La revista CARAS que tiene en la mano es la edición número 666. Número imposible de ignorar y por lo que me pidieron que escribiera sobre la ‘carga’ de los tres dígitos.

Pero, la verdad, referirme a ellos sería algo con demasiada lejanía. Nunca sentí temor a la influencia de ‘el número de la bestia’. No soy fanática de las películas de terror, ni escucho rock pesado. Jamás he tenido pesadillas con el Anticristo. Y tampoco di vuelta el casete de Xuxa para escuchar El diablo es magnífico.
Mi mayor cercanía con el número es esperar el ‘chancho seis’ en el dominó.

Por el contrario, hay otras cifras que tengo marcadas en la cabeza y que me acompañan cotidianamente. No desaparecen y muchas veces me aterrorizan bastante más que el infernal 666.

31: los años que tenía cuando me paré frente al espejo y me di cuenta de que perdí la lozanía.
24: el día del mes en que el tiempo se cuenta de manera desesperada para que llegue pronto el 25 y paguen.
11: los minutos de claustrofobia de estación a estación, cuando entro al metro en hora punta para volver del trabajo a la casa.
300: los pulsos de láser por sesión que contraté con mucha esperanza.
8: los kilos menos que constituyen mi meta antes de que llegue el verano.
-5: el piso en que habitualmente quedo cuando voy en auto al mall.
20: los minutos que siempre llego atrasada.
1: el viaje que cambió mi vida.
3: los únicos celulares que me sé de memoria.
25: los años del crédito hipotecario.
2: los nuevos capítulos de Downton Abbey que todavía no he podido ver.
0: los cheque-restorán que me sobran a fin de mes.
76: los gigas de música que perdí en el iPod.

Suma y sigue.

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