Mi primera experiencia con mascotas la tuve pasados los 40 años, cuando nos mudamos a nuestra casa actual cerca de un bosque. “Balder”, un labrador negro, se convirtió en el quinto miembro de la familia y luego vino “Diego”, un husky siberiano. Cuando estuve en Chile, hace unas semanas, la tristeza nos sorprendió cuando un accidente nos quitó a uno de ellos…

Debo comenzar diciendo que no sólo crecí sin mascotas, sino que además me daban miedo. O nervios. Por eso, cuando a semanas de haber comprado nuestra casa el vikingo llegó con un labrador ya bautizado como “Balder” quedé atónita. De inmediato dejé clarísimas las reglas: el nuevo “personaje” jamás estaría dentro de la casa.

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A “Balder”, con sus ojos café redondos como uvas, su lengua manchada y sus orejas de terciopelo, le tomó menos de una semanas mostrarme que la vida tiene un antes y un después de tener una mascota en la familia. Yo fui quien le abrió la puerta, no sólo a nuestra sala, también la de nuestra habitación; allí sigue durmiendo a mis pies. Considerando la forma absoluta en que conquistó mi corazón, me impresionó y luego me enfurecí al ver el video de un oftalmólogo que en Chile, de manera violenta intentaba impedir a una nana y un perro lazarillo accedieran al ascensor del edificio. Una situación así es impensable en Dinamarca y –de suceder– significaría al menos altas multas en dinero y, en caso extremo, el paso por la cárcel. ¿Excesivo? Entonces agrego que en el parlamento danés hay un proyecto para modificar la ley para aplicar sanciones aún más drásticas.

Desde que me instalé en Dinamarca me llamó la atención el lugar que tienen los animales en esta sociedad. Me sorprendí de no ver perros sueltos por la calle, sino siempre con alguien que los lleva en una correa con un arnés o un collar. Me asombré al pasear por bosques que tenían grandes extensiones reservadas para que los perros corrieran libres, “bosque de perros” los llaman, y también de verlos circular con sus dueños y sin ningún problema en el transporte público. Cada vez que conocía nuevas familias, debía lidiar con mi miedo pues la mayoría tenía uno en casa y poco a poco aprendí a conocerlos y a tratar con ellos. Muy bien enseñados, tras olerme unos segundos, nunca más supe de ellos, pues solían estar echados junto a sus dueños.

Cinco años después de que “Balder” irrumpiera en nuestras vidas, un amigo del vikingo se mudó a las costas ibéricas y adoptamos a su husky siberiano, “Diego”. Mi marido vikingo estaba radiante porque creo que revivía su infancia con miles de recuerdos que tenían cuatro patas. Las entonces preadolescentes alucinaban encantadas y yo estaba rendida a su dulzura.

Me han contado que los daneses nunca han tenido tantos animales como ahora y la cifra va en aumento. Según las encuestas de consumo del Instituto de Estadísticas de Dinamarca, los daneses usan casi 750 millones de dólares al año en sus animales, para alimentarlos, tener el equipamiento necesario para ellos, llevarlos a entrenamiento y, naturalmente, las visitas al veterinario.

Nuestra familia no es una excepción y nuestros perros le han dado una nueva dimensión a la familia: Algo más nos une. De ahí que nos golpeara tan fuerte cuando nuestro energético “Diego” saltó la cerca de nuestro patio y se fue a descubrir la avenida cercana. Un accidente le quitó la vida.

La noticia se extendió rápidamente y cuando muy temprano, a la mañana siguiente, el vikingo fue solo con “Balder” al bosque de perros que está a cinco minutos de casa, varios de los visitantes habituales se acercaron a darle el pésame. Así como lo oyen. En el nuevo silencio de la casa quedan los buenos y divertidos momentos que tuvimos con nuestro querido husky y un ladrido triste de “Balder” indica cuánto le extraña él también.

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