Después de haber estado un mes en Nueva York, Alejandra Castro Rioseco regresó por un par de días a Santiago. Un viaje breve, pero con una apretada agenda que divide su tiempo como directora de Mujer Opina –organización sin fines de lucro que promueve el empoderamiento femenino en Chile– y una activa participación en la vida social capitalina.

A pesar de que sólo quedan horas para que vuelva a emprender rumbo a la Gran Manzana, y que aún deba evaluar el futuro de determinados proyectos con las múltiples fundaciones en que participa de sus directorios –entre las cuales está Fundación Meri (a cargo de la protección de la Reserva Natural Melimoyu y el manejo sustentable de la Patagonia Norte), Sociedad Federico Chopin, Las Ultimas Mujeres y Make a Wish–, no muestra señal alguna de estar cansada. Todo lo contrario.

“Mi cabeza está acá y allá”, afirma antes de empezar esta entrevista. Aunque sus frecuentes viajes no son excusa para no planificar sus próximos eventos en Chile, como el concurso anual de pianistas Flora Guerra en octubre y el lanzamiento del libro Bailahuén la voz de las ballenas del sur junto a Fundación Meri. Es una fría mañana de invierno, con temperaturas que bordean los seis grados Celsius.

“¿Alguien quiere más té?”, ofrece en su casa ubicada en el sector oriente de Santiago. Alejandra se muestra enérgica, dispuesta a colaborar con todo lo que sea necesario para sacar adelante esta producción. Contesta cientos de correos y chatea con su hija Agustina, de 11 años, mientras su chihuahua Lupita salta a sus brazos.

Todo a la vez. Asegura que está acostumbrada a “planificar sobre la marcha”. Habilidad que revela su formación como ingeniero civil de la Universidad Católica, carrera que ejerció por años en la industria inmobiliaria chilena, pero que por el momento dejó a un lado para dedicarse tiempo completo a la colaboración con la cultura, las artes y el medio ambiente.

–Poca gente se atreve a dar ese ‘salto’ de la ingeniería a la ayuda desinteresada…

–Es que para esto se necesitan ganas y recursos… pero también se requiere de mucha vocación.

–¿Qué es lo que la hace volver constantemente a Nueva York?

–Allá me siento libre. Me muevo tranquila buscando nuevos proyectos, nuevas ideas donde aportar. Ahora estoy concentrada en el arte (como colaboradora del Museo del Barrio y en el desarrollo de Exiliados por el Arte, proyecto que se creó junto a artistas chilenos residentes en Nueva York), pero después puede que encuentre otros motivos. Lo que me gusta es que allá nadie juzga por cómo te llamas ni con quién estás, sólo te preguntan qué es lo que quieres hacer.

–¿Y piensa que en Chile no funciona así?

–Cuesta mucho, porque además en esta sociedad no hay oportunidades para todos. Algunas familias han logrado consolidarse, pero aún así todo el mundo cuestiona. Aquí en Chile no hay meritocracia… ¡esa es la verdad! Y para peor, si en este país no tienes el respaldo de un apellido, es muy difícil que valoren tu trabajo. Después de vivir dos años en París junto a su marido, el empresario franco-belga Frederik Janssens, Alejandra regresó a Chile y conoció a una mujer que sufría de maltrato físico y sicológico.

“Me desesperé y sentí que tenía que ayudarla. La obligué a salir de un círculo familiar violento, a ir al sicólogo. La motivé a estudiar una carrera, no le enseñé a tejer gorros. ¡Le enseñé a quererse!… y desde ahí nunca más paré”, recuerda del que fue uno de sus primeros actos de ayuda.

Con esa idea fija de incentivar “la individualidad de la mujer” fundó Mujer Opina en 2004, entidad que a la fecha cuenta con 27 mil socias y que la posicionó como representante latinoamericana en materia de género en el Observatorio Social Internacional de Naciones Unidas. “Si no nos acompañamos entre nosotras… es bien difícil que vengan los hombres a ayudarnos”.

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–¿Alguna mujer en particular motivó ese ímpetu por levantar la figura femenina?

–Mi abuela materna… (se emociona). No suelo hablar de ella públicamente, pero lo cierto es que a ella debo mi formación. Era viuda y me crió a mí y a mis hermanos, porque mis padres fueron bien ausentes…

–¿Tiene buenos recuerdos de su niñez?

–De todo. La verdad es que vengo de una familia súper austera, donde lo importante era estudiar. Yo no soy la hija de, ni la nieta de, ni la mujer de… Y siempre ha sido así. Fue mi abuela quien me enseñó a disfrutar de lo que había, no de lo que faltaba. De su abuela, Luisa Arratia, también heredó la pasión por la música clásica.“Me despertaba y ella tenía puesta alguna pieza de Bach o Chopin”, recuerda.

Por eso Alejandra se empeñó en unirse a la causa de la pianista chilena Flora Guerra, quien en 1990 fundó la Sociedad Federico Chopin Chile junto a Ana Domeyko. “En el desarrollo de la educación y en la inclusión de las artes está el avance de la sociedad”, afirma convencida. Y esa misma fascinación por potenciar a jóvenes pianistas hizo que su labor cruzara fronteras.

En octubre de 2015 Alejandra viajó a Varsovia para el prestigioso Concurso Internacional que la fundación realiza cada cinco años y que coincide con la reunión para definir al comité mundial. Después de tres días de votaciones, Alejandra fue nombrada como la primera representante chilena en integrar este directorio.

–¿Considera que su rol en tantas fundaciones tiene acogida en la sociedad chilena?

–Absolutamente.

–¿No siente el ‘chaqueteo’?

–Obvio que sí y me molesta. Primero porque no le pido nada a nadie. Vivo de los recursos de mi familia y de lo que formé en mis antiguos trabajos. No me interesa ser rica y si puedo dar todo, lo voy a dar. Mi objetivo es dejar un legado y que cuando muera, hablen de mis proyectos, no de mí.