento y no por ‘ahorcamiento de tipo suicida’, como fue la versión oficial de la época”, añade Álvaro González. Apreciación que comparte América González, la forense que tuvo a su cargo la segunda autopsia de Díaz, efectuada casi un mes después del crimen, a petición expresa del juez Fernando Soto Arenas.

“Simularon una asfixia por ahorcamiento, pero es una suspensión por terceros estando vivo, inconsciente y con alcohol en la sangre. Además, el cuerpo presentaba lesiones sugerentes de acción de terceros. Todo lo que detecté era compatible con un asesinato”, asegura la tanatóloga. 

Entre los aspectos que destaca está el nivel de alcohol en la sangre: 1.08 gramo por litro. “No estaba en condiciones de trepar un árbol; tampoco tenía la motricidad fina para hacer el nudo y colgarse a dos metros setenta, y por último, no existía evidencia alguna en sus manos de que hubiese intentado subir el árbol”. 

Según concluye esta profesional, claramente Delfín fue torturado y golpeado repetidamente en los testículos, lo que lo dejó inconsciente. Luego lo colgaron con una soga o una correa, para después simular que se suicidó con su propio chaleco. “El tejido del suéter es un vínculo blando que prácticamente no deja huella, en cambio él tenía un surco de un milímetro de profundidad en el cuello, presentaba una línea argéntica, es decir el tejido graso estaba roto, imposible de lograr con una prenda de lana. Sin embargo, ninguno de los antecedentes que entregué en su momento fueron tomados en cuenta. Creo que fue una investigación poco acuciosa. Y afectada, agrega: “Se me paran los pelos cada vez que digo esto, pero durante todo este tiempo siempre tuve presente que la justicia está pendiente en el caso de Delfín”.

América agrega que es imposible que un hombre como él, que pesaba poco más de 50 kilos, hubiese asesinado a una deportista como Alice Meyer. “Primero, me llamó la atención que haya sido sindicado como autor de la muerte porque lo encontraron con el reloj. Tratándose de un drogadicto, lo lógico era que redujera la especie para continuar consumiendo. No encaja”.

El caso fue seguido con avidez por la prensa y se jugaron también estrategias en el campo judicial. A cargo de la investigación estaba el juez Fernando Soto, pero su autoridad fue pasada a llevar cuando Investigaciones ‘cerró’ y dio por resuelto el caso. Más tarde, su labor fue boicoteada definitivamente. “Lo manejaron desde las más altas cúpulas del poder. El ya tenía aclaradas, tanto la muerte de Alice Meyer como la de Delfín Díaz. Sin embargo, se le tendió una trampa y luego se inició un juicio por prevaricación donde se le acusaba de haber pedido una coima para sacar a Santander bajo fianza. No obstante, la Corte Suprema lo eximió de culpa y rechazó la querella de capítulos, acogiendo una solicitud del juez quien estaba defendiendo su honor y probidad”, explica Álvaro González.

Para este reportaje contactamos a Soto Arenas quien prefierió no dar entrevistas.

Para el abogado González se trató de un “montaje procesal muy bien armado, con gente experta en tribunales. Sacaron al juez y se designó a doña Raquel Camposano (interinamente al juez Carlos Cerda), para que siguiera investigando ambas muertes. Lo primero que hizo fue devolver el caso a la Policía de Investigaciones, de esta manera los investigados se transformaron en investigadores nuevamente… Ella puso en duda todos los elementos probatorios. Mario Santander que a esas alturas estaba en prisión preventiva —por un año y nueve meses porque todas las pruebas y testigos lo reconocieron como el acompañante de Alice el día que murió— salió bajo fianza. Y con los nuevos investigadores los testigos cambiaron las versiones y Camposano finalmente cerró el caso”.

Las actuales diligencias alimentan la esperanza de la familia Díaz y, al mismo tiempo, representan una manera indirecta de hacer justicia en el caso de Alice Meyer, causa que fue cerrada sin culpables y que hoy está caducada. 

Ante el escritorio del juez Carroza, en el piso 14 de calle San Antonio, desde mediados de 2014 y hasta el cierre de esta edición, uno a uno se han ido presentando los protagonistas de dos de los crímenes más escabrosos ocurridos hacia fines de la dictadura. Los primeros en acudir voluntariamente, acompañados por el penalista Luis Ortiz Quiroga, fueron Mario Santander García y Mario Santander Infante, padre e hijo, respectivamente, que según la querella serían los autores intelectuales de la muerte de Delfín. El escrito plantea que Santander padre e hijo habrían instruido a funcionarios de Investigaciones no dice a quiénes— para cometer acciones en contra de Delfín Díaz. La tarea de los abogados, encabezados por Luis Ortiz, es probar que la supuesta conpiración con la policía civil nunca existió.

“Lo que fundamenta la querella son sólo afirmaciones, no hay antecedentes, sino que básicamente se describen ciertas circunstancias”, cuenta una fuente de la defensa en el off. A partir de esto el equipo de abogados de Santander cree que el argumento de los querellantes se diluye.

También en calidad de autor intelectual la querella incluye al fallecido abogado Sergio Miranda Carrington, entonces uno de los penalistas más influyentes, cercano al régimen dictatorial y quien, entre otros, estuvo a cargo de la defensa del ex director de la CNI, Manuel Contreras. También en calidad de autor intelectual se presentó Fernando Paredes Pizarro, entonces director general de la Policía de Investigaciones; quien, según el libelo, habría diseñado y luego concretado un plan para encubrir al verdadero autor del asesinato e inculpar en su lugar a Delfín Díaz, causándole la muerte. Los autores materiales del crimen habrían sido, según consta en la presentación de González, cuatro ex funcionarios de Investigaciones: el ex subcomisario Luis Gilberto Opazo, el inspector Juan Fernando Jiménez y los detectives Patricio Lobos  y Álvaro Mena. En tanto que como cómplices o encubridores ya fueron interrogados los médicos José Dote (ex SML) y Mario Darrigrandi (ex forense de la Brigada de Homicidios), quienes habrían adulterado la autopsia para ocultar la verdadera naturaleza de la muerte: tortura y estrangulamiento.

El juez Carroza está a la espera del meta-análisis del Servicio Médico Legal para dictar una resolución en los próximos meses. Y aunque la causa se mueve lenta por estar en el sistema judicial antiguo, para la familia Díaz ya se ha cumplido un objetivo: empezar a limpiar el nombre de Delfín. “Ahora falta hacer justicia. Y luego podremos quizá responder la pregunta básica: ¿quién mató a Alice Meyer?”, resume Álvaro González.