Alberto Gato Gamboa Soto (92 años, casado, dos hijos) es uno de los periodistas chilenos más importantes del último siglo, pero no ambiciona reconocimientos. Conversamos en su DFL2 de Bremen, en Ñuñoa, donde le preguntamos si cree que le deben entregar el Premio Nacional de Periodismo. Con su mirada iluminada, y una humildad sin falsa modestia, responde: “No, prometo que no. Eso dice mi mujer (María Estela Urzúa)… pero yo le digo que merezco esta casa y a ella y que con eso soy feliz”, agrega, entre risas.

Una tranquilidad impensada para un hombre que entre 1960 y 1973 dirigió Clarín, el matutino que más ejemplares ha vendido en nuestra historia —alrededor de 260 mil—. Su aventura frente al diario que hizo suyo el eslogan Firme junto al pueblo, terminó con cuatro años como prisionero político, sobreviviendo a las torturas en el Estadio Nacional y luego en el campo de concentración de Chacabuco. Su última batalla la libró hace unos años contra un cáncer gástrico encapsulado. “No me mataron los milicos, menos lo hará esta enfermedad”, le dijo a su mujer, cuando ella, algo temerosa, le comunicó el diagnóstico médico.

El Gato, como lo bautizaron en el Liceo José Victorino Lastarria, recibe llamados de periodistas,  estudiantes, documentalistas y amigos. Su vida transcurre entre sus religiosas visitas al Café Haití del centro, homenajes y charlas sobre el boom de los diarios populares en los ’70 y la fomedad que observa en los tabloides actuales.
A los 92 años, su memoria incluye tantos detalles que cuando evoca el pasado, parece que consiguiera viajar en el tiempo y estar nuevamente ahí. “No pienso en la muerte ni en lo que puede ocurrir después, hay que dejarse sorprender. Eso sí, antes de abandonar este territorio hay un par de proyectos que quiero concretar. Se trata de la vida privada de dos presidentes. Además, me gustaría escribir la historia del Clarín”, cuenta.

Hijo de un diseñador de zapatos y una costurera, nació en 1921 y a petición de su padre ingresó a Derecho en la Universidad de Chile, desde donde emigró a la Escuela de Periodismo. A los 17 ya era reportero deportivo del diario La Opinión. “A los editores les gustaron mis notas porque eran humanas, no tan técnicas. Apelaba al corazón de los jugadores cuando ganaban o perdían. Eso me hizo pasar a la sección policial, donde hablaba con los familiares y amigos de las víctimas… Pero a mí lo que más me encantaba era el boxeo y en ese tiempo había del bueno. Me hice muy amigo de ‘Fernandito’, que era muy popular en toda América. Salíamos con amigos a cenar, nos divertíamos mucho. En el boxeo había muy buen material para el periodismo, y yo le sacaba el jugo a cada historia”, rememora.

Escribió en Ultima Hora, Ercilla, La Gaceta y estuvo entre los fundadores del Colegio de Periodistas de Chile y el Círculo de Periodistas Deportivos, pero fue en los sesenta cuando se convirtió en el periodista más influyente del país, mientras ejercía la dirección de Clarín y bautizaba a los simpatizantes de derecha como ‘momios’. Eran los tiempos en que se ganó el odio de Jorge Alessandri —quien incluso lo trató de miserable en los pasillos de La Moneda—; el cariño de Eduardo Frei Montalva (y luego de su hijo) y la confianza de Salvador Allende, quien días antes del 11 de septiembre de 1973 lo citó a los cerros aledaños a la residencia de Cañaveral, donde se encontraba cazando, para pedirle cautela en las informaciones, en especial a las provenientes de la DC. “Pudo llamar, pero prefirió hablar personalmente. Pienso que él buscaba una salida, quizás un plebiscito pero había gente a su alrededor que no comulgaba con esa idea”.
—Se ha escrito de lo mujeriego que era Allende, ¿fue testigo privilegiado de sus andanzas?
—Claro, una noche estaba en el departamento de una amiga en el centro y me asomo a la ventana, cuando de repente aparece Allende con una mina. Allende era brillante, pero tenía debilidad por las mujeres. Cualquiera que lo haya conocido íntimamente sabe lo mucho que le gustaba el leseo. Independiente de eso era muy inteligente y un luchador que dio su vida por cambiar el destino de los más desposeídos. Murió como un valiente.

Su cercanía a la cúpula de la UP lo convirtió en un objetivo a perseguir por la dictadura. Una noche, al llegar de una celebración de Fiestas Patrias, encontró en su parcela en El Arrayán una citación de las nuevas autoridades. Sin más alternativa partió al día siguiente al Ministerio de Defensa sin dimensionar los alcances de esa decisión que marcó el inicio de cuatro años de vejámenes, torturas físicas y sicológicas, en el que su humor y temple de acero fueron claves para sobrevivir.
Para María Estela, su mujer, Gamboa es un ejemplo de resiliencia. “En algún momento, al principio, sentí un odio espantoso, me torturaron mucho, ese odio se fue. Recuerdo una tarde que estábamos en la peor parte del Nacional, cerca del Velódromo, de ahí uno salía con la ayuda de los compañeros o moría. A veces te dejaban descansar para que te repusieras antes de seguir pegándote. Esa vez me recuperé antes y sentí a los torturadores conversar. Uno le contaba al otro que tenía que irse temprano para llevar al cine a su mujer. Cuando regresó, le dije: Oiga ¿por qué no me hace una gauchá y se va antes?… yo me hago el que usted me pegó. El tipo no alcanzó a reírse, pero tampoco se molestó. Igual me golpearon, pero menos, apenas un par de guaracazos y salí caminando”.

Dice que cuando fue detenido, tenía como cien amigos y, al volver, con suerte quedaban once. “Pero entre los que se quedaron existía una hermandad, un cierto orgullo porque mantuvimos nuestros principios intactos. Sin lugar a dudas fue mejor quedarse”, reflexiona. Sin trabajo ni posibilidades de reintegrarse en el medio periodístico, se empleó hasta de obrero en la construcción de la línea 1 del Metro. Ahí comenzó a masticar Un viaje por el infierno, un libro publicado en los ochenta por la desaparecida revista Hoy, donde repasaba con una buena dosis de humor, sus duros años como preso político. Fue un éxito y la revista debió doblar su tiraje. El Gato estaba de vuelta.
Desde esos días conserva no sólo los recuerdos sino también una tupida barba que cuida con esmero. “Los momentos más duros fueron las torturas y las muertes, porque muchos no sobrevivían. Entonces uno siempre estaba pensando que podía ser el siguiente. Un día se me acercó un capitán y me dijo: ‘Usted está entre los gallos peligrosos pero yo tengo la impresión de que nunca nos van a decir que desaparezca’. Me atreví y le pregunté por qué y respondió: ‘Porque tú eres un huevón bandido, pero muy simpático…”.
—En los interrogatorios ¿qué le preguntaban?
—Ellos estaban convencidos de que yo tenía que saber todo lo que hacían los jefes de izquierda.  Como yo era el director del diario más popular y más vendido… Esa era su obsesión.
—En el libro Las siete vidas del Gato Gamboa, de Francisco Mouat, dice que uno no puede no cambiar después de vivir una experiencia tan fuerte, ¿en qué notó eso?
—Encontré nobleza donde uno no imagina. Por ejemplo, en algunos militares que, dentro de todo lo espantoso del abuso, se portaron lo mejor que pudieron. Fortalecí mi carácter, aprendí a soportar el dolor y comprendí quiénes eran mis amigos de verdad.
A fines de 1983, el dueño de La Tercera, Germán Picó Cañas, le pidió la maqueta para crear un nuevo diario popular. Gamboa reclutó a viejos colaboradores y definió lo que sería La Cuarta. Todo iba bien hasta que el día antes del lanzamiento, una llamada del ministro del Interior Sergio Onofre Jarpa truncó los planes. La amenaza era clara: si Gamboa aparecía como el director no habría autorización para circular. Inmediatamente, el Gato dio un paso al costado y aunque siguió al mando por algún tiempo, recomendó para la dirección a Diozel Pérez, quien había trabajado bajo sus órdenes en Clarín. Años después, estuvo al mando de Fortín Mapocho, hasta donde la prensa internacional llegó a entrevistarlo luego de la derrota de Pinochet en el Plebiscito, cuando tituló “Corrió solo y llegó segundo”.
—¿A qué periodistas destacaría de esa época?
—Enrique Lira Massi, que era de Clarín, siempre llegaba con noticias y era muy hábil. Y por supuesto a Luis Hernández Parker. Yo fui su alumno, después se puso muy derechista, y él me decía que yo me había puesto muy izquierdista. Ese tipo de periodistas eran muy buenos. Extraño esos profesionales, que hacían escuela y le enseñaban a los demás. Ahora nadie sobresale. Se reportea poco, hay menos audacia, van poco a los sitios del suceso, no se meten. Ahora los periodistas, si pueden, evitan el contacto humano, les falta pasión. Se necesitan diarios hechos con corazón, con buenos reportajes humanos. Antes había más competencia por contar mejor una historia. Hoy la gente lee menos también porque la oferta no es atractiva… ¿Dónde quedó la mística?.
—La apuesta de The Clinic replica el eslogan Firme junto al pueblo que usaba Clarín.
—Lo que pasa es que el Clarín aparecía todos los días. The Clinic no es malo, pero hay un proceso selectivo que agudizaría. Ahora si nuevamente apareciera Clarín, con todas las de la ley, sería una racha sensacional. Un boom. ¡Los otros diarios tendrían que inmediatamente empezar algo popular!